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07/07/2018 by Rocío de Juan 2 comentarios

Lo que no se dice o la teoría del iceberg de Hemingway

El famoso escritor americano Ernest Hemingway habló de la teoría del iceberg (también conocida como teoría de la omisión) para definir su modo de escribir, en su novela Muerte en la tarde y en una entrevista con Georges Plimpton:

If a writer of prose knows enough of what he is writing about he may omit things that he knows and the reader, if the writer is writing truly enough, will have a feeling of those things as strongly as though the writer had stated them. The dignity of movement of an iceberg is due to only one-eighth of it being above water. A writer who omits things because he doesn’t know them only makes hollow places in his writing”

I always try to write on the principle of the iceberg. There is seven eights of it under water for every part that shows. Anything you know you can eliminate and it only strengthens your iceberg. It is a part that doesn’t show”

Resultado de imagen de iceberg hemingway literatureLa traducción, aunque no posee la misma fuerza que el original, diría algo así:

Si un escritor en prosa conoce suficientemente bien aquello de lo que está escribiendo, puede omitir cosas que él conoce, y el lector, si el autor escribe con suficiente verdad, tendrá de estas cosas un sentimiento tan fuerte como el escritor las hubiera expresado. La dignidad del movimiento de un iceberg se debe a que solamente un octavo de su masa aparece sobre el agua. Un escritor que omite cosas porque no las sabe, no hace más que dejar lagunas en lo que describe».

Por lo tanto, lo que esta teoría viene a decir es que la clave, el quid de la narración, tiene que residir debajo de la superficie y traslucirse luego en la parte visible. El autor debe saber de la historia mucho más de lo que luego va a contar.

Como curiosidad me encantaría dejaros la explicación matemática de la parte sumergida de un iceberg, ya que, pese a lo que decía el gran Hemingway, no es un octavo, sino un noveno.

El modelo matemático que aplicamos es:

  • Densidad del agua de mar: ρmar = 1030 kg/m3
  • Densidad del hielo: ρhielo = 920 kg/m3

donde Vs es el volumen sumergido y Vi es el volumen total del iceberg. Al ordenar los valores de la proporción y remplazar los datos, resulta:

Por lo tanto, lo que asoma es un 11%, el equivalente a 1/9 (un noveno).

Consecuencias de la teoría del iceberg

a) Desde el punto de vista del autor, este se convierte en administrador de la información. Él decide lo que muestra y lo que omite, y su pericia será la que determine si realmente se han dado los datos suficientes para que el lector vea lo que el autor tenía en mente.

b) Desde el punto del lector, es una forma de narrar que facilita la complicidad, le involucra en la historia y le trata como «inteligente». Todas los indicios están dados, y él solo tiene que componer el puzle.

Resultado de imagen de zapatos de bebé sin estrenar never wornDado que este el funcionamiento básico de los microrrelatos (se elide información, y el lector debe intuirla para obtener el sentido completo del texto) no es extraño de uno de los mejores ejemplos de aplicación de este principio en la obra de Hemingway sea precisamente este nanorrelato.

Se venden. Zapatos de bebé. Sin estrenar.

¿Y vosotros? ¿Conocíais esta teoría o la aplicáis por pura intuición? ¿Queréis compartir algún texto que utiliza este modelo?

Publicado en: Alquimia de las palabras, ALQUIMISTAS Etiquetado como: escritura creativa, teoría narrativa

30/06/2018 by Rocío de Juan 3 comentarios

Reseña de «El espejo egipcio», de Pilar González

Este es un blog diferente del que solía utilizar para escribir reseñas, pero como aquel lo dejé en barbecho, he decidido dedicar aquí algunas entradas para hablar de «Alquimistas», como bien dice la etiqueta: personas cuyas obras me han llegado de un modo especial y me han enseñado algo nuevo. Vamos allá.

Título: El espejo egipcio

Autora: Pilar González

Editorial: Independent Publishing

Fecha de publicación: 1-julio-2018

Nº de páginas: 238

La autora

Pilar es sevillana, sevillana. De las que aman su ciudad y todo lo que esta ofrece. Es trabajadora social y terapeuta Gestalt, y toda esa experiencia la ha volcado en tres libros (hasta el momento), que son éxito de ventas en Amazon: Fluir con la vida, El despertar de Abelia, y Cómo superar tu timidez. Puedes saber más sobre ellos en su web: www.pilargonzalezescritora.com.

