Comienzo nueva sección: un diccionario que, siguiendo el alfabeto, repase conceptos literarios que comiencen (o contengan) esa letra. Probablemente sean varias vueltas al abecedario, pero me parece un modo interesante de hablar de escritura creativa.
Y comenzamos con la A. He elegido este término latino, ab ovo, porque en cierto modo habla de inicios, y es una opción estupenda para meternos de lleno en harina. 🙂

AB OVO
Una historia tiene tres partes: planteamiento, nudo y desenlace. Dependiendo de cómo queramos contar la historia, podemos elegir iniciarla de modo cronológico, comenzando por un hecho que suceda a mitad del relato, o utilizando un acontecimiento que se encuentra casi al final. Estos tres modos de ordenar los sucesos se denominan con las locuciones latinas ad ovo, in medias res y in extremis.
Casi todos los cuentos tradicionales comienzan ad ovo, con el famoso «Érase una vez», que nos sitúa en la historia del personaje antes de que empiecen a acontecerle los hechos cruciales. Como ejemplo, cito abajo el inicio deLa Bella Durmiente, en la versión escrita por Perrault.
En otros tiempos había un rey y una reina, cuya tristeza porque no tenían hijos era tan grande que no puede ponderarse. Fueron a beber todas las aguas del mundo, hicieron votos, emprendieron peregrinaciones, pero no lograron ver sus deseos realizados, hasta que, por último, quedó encinta la reina y dio a luz una hija.
La bella durmiente del bosque, Charles Perrault.
Aquí aún no ha tenido lugar el primer incidente desencadenante: los reyes no invitan a la bruja, y por ese motivo, ella hechiza al bebé para que, al cumplir 16 años, se pinche con el huso de una rueca y muera.

Podemos buscar ejemplos más cercanos en el tiempo para ejemplificar este modo de arrancar la historia. Las novelas realistas de mediados del XIX lo hacen de este modo, como Madame Bovary, Crimen y castigo, e incluso Robinson Crusoe.
Nací en 1632, en la ciudad de York, de una buena familia, aunque no de la región, pues mi padre era un extranjero de Brema que, inicialmente, se asentó en Hull. Allí consiguió hacerse con una considerable fortuna como comerciante y, más tarde, abandonó sus negocios y se fue a vivir a York, donde se casó con mi madre, que pertenecía a la familia Robinson, una de las buenas familias del condado de la cual obtuve mi nombre, Robinson Kreutznaer. Mas, por la habitual alteración de las palabras que se hace en Inglaterra, ahora nos llaman y nosotros también nos llamamos y escribimos nuestro nombre Crusoe; y así me han llamado siempre mis compañeros.
Robinson Crusoe, Daniel Defoe
La pregunta interesante, por supuesto, es cuándo debería usar un inicio ab ovo. Aunque me parece que es más sencillo responderla planteándola de otro modo: cuándo puede no ser interesante comenzar ab initio.
Imaginaos un thriller. Es importante capturar la atención del lector con un hecho potente, y eso muchas veces es sinónimo de inicio in medias res. Sin embargo, una historia policíaca puede comenzar con el asesinato de una persona, y que todo discurra en orden cronológico, salvo ciertos saltos temporales, mientras seguimos a la policía o los investigadores en su búsqueda del criminal. Lo mismo sucede con las historias centradas en acontecimientos. A veces será necesario que el lector se familiarice con los protagonistas antes de lanzarles a la batalla (véase Los juegos del hambre) y en otras ocasiones será un suceso posterior el que dé comienzo a la historia como la distopía En un lugar llamado Tierra, de Jordi Sierra i Fabra, donde la historia arranca con el juicio al único superviviente de una nave espacial, y posteriormente sabemos qué es lo que ocurrió en ese viaje. Cuando la novela se centra en un personaje que, muchas veces, da nombre a la novela (David Copperfield) puede ser interesante que nos sitúe en sus orígenes como hace este libro, aunque Posteguillo, en el caso de Yo, Julia, elige a un cronista que, después de todo aquello de lo que ha sido testigo, se pregunta si alguien recordara a aquella mujer que en diez años pasó de ser una adolescente desconocida a augusta emperatriz de Roma (anticipándonos acontecimientos).
La respuesta, por tanto, es nuestra propia práctica, el ensayo/error, jugar con los elementos que pueden resultar más interesantes, de los cuales el tiempo narrativo es solo uno de ellos.
Os espero en la próxima letra 🙂

Hola Rocío, genial esta nueva sección. Me parece muy interesante y muy creativa. Gracias!
Chus
¡Muchas gracias, linda! Me alegra que te guste 🙂
¡Qué bien! Me atrae esto de aprender poco a poco. Muy interesante. Gracias por compartir tus conocimientos. Saludos y nos vemos por el camino (de la vida).