Hoy, por primera vez en dos años, no he visto al hombre de las monedas. Así bauticé al molesto individuo que tenía el hábito de pasearse por la amplia avenida, con la mirada baja, ajeno a su alrededor. Cada diez minutos se agachaba y extendía una mano hacia el suelo, con un gesto que pretendía recoger una moneda inexistente.
Hoy, al no verle en la avenida, he sentido un extraño pinchazo de nostalgia. Y sí, lo reconozco: he lamentado la moneda que dejé caer ayer.
Zodíaco vital
Ella es Cáncer; yo, Capricornio. Demasiadas coincidencias con nuestro pasado. Ella nació en el año de la serpiente; yo, en el de la rata. Ninguno de esos signos nos inspiraba algo positivo. Decidimos que hoy sería el día cero del año cero de nuestro amor, y que las estrellas sólo serían meros testigos.
Instinto de supervivencia
El gato estaba tumbado en el alféizar de la ventana, dejando que el sol entibiara su cuerpo atigrado. Tenía los ojos entrecerrados y, de vez en cuando, abría del todo uno de ellos para mirar abajo, hacia la calle. Respiraba con una especie de ronroneo asmático. Un par de moscas le zumbaban cerca de la oreja, pero él no hacía ademán de espantarlas. No muy lejos, una gata en celo maullaba su necesidad.
Napoleón
Recuerdo de mi infancia que mi abuelo Pierre, el francés, tuvo un pastor alemán durante muchos años. Mi abuela Josefina lo llamó “Napoleón”, lo cual nos pareció un bonito detalle. Sin embargo, mi abuelo siempre lo llamó “el chucho” o “el perro” hasta el día en que el pobre animal murió. Cuando mi abuela falleció, mi abuelo compró una perra preciosa y la llamó Desirée. Nunca vi brillar tanto sus ojos como cuando pronunciaba su nombre.
Piel de cocodrilo
Los árboles del Amazonas se visten con la piel de los cocodrilos, por eso la corteza es pardusca y rugosa. Los indios topaki aseguran que los árboles atrapan a los reptiles con sus raíces, escondidas en el agua, así que nunca se bañan en el río. Esta mañana me enviaron a buscar a la periodista yanqui. Soberbia de formas y de carácter, se burló de las creencias indígenas que relaté y dejó a escondidas el campamento para ver los árboles-cocodrilo. Hace unos minutos la he encontrado. Mientras acaricio la corteza rosácea, lamento que esta vez yo tuviese razón.