Sin embargo, no es el único tipo de obras que escribe. Pilar también se sumerge en la ficción, con una prosa que denota su gran amor por la poesía, y que te lleva en volandas, de modo gozoso, de uno a otro párrafo, con una intuición narrativa que ya querrían muchos para sí.

El espejo egipcio es un magnífico ejemplo de lo que digo, y una puerta de entrada de altura para conocer el estilo de Pilar. Se trata de una novela de intriga y misterio, con una galería de personajes, históricos y ficticios, interesantísimos todos, que van llevando el peso de la acción hasta desembocar en un final sorprendente.

Posee todos los elementos para hacerla enganchante: un espejo maldito, un manejo del suspense excelente, un protagonista muy humano con sus propios problemas antes de «cruzarse» con el espejo, y la originalidad de prestarle voz a ciertos personajes de la Historia, antiguos poseedores del espejo, que nos ofrecen una perspectiva insólita.

Un ejemplo del maravilloso lenguaje del libro lo encontramos aquí, cuando el protagonista, después de haber adquirido el espejo, pasea por Frigiliana. 

El conjunto rocoso acogía al territorio habitado en un abrazo íntimo donde contrastaban los impresionantes desfiladeros, asiento de la alquería, de aristas escarpadas, agresivas y amenazantes, con la pacífica y cándida imagen de los hogares rústicos. En verdad que el hombre del chiringuito no había exagerado ni un ápice las virtudes de la villa. A la vez que pensaba esto imaginaba la cara de mi madre al entregarle el regalo, la recordé en ese momento porque me crucé con una señora del pueblo que se le parecía mucho, qué fantástico se le antojaría, seguro que nunca habría visto un espejo triangular con la luna de metal.

Las callejuelas subían y subían, retorciéndose engalanadas con macetas y flores en las márgenes, ribeteando las orillas y las fachadas con el añil de los tiestos, el verde de los tallos y el estampado arcoíris de las corolas. En cada puerta, en cada ventana, en cada rincón, en cada revuelta, se repetía el agasajo herbario.

El espejo egipcio está narrado por Dago, un escritor bastante pagado de sí mismo, y su relato tiene el sello inconfundible de quien ama las palabras. También aparecen otras voces, cada una con sus características peculiares, que enriquecen aún más si cabe la prosa. La trama se desarrolla en Sevilla, que Pilar conoce muy bien, con viajes a Frigiliana, Benamahoma y Granada. Y, por supuesto, «visitamos» Egipto, con una magnífica recreación de lo que pudo ser la corte de Akenatón. Los capítulos breves favorecen que la acción fluya en un crescendo de preguntas que nos planteamos al mismo tiempo que el protagonista. ¿Qué extraño poder posee el espejo? ¿Por qué tiene Dago aquellas visiones? Poco a poco, como lectores nos damos cuenta de que existe una especie de contrarreloj, en la que Dago debe descubrir los secretos del espejo antes de que este acabe también con él.

Una lectura más que recomendable. Búscala aquí.

Publicado en: ALQUIMISTAS, RESEÑAS Etiquetado como: reseñas

15/08/2017 by Rocío de Juan Deja un comentario

La posada de los vientos, revisado y ampliado

¡Hola a todos!
Si no tuvisteis la oportunidad de conocer la primera edición de La posada de los vientos y otros cuentos inquietantes, publicado en digital por la Editorial Literanda en 2012, ahora tienes aquí su edición ampliada y revisada.

Hay diferencias, por supuesto. Son trece relatos, en lugar de once. He cambiado algunos, he añadido otros, y he revisado todos. El conjunto resultante lleva una portada diseñada por mí y se encuentra a la venta en casi todas las plataformas de distribución conocidas (en Google Play no, porque tenían paralizados los servicios temporalmente).

Lo podéis encontrar en Amazon, Smashwords (lo cual implica Kobo, Barnes & Noble, y un largo etc., y, sobre todo, en todos los formatos digitales) y podéis incluso pedirlo en papel en la propia página de Amazon.

