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28/05/2011 by Rocío de Juan Deja un comentario

Estrellas fugaces


Los primeros días no fueron mal del todo. Mi hermana me trataba bien, me dejaba dormir hasta tarde y luego encargaba a los niños que me llevaran a recorrer la campiña, mientras ella bajaba al pueblo, a la consulta del médico con el que trabajaba. Después, por la noche, se quitaba su camisa y pantalones blancos y, cuando los niños se habían ido a dormir, nos sentábamos en el porche buscando estrellas fugaces. Solía sacarme boles con fruta troceada, despojos de fruta demasiado madura que enmascaraba con yogur casero. Hablábamos un rato, sobre todo yo. Ella se limitaba a escucharme y, a veces, decía que me entendía, pero de eso no estoy segura. ¿Cómo iba a hacerlo? Ella tenía dos hijos.

El caso es que una noche, de golpe, fue ella la que se volvió habladora. Me dijo que algunas veces se sentía sola.

—Echo de menos a alguien que se ocupe de los niños, ¿sabes? Pero de modo distinto a cómo se ocupa una mujer.

Cabeceó con un gesto que me devolvió un recuerdo de ambas, con cinco años, negándonos con tozudez a ponernos los calcetines de perlé, para desesperación de mi madre.

—Creo que voy a alquilar una habitación al maestro nuevo. Le gustará dejar la pensión —añadió.

La miré. El único dormitorio libre era el que estaba ocupando yo ahora. Aquel gesto suyo, la firmeza de su tono, me confirmaron que era inútil convencerla de no meter en casa a un hombre que acababa de conocer.

—Me parece que voy a llamar a Alfredo para que venga a recogerme —dije—. Quizá podríamos volver a considerar lo del niño.

Ella asintió sin palabras y nos quedamos en silencio, sentadas en el porche, buscando otra estrella fugaz a la que confundir con nuestros deseos.

Publicado en: Microrrelatos

08/05/2011 by Rocío de Juan Deja un comentario

Cactus


Jorge era informático. Elsa, diseñadora de jardines. A él le habían encargado sustituir el puesto de trabajo de Elsa por un programa informático que generaba tres mil propuestas diferentes para cada cliente. Coincidieron apenas quince minutos, mientras Elsa recogía sus cosas. Te olvidas el cactus, dijo Jorge, señalando junto a la pantalla. Ella se encogió de hombros. No tiene hojas, repuso.

Publicado en: Microrrelatos

04/05/2011 by Rocío de Juan Deja un comentario

Microcosmos


Ella hablaba de libélulas y crisálidas. Yo, de protozoos y otra fauna de los estanques. Nunca leía los e-mails que le escribía, pero me dibujaba mensajes con tizas de colores frente a la puerta de mi casa y yo añadía la respuesta en azul. El día que me declaré le hice llegar un bote con el microcosmos de su pantano preferido. Ella dibujó una mariposa azul en mi acera. Aún sigo interpretando su respuesta.

Publicado en: Microrrelatos

04/03/2011 by Rocío de Juan 2 comentarios

Érase una vez (cuento de hadas moderno)

Érase una vez una princesa, un mago y un dragón que vivían felices hasta que llegaron los tiempos modernos. La monarquía fue abolida y la ex-princesa se lanzó a las pasarelas y después a los barbitúricos. Los dragones se declararon especie protegida y les construyeron un Parque temático repleto de rebaños de ovejas. El mago consiguió tener un programa de TV y sus predicciones aumentaron el número de telespectadores de la cadena, hasta que un día se hartó de hablar de golpes de fortuna: ¿es que la gente todavía creía en los finales felices?

Publicado en: Microrrelatos

18/02/2011 by Rocío de Juan Deja un comentario

Semiótica del calzado


Sucedió durante el cumpleaños de Leonor aunque, para ser exactos, debiéramos aclarar que el hecho central tuvo lugar antes de la celebración, cuando mi mujer abrió un paquete recién traído de Correos y encontró un par de botines de caña alta, en ante marrón oscuro, y precisamente de su número.

Mientras Leonor proclamaba su deleite ante aquel regalo sorpresa, yo buscaba el nombre del remitente, sin éxito. Ella parecía tan dichosa que se me antojó ridículo interrogarla, y decidí ir a la oficina postal para informarme. ¿Cuál es la probabilidad de que Correos extravíe la papeleta de correo certificado? Aquella vez fui uno de los pocos sujetos al desabrigo de la campana de Gauss.

Con inquietud creciente regresé a mi casa, y la encontré usurpada por los invitados a la fiesta de cumpleaños. Merodeé de un grupo a otro, estudiando los rostros masculinos, catalogando las miradas que dirigían a mi mujer, comprobando si los ojos se detenían en los dichosos botines que ella lucía con su falda más atrevida.

Finalmente, me di por vencido y me refugié en el cuarto de baño, sintiéndome un forajido en mi propio hogar, con la comezón de la sospecha royéndome la vida. Allí me encontró Leonor dos horas más tarde, después de buscarme con un taconeo de guerra.

—¿Se puede saber qué haces ahí metido?

—¿Se puede saber quién conoce tan bien tus gustos de calzado? –contraataqué yo.

Ella me observó sorprendida y sólo entonces comprendí la verdad.

—Deja que, al menos, los pague yo.

Y así hemos procedido desde entonces. Ella elige siempre: lo que quiere y al hombre que quiere que pague. Nada me hace más feliz que ser siempre yo.

Publicado en: Microrrelatos

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