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11/06/2010 by Rocío de Juan Deja un comentario

Planificando


Escaleras. La casa de Sabina tendrá escaleras. De caracol para que le provoquen vértigo con sus espirales. Con escalones muy estrechos o ridículamente anchos, que la impidan guardar el resuello o pisar con despreocupación.

Sabina creyó ser magnánima al encargarme el diseño de la casa que compartirá con su nueva pareja. No sabe que la venganza de un arquitecto puede ser muy sutil.

Puertas. Ahora toca pensar en las puertas.

Publicado en: Microrrelatos

26/04/2010 by Rocío de Juan Deja un comentario

La última sirena


Las aguas de los océanos fueron las últimas en desaparecer cuando terminaron las lluvias sobre la tierra. Conforme el nivel fue bajando se abrieron las tumbas de los barcos naufragados; los esqueletos de madera y las corazas oxidadas exhibieron su postrera desnudez.

Un grupo que vagaba por el lecho de los océanos, recogiendo agua de los charcos, rodeó con respeto aquellos cadáveres insepultos. Pero los niños quisieron hacer su campamento en el cementerio de barcos. Decían que el chirrido de los hierros era, en realidad, la voz de una sirena que había prometido conducirles hasta un secreto surtidor.

Una mañana despertaron y descubrieron que los niños no estaban. Los adultos buscaron entre tablones y mástiles de madera que desaparecían en nebulosas de polvo por el calor del sol, entre los hierros ensangrentados por el óxido que mostraban sus heridas rojizas a la luz del día. Pero no encontraron a los niños.

Finalmente dieron por infructuosa la búsqueda y, contemplando el suelo que se resecaba, se consolaron pensando que, dondequiera que estuviesen, su destino quizá fuese mejor.

Publicado en: Microrrelatos

27/03/2010 by Rocío de Juan 4 comentarios

El columpio


El columpio lo construyó el padre, usando dos gruesos cables que introdujo en tubos de manguera para que los niños no se raspasen las manos. Como asiento utilizó una tabla en la que atornilló los cables. Lo fabricó en una tarde y lo colgó en una gruesa rama del roble del huerto.

Los mellizos se columpiaban temerariamente, pero Susana, la más pequeña, sólo se atrevía a un tímido balanceo. Sus hermanos la incitaban. “Susana, si giras sobre ti misma hacia la derecha, se borrarán tus recuerdos”, decía uno. “Y si giras a la izquierda, se cumplirán todos tus deseos”, apoyaba el otro. Luego, a dúo, remachaban: “Y si te impulsas hacia adelante muy fuerte, tocarás el cielo y sabrás la respuesta a todas las preguntas”. Susana nunca les hizo caso; era mayor el miedo a caerse.

Han transcurrido quince años y Susana contempla el solitario columpio, que se balancea con la brisa de la tarde. Se sienta en él con cuidado de no manchar su vestido blanco. ¿Cómo era aquella cantinela? Hacia la derecha, olvidar el pasado. Hacia la izquierda, resolver el futuro. Hacia adelante… ¿qué sucedía hacia adelante? Con ayuda de los pies se impulsa a la derecha, pero no consigue completar el giro. Lo mismo sucede cuando repite la operación hacia la izquierda.

Ya están repicando las campanas de la iglesia cuando Susana recuerda la última parte: hacia adelante encontrará todas las respuestas. Retrocede primero aferrada a los cables, y después corre para lanzarse. Su vestido de novia revolotea en el aire como una paloma recién liberada. Mientras desciende oye el eco lejano de su nombre.

Sus hermanos le han mentido. Y a ella se le ha acabado el tiempo.

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21/03/2010 by Rocío de Juan 2 comentarios

El amante cometa


Los aldeanos me llamaban la bruja hilandera por mi habilidad para tejer con cualquier material. Me admiraban, pero también me temían, por lo que preferí aislarme en un claro del bosque que los leñadores habían despoblado.

El camino hasta mi refugio lo encontró un joven hechicero, atraído por mi fama. Me contó que, un mes atrás, había desposado a la fuerza a una joven campesina. Decía que la amaba sinceramente pero la novia nunca le correspondió: se arrojó por la ventana en la noche de bodas.

Sin embargo, la chica no se libró del brujo. Éste había conjurado un hilo mágico que unía el alma de su esposa al dedo anular de él, así que la caída desde la torre sólo destrozó el cuerpo. El espectro de la joven, una versión demacrada de su dueña, ligera como el humo, permaneció atado a su marido. Y ahí entraba yo.

Necesito que prepares una colección de vestidos a mi esposa, pidió el hechicero. Livianos, que no la abrumen con su peso. Contemplé los bellos ojos azules del brujo y dije que lo haría, con la condición de trasladar mi telar a su castillo. Tejí durante toda una estación, usando hilo de telaraña, suspiros de doncella y rayos de luna.

Aprovechando un momento en que le probaba los vestidos a la joven, corté con mis tijeras de punta de diamante el hilo que la mantenía sujeta al hechicero y lo enrollé en mi dedo anular. El fantasma de la novia desapareció para reunirse con el cuerpo. Y al brujo, por su parte, le tuve atado durante semanas hasta que finalmente pereció de hambre y sólo quedó su espectro.

Me encanta salir a pasear en los días de viento y que la gente admire volar, sujeto a mi dedo, a mi hermoso amante cometa.

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13/03/2010 by Rocío de Juan Deja un comentario

Los toros azules

El primero de los toros azules emergió chorreando espuma por los ollares, y sus poderosas patas le empujaron fuera del océano, en dirección al niño que le contemplaba atónito desde la orilla.

Cuando la embestida parecía inminente, aquella bestia se licuó de improviso a los pies del infante, salpicando de agua salada sus pequeños pies.

Hubo un segundo toro, un tercero, y así hasta completar una manada de veinte, que se deshicieron frente al niño, inmóvil como una estatua ante las apariciones.

Fue su madre quien finalmente le rescató del hechizo, con un par de palmadas en el trasero, por acercarse tanto a las olas de aquel mar que contemplaba por primera vez.

Publicado en: Microrrelatos

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