• Home
  • Sobre mí
  • Talleres de escritura
  • Corrección
    • Asesoramiento literario
  • Instituciones
  • Contacto

08/07/2014 by Rocío de Juan 3 comentarios

El mito de la inspiración, fragmento de María Cristina Alonso

«Hay un concepto muy generalizado que supone al acto de la escritura como un mero hecho de la inspiración, de tal manera que el escritor resulta ser un elegido, alguien que ha nacido tocado por la varita mágica y que es capaz de llamar a la musa para que le dicte su obra. El mito de la inspiración le ha quitado a la escritura, como a cualquier otro arte, el sentido de oficio, de trabajo, de esfuerzo. Nadie puede escribir de la nada; es cierto que quien ha decidido dedicar su vida a las letras tiene, por encima de un carpintero, un ingeniero, un médico o un jardinero, un manejo más fluido de la lengua, que ha amado desde la infancia las palabras y que ha decidido vivir para siempre con ellas. Pero lo demás se adquiere con la práctica y con una constante y permanente; con una profunda capacidad de autocrítica, leyendo y releyendo borradores…»

«El oficio de escritor», María Cristina Alonso

Publicado en: DEBATES DE ALQUIMIA

17/09/2013 by Rocío de Juan 2 comentarios

Ocho consejos para escribir una gran historia, de Kurt Vonnegut

1. Piensa en el tiempo del lector

El lector es un total desconocido para ti, pero piensa en él o ella de manera que, al terminar de leerte, no sienta que le has hecho perder el tiempo.

2. Piensa en la empatía del lector

Dale al lector al menos un personaje con el que él o ella se pueda identificar.

3. Dale una meta a cada personaje

Todo personaje debe querer algo, aunque sea solamente un vaso de agua.

4. Cuida cada frase

Todas las frases del texto deben cumplir al menos una de estas premisas (sino las dos): definir al un personaje o hacer avanzar la acción.

5. Ve al grano

Empieza a contar la historia tan cerca del final como sea posible.

6. Sé un sádico

No importa lo dulces e inocentes que sean tus protagonistas. Haz que les ocurran cosas horribles con el fin de que el lector pueda ver de qué están hechos en realidad.

7. No quieras complacer a todo el mundo

Escribe para complacer a una sola persona. Si abres una ventana y pretendes hacer el amor con todo el mundo, por decirlo de alguna forma, tu historia pillará una pulmonía.

8. Cuéntalo todo en cuanto puedas

Dale a tus lectores tanta información como sea posible tan pronto como sea posible. Al cuerno con el suspense. Los lectores deben tener el entendimiento completo de lo que está ocurriendo, dónde y por qué, de manera que terminen la historia por sí mismos, devorando como cucarachas hasta la última página.

Fuente: Literautas

Publicado en: ALQUIMISTAS, CONSEJOS DE ALQUIMIA

13/07/2013 by Rocío de Juan Deja un comentario

Reflexión sobre la escritura, Truman Capote

CAPOTE, Truman, Prefacio de Música para camaleones, RBA Editores, Barcelona, 1994, pág. 5.

