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18/10/2010 by Rocío de Juan 2 comentarios

El Silencioso


Medina remataba siempre el trabajo contando una historia, distinta cada vez, pero con un personaje común: el Silencioso. Así llamaba a la presencia invisible que, tarde o temprano, se les acababa revelando a los infortunados protagonistas de sus narraciones.

Tenía un don, Medina. Su voz ronca hipnotizaba como el desfile de una pantera, y era igual de peligrosa. Los novatos del grupo le dirigían tímidas miradas, incapaces de sustraerse a su hechizo a pesar del frío, mientras él iba dando caladas a su tabaco negro.

La historia duraba lo que su cigarrillo en consumirse, cuyas cenizas iba sacudiendo metódicamente con un giro de muñeca. Y era entonces, mientras asistíamos a la aparición del Silencioso, previendo que en sólo dos caladas llegaría el desenlace, cuando el rehén comenzaba a gritar, preso de la histeria, jurando que nos diría todo.

Allí, en medio de la campiña, con el frío anidando en el tuétano y una docena de hombres rodeando al desdichado, Medina remataba su trabajo con una frase y un disparo que cerraban también su historia.

-Demasiado tarde.

Publicado en: Microrrelatos

08/10/2010 by Rocío de Juan 5 comentarios

Cuentos de hadas mestizos


GATOAZUL CON BOTAS

Érase una vez un gato de pelaje tan azul que los ratones se quedaban paralizados de terror al verle, permitiéndole devorarlos sin esfuerzo. Sus dueños estaban felices con su labor de cacería, y decidieron regalarle unas botas al minino. Ese mismo día le encontraron muerto junto al muro de enredaderas: había resbalado mientras subía al tejado.


LA SIRENITA Y LA BALLENA

El rey Neptuno amaba a todas sus hijas sirenas, pero la menor tenía un lugar de predilección en sus afectos. Envidiosas, sus hermanas la secuestraron y arrojaron al interior de una gran ballena.

—Hija mía, ¿dónde estás? —oyó gritar a su padre que la buscaba.

Abrió la boca para decir: “En el vientre de la ballena”, pero en su lugar acabó preguntando al cetáceo:

—¿Conoces los arrecifes de Australia?

LA CRIADA DURMIENTE

Durmió cien años y, al despertar, oyó que alguien preguntaba:

—¿Dónde se ha metido esa haragana de Cenicienta?

NO SÓLO BLANCO Y NEGRO

Blancanieves pasó toda su infancia encerrada con una rueca de ébano que tejía un algodón tan blanco como la luz. Cuando creció y le permitieron alejarse de palacio, se perdió en el bosque. La encontraron siete hombrecillos que la invitaron a su casa para terminar encadenándola a un gigantesco telar. Al menos ellos tienen hilos de colores, pensó.

Publicado en: Microrrelatos

08/10/2010 by Rocío de Juan 3 comentarios

Cuento de hadas galáctico

Tacirupeca Jaro fue enviada en misión secreta a Saturno. Viajó en una cápsula para evitar los radares de su enemigo Bolo Rozfe, y sorteó con habilidad el cinturón de meteoritos que orbitaban alrededor del planeta. Una vez allí, quiso contactar con la agente secreto Talibuea, pero llegó tarde. Su enemigo galáctico la había liquidado y tomado su apariencia. Tacirupeca le descubrió gracias a la sonrisa que le dirigió el usurpador, desde su disfraz perfecto. Esos relucientes colmillos no podían ser de Talibuea, que usaba dentadura postiza desde hacía años. Bolo Rozfe murió desintegrado por un certero disparo láser, y Tacirupeca se disparó después. ¿Qué sentido tiene una presa sin cazador?

Publicado en: Microrrelatos

01/10/2010 by Rocío de Juan Deja un comentario

La infancia de las mariposas


El cuadro era un collage moderno, una lámina donde habían dibujado una rama de árbol en la que se posaban dos mariposas de papel azul. Era el favorito de Cecilia y por ese motivo presidía el salón de su apartamento de recién casada.

Julio solía llegar tarde a comer. Cecilia le esperaba recostada en el sofá, atenta al sonido de las llaves. Pero últimamente se quedaba dormida. Al abrir los ojos, Julio ya se había ido. Cuando se reencontraban por la noche, ella se disculpaba y le pedía que la despertase pero, una y otra vez, Cecilia se adormecía y despertaba sola.

En sus duermevelas, Cecilia soñaba con las mariposas azules del cuadro. Le acariciaban el rostro y le hacían cosquillas en los brazos. Ella sonreía e intentaba alzar la mano para atraparlas, pero las muy pícaras salían huyendo. Dejó de soñar con mariposas cuando su marido comenzó a faltar a los almuerzos; Julio se excusó diciendo que ganaba tiempo almorzando en el trabajo.

Ahora Cecilia gasta los mediodías sentada en el sofá y contemplando el cuadro. Hace tiempo que no se adormila. Por las tardes Julio llega tarde a casa, demasiado cansado para darle un beso, y se queda dormido nada más acostarse; ni siquiera reacciona a las caricias de Cecilia en su rostro.

Y ella se pregunta si será Julio el que sueña ahora con mariposas azules.

Publicado en: Microrrelatos

24/09/2010 by Rocío de Juan 2 comentarios

La niña de las Salinas


Marie vivía en las Salinas, cerca de la fábrica de ladrillo. La ropa le olía a una mezcla de tabaco y lavanda, y llevaba el pelo recogido con un lazo. En clase la apuesta entre los chicos era quién se llevaría el lazo de Marie.

Ella nunca protestaba. Cuando se lo quitábamos, bajaba la cabeza hacia la mesa del pupitre y apretaba los labios. Deseábamos seguir a la rubia francesita hasta las Salinas, pero su padre siempre la esperaba a la salida del colegio, grande como un molino, y con una pipa colgándole de la boca.

Cuando empezamos el bachillerato, ella dejó de venir a clase. Había comenzado a trabajar en la fábrica. Nos acostumbramos entonces a ir por las tardes hasta las Salinas, con la esperanza de verla salir. Queríamos saber si todavía seguiría llevando lazos, y quién de nosotros se atrevería a quitárselo.

Una tarde coincidimos por fin con ella. Estaba muy cambiada. Su silueta femenina nos perturbó, casi tanto como la visión de su cabello suelto sobre la espalda, sin cinta que lo anudase. Compartiendo un mismo impulso, empezamos a caminar hacia ella, pero apenas avanzamos unos metros. Un chico alto, casi tan alto como el padre de Marie, apareció para acompañarla.

Les vimos alejarse mientras aferrábamos, en el escondite de nuestros bolsillos, el antiguo tesoro de las cintas de Marie.

Publicado en: Microrrelatos

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