Su precio es de 1,29 euros en versión digital, y en versión papel su equivalente es a 8,59 euros.

Una ganga, ¿a qué sí? 😉

Os dejo con el booktráiler que también he preparado yo misma, por si os engancha a leerlo :p
¡Y gracias desde ya si compartís esta entrada!

 

Publicado en: ALQUIMISTAS

17/09/2013 by Rocío de Juan 2 comentarios

Ocho consejos para escribir una gran historia, de Kurt Vonnegut

1. Piensa en el tiempo del lector

El lector es un total desconocido para ti, pero piensa en él o ella de manera que, al terminar de leerte, no sienta que le has hecho perder el tiempo.

2. Piensa en la empatía del lector

Dale al lector al menos un personaje con el que él o ella se pueda identificar.

3. Dale una meta a cada personaje

Todo personaje debe querer algo, aunque sea solamente un vaso de agua.

4. Cuida cada frase

Todas las frases del texto deben cumplir al menos una de estas premisas (sino las dos): definir al un personaje o hacer avanzar la acción.

5. Ve al grano

Empieza a contar la historia tan cerca del final como sea posible.

6. Sé un sádico

No importa lo dulces e inocentes que sean tus protagonistas. Haz que les ocurran cosas horribles con el fin de que el lector pueda ver de qué están hechos en realidad.

7. No quieras complacer a todo el mundo

Escribe para complacer a una sola persona. Si abres una ventana y pretendes hacer el amor con todo el mundo, por decirlo de alguna forma, tu historia pillará una pulmonía.

8. Cuéntalo todo en cuanto puedas

Dale a tus lectores tanta información como sea posible tan pronto como sea posible. Al cuerno con el suspense. Los lectores deben tener el entendimiento completo de lo que está ocurriendo, dónde y por qué, de manera que terminen la historia por sí mismos, devorando como cucarachas hasta la última página.

Fuente: Literautas

Publicado en: ALQUIMISTAS, CONSEJOS DE ALQUIMIA

13/07/2013 by Rocío de Juan Deja un comentario

Reflexión sobre la escritura, Truman Capote

CAPOTE, Truman, Prefacio de Música para camaleones, RBA Editores, Barcelona, 1994, pág. 5.