Mi vida – como artista, por lo menos – puede ser proyectada en un gráfico con la misma precisión que una fiebre, registrándose altos y bajos, ciclos específicamente definidos.
Comencé a escribir a los ocho años, inesperadamente, sin la inspiración de un modelo. No conocía a nadie que escribiera. En realidad, apenas si conocía a alguien que leyera. El hecho era que sólo cuatro cosas me interesaban: leer, ir al cine, zapatear y dibujar. Luego, un día, empecé a escribir, sin saber que me había encadenado, de por vida, a un amo noble pero despiadado. Cuando Dios nos ofrece un don, al mismo tiempo nos entrega un látigo, y éste sólo tiene por finalidad la autoflagelación.
Pero, naturalmente, yo no lo sabía. Yo escribía historias de aventuras, novelas policiales, escenas cómicas, cuentos que me había narrado ex esclavos y veteranos de la Guerra Civil. Me divertía muchísimo, al principio. Dejé de divertirme cuando descubrí la diferencia entre escribir bien y mal, y luego hice un descubrimiento más alarmante aún: la diferencia entre escribir bien y el verdadero arte. Una diferencia sutil, pero feroz. Después de eso, cayó el látigo.
Así como algunas personas practicaban el piano o el violín cuatro y cinco horas diarias, yo practicaba con mis lapiceras y papeles. Sin embargo, no mostraba a nadie lo que hacía. Si alguien me preguntaba en qué estaba ocupado todo ese tiempo, les decía que con mis tareas escolares. En realidad, nunca hacía tareas escolares. Las literarias me mantenían totalmente ocupado: se trataba de mi aprendizaje en el altar de la técnica, del oficio, de las endiabladas complicaciones de la división en párrafos, la puntuación, el empleo del diálogo, para no mencionar el gran diseño total, el gran arco que exige comienzo, medio y final. Había que aprender, y de tantas fuentes: no sólo de los libros, sino de la música, de la pintura, de la mera observación cotidiana.
En realidad, lo más interesante que escribí en ese tiempo fueron las simples observaciones cotidianas que asentaba en mi diario. Descripciones de un vecino. Largas transcripciones literales de conversaciones oídas. Chismes locales. Un tipo de reportaje, un estilo de “ver” y “oir” que más adelante influiría seriamente en mí, aunque entonces no me daba cuenta, pues todo lo “formal” que escribía, lo que pulía y pasaba cuidadosamente a máquina, era más o menos ficticio.
Ya a los diecisiete años era un escritor consumado. De ser pianista, ese hubiera sido el momento propicio para el primer concierto en público. Siendo escritor, decidí que era el momento de publicar. Envié cuentos a las principales publicaciones literarias y a las revistas de distribución nacional, que en aquellos días publicaban los cuentos de mayor “calidad”, como Story, The New Yorker, Harper’s Bazaar, Mademoiselle, Harper’s, Atlantic Monthly. Mis cuentos aparecieron, puntualmente, en las mismas.
Luego, en 1948, publiqué una novela: Otras voces, otros ámbitos. Fue bien recibida por la crítica y resultó un best seller.  […] Una novela corta, Desayuno en Tiffany’s, concluyó el segundo ciclo en 1958. Durante diez años experimenté con casi todos los estilos y formas literarios, intentando dominar una variedad de técnicas, lograr un virtuosismo tan fuerte y flexible como la red de un pescador. Por supuesto, fracasé en varias de las áreas que ensayé, pero es verdad que uno aprende más del fracaso que del éxito. Así fue en mi caso, y más adelante pude aplicar con gran provecho lo que aprendí. De todos modos, durante esa década de exploración escribí colecciones de cuentos cortos (Un árbol nocturno, Recuerdo de Navidad), ensayos y retratos (Color local, Observaciones, la obra contenida en Los perros ladran), obras de teatro (El arpa de hierba, Casa de flores), libretos para películas (Beat the Devil, The Innocents), y una enormidad de reportajes, la mayoría para The New Yorker. […] 
Se oyen las musas recibió críticas excelentes; incluso fue elogiada por medios generalmente poco benévolos conmigo. Aun así, no llamó especialmente la atención, y las ventas fueron moderadas. Sin embargo, el libro fue un acontecimiento importante para mí: mientras lo escribía, me di cuenta de que podría haber hallado solución a lo que siempre había sido mi mayor dilema creativo.
Desde hacía muchos años me sentía atraído hacia el periodismo como una forma de arte en sí mismo, por dos razones: primero, porque me parecía que nada verdaderamente innovador se había producido en la prosa, o en la literatura en general, desde la década de 1920, y segundo porque el periodismo como arte era casi terreno virgen, por la sencilla razón de que muy pocos escritores se dedicaban al periodismo y, cuando lo hacían, escribían ensayos de viaje o autobiografías. Se oyen las musas me hizo pensar de una manera totalmente distinta. Yo quería escribir una novela periodística, algo en mayor escala que tuviera la verosimilitud de los hechos reales, la cualidad de inmediato de una película cinematográfica, la profundidad y libertad de la prosa y la precisión de la poesía.
