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06/03/2010 by Rocío de Juan Deja un comentario

An Cailín Rua

La llamaron Blanca, no podía tener otro nombre esa niña pálida que la zíngara acababa de alumbrar. Las mujeres que se habían amontonado en la habitación temieron la cólera del padre por aquellos rasgos ajenos a su raza. Pero cuando mostraron el bebé a Samuel, éste sonrió fascinado al ver la piel lechosa y la pelusa rojiza que coronaba su cráneo. “An Cailín Rua”, dijo y la tomó amorosamente en sus brazos.

Fue entonces cuando un primo recordó que el padre de Samuel había estado en Irlanda siendo joven y que regresó con un hijo de cinco años y ninguna esposa. Rehizo su vida y nadie se atrevió a preguntar por el origen de la madre, aunque era fácil hacer suposiciones oyendo a Samuel hablar gaélico.

Blanca creció bajo la mirada de su padre, que se fue haciendo más atenta conforme avanzaban los años y su hija se transformaba en una beldad pelirroja que hechizaba a los muchachos zíngaros. La joven, por su parte, no parecía interesarse en ellos; su rasgo más destacado era la tendencia a ensimismarse contemplando cómo las olas se rompían contra el acantilado gallego y el rostro de su padre mientras le hablaba “en el idioma de la abuela”.

Pero un día sucedió lo temido: Jonás, más apasionado que otros, antepuso su amor al respeto al clan y huyó con Blanca. No supieron de ellos hasta pasados unos años, cuando Jonás regresó con un niño moreno y sin la bella pelirroja, que les había abandonado en Irlanda.

Samuel les acogió en su casa e intentó consolar a su yerno: “Jonás, ésa es la lección que yo hube de aceptar desde niño. Esas criaturas hechiceras no nos pertenecen y no hay amor humano, ni de hijo ni de amante, que les persuada de regresar con los suyos”.

(An Cailín Rua = Una chica pelirroja, en gaélico)

Un libro: «Tierra embrujada», Erin M. Hart

Una canción: «Dreams», de Cranberries

Dos películas: «Las horas» y «El secreto de la isla de las focas»

Publicado en: Microrrelatos

06/03/2010 by Rocío de Juan Deja un comentario

El manzano

Infancia. Esconderse de su abuela en el manzano y tirarse del árbol para salir al encuentro de Adrián, que llega silbando por la vereda. Estudiar los ojos de su primo, que cambian con el tiempo. A veces atrapan el azul del cielo limpio, pero con la tormenta, se vuelven grises y oscuros, mientras la riñe por esperarle bajo la lluvia.

Adolescencia. Oír a su abuela llamándole niña delante de Adrián. Esconderse y medir su altura en un palo de vendimia. Teñirse los labios con el zumo morado de las uvas y recibir un cachete de su madre por mancharse la ropa. Quedarse dormida en los brazos de Adrián, que calma su llanto.

Juventud. Crecer, dejar el pueblo. Perderse en la ciudad y en caricias deshonestas. Sonreír a extraños de ojos azules y llorar a solas. Asomarse de noche a la terraza y trazar líneas entre las estrellas para dibujar un manzano. Cerrar los ojos e imaginar los brazos de Adrián ofreciéndole consuelo.

Publicado en: Microrrelatos

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