Mi vida – como artista, por lo menos – puede ser proyectada en un gráfico con la misma precisión que una fiebre, registrándose altos y bajos, ciclos específicamente definidos.
Comencé a escribir a los ocho años, inesperadamente, sin la inspiración de un modelo. No conocía a nadie que escribiera. En realidad, apenas si conocía a alguien que leyera. El hecho era que sólo cuatro cosas me interesaban: leer, ir al cine, zapatear y dibujar. Luego, un día, empecé a escribir, sin saber que me había encadenado, de por vida, a un amo noble pero despiadado. Cuando Dios nos ofrece un don, al mismo tiempo nos entrega un látigo, y éste sólo tiene por finalidad la autoflagelación.
Pero, naturalmente, yo no lo sabía. Yo escribía historias de aventuras, novelas policiales, escenas cómicas, cuentos que me había narrado ex esclavos y veteranos de la Guerra Civil. Me divertía muchísimo, al principio. Dejé de divertirme cuando descubrí la diferencia entre escribir bien y mal, y luego hice un descubrimiento más alarmante aún: la diferencia entre escribir bien y el verdadero arte. Una diferencia sutil, pero feroz. Después de eso, cayó el látigo.
Así como algunas personas practicaban el piano o el violín cuatro y cinco horas diarias, yo practicaba con mis lapiceras y papeles. Sin embargo, no mostraba a nadie lo que hacía. Si alguien me preguntaba en qué estaba ocupado todo ese tiempo, les decía que con mis tareas escolares. En realidad, nunca hacía tareas escolares. Las literarias me mantenían totalmente ocupado: se trataba de mi aprendizaje en el altar de la técnica, del oficio, de las endiabladas complicaciones de la división en párrafos, la puntuación, el empleo del diálogo, para no mencionar el gran diseño total, el gran arco que exige comienzo, medio y final. Había que aprender, y de tantas fuentes: no sólo de los libros, sino de la música, de la pintura, de la mera observación cotidiana.
En realidad, lo más interesante que escribí en ese tiempo fueron las simples observaciones cotidianas que asentaba en mi diario. Descripciones de un vecino. Largas transcripciones literales de conversaciones oídas. Chismes locales. Un tipo de reportaje, un estilo de “ver” y “oir” que más adelante influiría seriamente en mí, aunque entonces no me daba cuenta, pues todo lo “formal” que escribía, lo que pulía y pasaba cuidadosamente a máquina, era más o menos ficticio.
Ya a los diecisiete años era un escritor consumado. De ser pianista, ese hubiera sido el momento propicio para el primer concierto en público. Siendo escritor, decidí que era el momento de publicar. Envié cuentos a las principales publicaciones literarias y a las revistas de distribución nacional, que en aquellos días publicaban los cuentos de mayor “calidad”, como Story, The New Yorker, Harper’s Bazaar, Mademoiselle, Harper’s, Atlantic Monthly. Mis cuentos aparecieron, puntualmente, en las mismas.
Luego, en 1948, publiqué una novela: Otras voces, otros ámbitos. Fue bien recibida por la crítica y resultó un best seller.  […] Una novela corta, Desayuno en Tiffany’s, concluyó el segundo ciclo en 1958. Durante diez años experimenté con casi todos los estilos y formas literarios, intentando dominar una variedad de técnicas, lograr un virtuosismo tan fuerte y flexible como la red de un pescador. Por supuesto, fracasé en varias de las áreas que ensayé, pero es verdad que uno aprende más del fracaso que del éxito. Así fue en mi caso, y más adelante pude aplicar con gran provecho lo que aprendí. De todos modos, durante esa década de exploración escribí colecciones de cuentos cortos (Un árbol nocturno, Recuerdo de Navidad), ensayos y retratos (Color local, Observaciones, la obra contenida en Los perros ladran), obras de teatro (El arpa de hierba, Casa de flores), libretos para películas (Beat the Devil, The Innocents), y una enormidad de reportajes, la mayoría para The New Yorker. […] 
Se oyen las musas recibió críticas excelentes; incluso fue elogiada por medios generalmente poco benévolos conmigo. Aun así, no llamó especialmente la atención, y las ventas fueron moderadas. Sin embargo, el libro fue un acontecimiento importante para mí: mientras lo escribía, me di cuenta de que podría haber hallado solución a lo que siempre había sido mi mayor dilema creativo.
Desde hacía muchos años me sentía atraído hacia el periodismo como una forma de arte en sí mismo, por dos razones: primero, porque me parecía que nada verdaderamente innovador se había producido en la prosa, o en la literatura en general, desde la década de 1920, y segundo porque el periodismo como arte era casi terreno virgen, por la sencilla razón de que muy pocos escritores se dedicaban al periodismo y, cuando lo hacían, escribían ensayos de viaje o autobiografías. Se oyen las musas me hizo pensar de una manera totalmente distinta. Yo quería escribir una novela periodística, algo en mayor escala que tuviera la verosimilitud de los hechos reales, la cualidad de inmediato de una película cinematográfica, la profundidad y libertad de la prosa y la precisión de la poesía.