Sólo en 1959 un misterioso instinto dirigió mis pasos hacia el tema –un oscuro caso de asesinato en una región aislada de Kansas- y finalmente, en 1996, pude publicar el resultado: A sangre fría.
En un cuento de Henry James, creo que The Middle Years, el protagonista, que es un escritor en las sombras de la madurez, se lamenta: “Vivimos en la oscuridad, hacemos lo que podemos; el resto es la locura del arte”. Dice esto, más o menos. De todos modos, James habla con toda franqueza, nos dice la verdad. Lo más oscuro de la oscuridad, lo peor de la locura, es el inexorable riesgo que entraña. Los escritores, al menos los que están dispuestos a correr verdaderos riesgos, los que se aventuran a todo, tienen mucho en común con otra raza de solitarios: los que se ganan la vida jugando al billar y a los naipes. Muchos pensaron que estaba loco al pasar seis años recorriendo las llanuras de Kansas; otros rechazaron mi concepción de la “novela verídica”, decretándola indigna de un escritor “serio”. Norman Mailer la describió como “un fracaso de la imaginación”, queriendo decir, supongo, que un novelista debería escribir sobre algo imaginario y no sobre algo real.
Sí, fue como jugar al poker con apuestas altísimas. Durante seis largos años, en que sentí los nervios desquiciados, no supe si tenía o no un libro. Fueron largos veranos y helados inviernos, pero y seguía firme ante la mesa de juego, jugando la mano lo mejor posible. Luego, resultó que sí tenía un libro.
[…]
Creo que la mayoría de los escritores, incluso los mejores, recargan las tintas. Yo prefiero aligerarlas, usar un estilo simple y cristalino como un arroyo de campo. Descubrí que mi estilo se volvía demasiado denso, que me llevaba tres páginas conseguir efectos que debería lograr en un solo párrafo. Releí A sangre fría y tuve la misma reacción: en muchas partes el estilo no era tan bueno como debería ser, y no liberaba todo el potencial. Lentamente, con una alarma que iba en aumento, volví a leer que nunca, ni una sola vez en mi carrera de escritor, había explotado toda la energía ni toda la excitación estética contenidas en el material. Me di cuenta de que, hasta en las mejores partes, trabajaba con la mitad, e incluso un tercio, de las posibilidades que tenía. ¿Por qué?
La respuesta, que me fue revelada después de meses de meditación, era sencilla pero no muy satisfactoria. No hizo nada, por cierto, para disminuir mi depresión. Por el contrario, la empeoró. La respuesta creaba un problema aparentemente insoluble y, si no podía solucionarlo, mejor era dejar de escribir. El problema era el siguiente: ¿cómo puede un escritor combinar con buen resultado dentro de una sola forma –digamos el cuento- todo lo que sabe de todas las otras formas literarias? Pues a esto se debía el que mi obra estuviera, a menudo, iluminada insuficientemente: el voltaje existía, pero al restringirme a las técnicas de la forma en la que escribía en ese momento, no utilizaba todo lo que sabía del arte de escribir, todo lo que había aprendido de libretos, obras de teatro, reportajes, poesías, cuentos, nouvelles, novelas. Un escritor debía tener a su disposición, sobre su paleta, todos los colores, todas las habilidades para poderlos combinar y, cuando fuera apropiado, aplicar simultáneamente. La pregunta era: ¿cómo?
Retomé Answered Prayers. Descarté un capítulo y volví a escribir tros dos. Mejor, decididamente, mucho mejor. Pero la verdad era que debía volver al jardín de infantes. Allí estaba, otra vez, frente a una mesa de juego, aunque excitado, pues me sentía iluminado por un sol invisible. Aun así, mis primeros experimentos fueron torpes. Me veía como a un niño con una caja de lápices de colores.
Desde el punto de vista técnico, la mayor dificultad que tuve al escribir A sangre fría fue no participar. Por lo general, el periodista tiene que entrar en la obra como personaje, como observador testigo, si es que quiere mantener el libro dentro del plano de lo verosímil. Yo sentía que era esencial, para el tono aparentemente objetivo del libro, que el autor permaneciera ausente. En realidad, en todos mis reportajes, siempre intenté mantenerme lo más invisible que fuera posible.
Ahora, sin embargo, me coloqué en el centro del escenario y empecé a reconstruir, de una manera severa y mínima, conversaciones cotidianas con personas comunes: el encargado de mi edificio, un masajista en el gimnasio, un viejo compañero de escuela, mi dentista. Después de escribir cientos de páginas sencillas, llegué a conseguir un estilo. Había descubierto un marco dentro del cual podía asimilar todo lo que sabía del arte de escribir.
Más tarde, utilizando una versión modificada de esta técnica, escribí una nouvelle verídica (Féretros tallados a mano) y una cantidad de cuentos. El resultado es el presente volumen, Música para camaleones.
¿Cómo ha afectado todo esto al resto de mi obra en preparación, Answered Prayers? Considerablemente. Mientras tanto, heme aquí solo, sumido en mi oscura locura, completamente solo con mi mazo de naipes y, por supuesto, con el látigo que Dios me dio.

