
Medina remataba siempre el trabajo contando una historia, distinta cada vez, pero con un personaje común: el Silencioso. Así llamaba a la presencia invisible que, tarde o temprano, se les acababa revelando a los infortunados protagonistas de sus narraciones.
Tenía un don, Medina. Su voz ronca hipnotizaba como el desfile de una pantera, y era igual de peligrosa. Los novatos del grupo le dirigían tímidas miradas, incapaces de sustraerse a su hechizo a pesar del frío, mientras él iba dando caladas a su tabaco negro.
La historia duraba lo que su cigarrillo en consumirse, cuyas cenizas iba sacudiendo metódicamente con un giro de muñeca. Y era entonces, mientras asistíamos a la aparición del Silencioso, previendo que en sólo dos caladas llegaría el desenlace, cuando el rehén comenzaba a gritar, preso de la histeria, jurando que nos diría todo.
Allí, en medio de la campiña, con el frío anidando en el tuétano y una docena de hombres rodeando al desdichado, Medina remataba su trabajo con una frase y un disparo que cerraban también su historia.
-Demasiado tarde.