Sólo en 1959 un misterioso instinto dirigió mis pasos hacia el tema –un oscuro caso de asesinato en una región aislada de Kansas- y finalmente, en 1996, pude publicar el resultado: A sangre fría.
En un cuento de Henry James, creo que The Middle Years, el protagonista, que es un escritor en las sombras de la madurez, se lamenta: “Vivimos en la oscuridad, hacemos lo que podemos; el resto es la locura del arte”. Dice esto, más o menos. De todos modos, James habla con toda franqueza, nos dice la verdad. Lo más oscuro de la oscuridad, lo peor de la locura, es el inexorable riesgo que entraña. Los escritores, al menos los que están dispuestos a correr verdaderos riesgos, los que se aventuran a todo, tienen mucho en común con otra raza de solitarios: los que se ganan la vida jugando al billar y a los naipes. Muchos pensaron que estaba loco al pasar seis años recorriendo las llanuras de Kansas; otros rechazaron mi concepción de la “novela verídica”, decretándola indigna de un escritor “serio”. Norman Mailer la describió como “un fracaso de la imaginación”, queriendo decir, supongo, que un novelista debería escribir sobre algo imaginario y no sobre algo real.
Sí, fue como jugar al poker con apuestas altísimas. Durante seis largos años, en que sentí los nervios desquiciados, no supe si tenía o no un libro. Fueron largos veranos y helados inviernos, pero y seguía firme ante la mesa de juego, jugando la mano lo mejor posible. Luego, resultó que sí tenía un libro.
[…]
Creo que la mayoría de los escritores, incluso los mejores, recargan las tintas. Yo prefiero aligerarlas, usar un estilo simple y cristalino como un arroyo de campo. Descubrí que mi estilo se volvía demasiado denso, que me llevaba tres páginas conseguir efectos que debería lograr en un solo párrafo. Releí A sangre fría y tuve la misma reacción: en muchas partes el estilo no era tan bueno como debería ser, y no liberaba todo el potencial. Lentamente, con una alarma que iba en aumento, volví a leer que nunca, ni una sola vez en mi carrera de escritor, había explotado toda la energía ni toda la excitación estética contenidas en el material. Me di cuenta de que, hasta en las mejores partes, trabajaba con la mitad, e incluso un tercio, de las posibilidades que tenía. ¿Por qué?
La respuesta, que me fue revelada después de meses de meditación, era sencilla pero no muy satisfactoria. No hizo nada, por cierto, para disminuir mi depresión. Por el contrario, la empeoró. La respuesta creaba un problema aparentemente insoluble y, si no podía solucionarlo, mejor era dejar de escribir. El problema era el siguiente: ¿cómo puede un escritor combinar con buen resultado dentro de una sola forma –digamos el cuento- todo lo que sabe de todas las otras formas literarias? Pues a esto se debía el que mi obra estuviera, a menudo, iluminada insuficientemente: el voltaje existía, pero al restringirme a las técnicas de la forma en la que escribía en ese momento, no utilizaba todo lo que sabía del arte de escribir, todo lo que había aprendido de libretos, obras de teatro, reportajes, poesías, cuentos, nouvelles, novelas. Un escritor debía tener a su disposición, sobre su paleta, todos los colores, todas las habilidades para poderlos combinar y, cuando fuera apropiado, aplicar simultáneamente. La pregunta era: ¿cómo?
Retomé Answered Prayers. Descarté un capítulo y volví a escribir tros dos. Mejor, decididamente, mucho mejor. Pero la verdad era que debía volver al jardín de infantes. Allí estaba, otra vez, frente a una mesa de juego, aunque excitado, pues me sentía iluminado por un sol invisible. Aun así, mis primeros experimentos fueron torpes. Me veía como a un niño con una caja de lápices de colores.
Desde el punto de vista técnico, la mayor dificultad que tuve al escribir A sangre fría fue no participar. Por lo general, el periodista tiene que entrar en la obra como personaje, como observador testigo, si es que quiere mantener el libro dentro del plano de lo verosímil. Yo sentía que era esencial, para el tono aparentemente objetivo del libro, que el autor permaneciera ausente. En realidad, en todos mis reportajes, siempre intenté mantenerme lo más invisible que fuera posible.
Ahora, sin embargo, me coloqué en el centro del escenario y empecé a reconstruir, de una manera severa y mínima, conversaciones cotidianas con personas comunes: el encargado de mi edificio, un masajista en el gimnasio, un viejo compañero de escuela, mi dentista. Después de escribir cientos de páginas sencillas, llegué a conseguir un estilo. Había descubierto un marco dentro del cual podía asimilar todo lo que sabía del arte de escribir.
Más tarde, utilizando una versión modificada de esta técnica, escribí una nouvelle verídica (Féretros tallados a mano) y una cantidad de cuentos. El resultado es el presente volumen, Música para camaleones.
¿Cómo ha afectado todo esto al resto de mi obra en preparación, Answered Prayers? Considerablemente. Mientras tanto, heme aquí solo, sumido en mi oscura locura, completamente solo con mi mazo de naipes y, por supuesto, con el látigo que Dios me dio.

Publicado en: ALQUIMISTAS, CONSEJOS DE ALQUIMIA

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