Publicado en: ALQUIMISTAS, CONSEJOS DE ALQUIMIA

23/06/2013 by Rocío de Juan Deja un comentario

Decálogo del buen escritor

De la página de Sinjania, me permito reproducir este decálogo que no contiene más que verdades verdaderas 🙂

  1. Un buen escritor es un buen lector. 
  2. Un buen escritor sabe que toda literatura es política. Un buen escritor debe ser capaz de sostener al menos durante un breve lapso una ideología, una visión del mundo, sin por eso convertirse en panfletario. 
  3. Un buen escritor escribe mucho. Escribe siempre. Escribe en cualquier circunstancia. Escribe. Escribe aunque sea tarde, aunque venga el sueño, aunque el cuerpo no pueda más. Escribe con insomnio o después de dormir mucho. De mañana, cuando está todo callado, o muy tarde, cuando también está todo callado. 
  4. Un buen escritor busca la poética adecuada que represente lo que escribe. 
  5. Un buen escritor corrige. Corrige siempre que sea posible. Reescribe. Un buen escritor sabe que el único texto malo es el que no se concluye.
  6. Un buen escritor lleva cuadernos de ideas, blocs con oraciones, papeles escritos en cualquier parte para retener las ideas. Un buen escritor lleva un diario. 
  7. Un buen escritor afina los sentidos. Sabe que la descripción sensorial es la que da robustez a los relatos. Un buen escritor es un buen observador, tiene el oído atento, percibe con atención lo que pasa en una charla, en un encuentro, en los pasos de alguien.
  8. Un buen escritor tiene siempre presente que el lenguaje es su patria. Sabe que definir un lenguaje en el momento de escribir es parte de la columna vertebral de un texto.
  9. Un buen escritor desconfía de los adjetivos. Cuando el adjetivo no da vida, mata.
  10. Un buen escritor busca los procedimientos de las otras artes y los adapta a la literatura. La música, la pintura, el cine, el teatro… están ahí para ayudar a escribir.
 
 

    Publicado en: CONSEJOS DE ALQUIMIA

    22/05/2013 by Rocío de Juan 2 comentarios

    5 Key Book Publishing Paths

    Interesantísimo resumen gráfico sobre cinco formas de publicar que he encontrado en el blog de Jane Friedman gracias a Twitter. Lo único que siento es que lo tengo que colgar en su idioma original inglés 😉

    Publicado en: DEL TALLER AL EXTERIOR

    • « Página anterior
    • 1
    • 2
    • 3
    • 4
    • 5
    • …
    • 18
    • Página siguiente »
    Aviso legal - Contacto