La huida comenzó de madrugada. Nos despertó el sonido de los muebles siendo arrumbados contra la pared, el estallido cristalino de la vajilla, las pisadas por las escaleras. La calle empezaba a saturarse de olor a gasoil y niebla de carburadores. No se oían sus voces, sólo un “chist” apagado cuando alguno de los niños hacía amago de protestar. Hacia mediodía la ciudad estaba absolutamente desierta. Fue entonces cuando llegaron los camiones y se bajaron los hombres protegidos con máscara de gas. Se desató la pesadilla cuando liberaron el contenido de las cisternas. Quisimos huir, pero acabaron con casi todas nosotras. Es nuestra condena: nunca nos dejarán volver a Hamelin.
El anuncio
El anuncio comenzó a aparecer los martes, curiosa coincidencia. Porque los martes era su día preferido de la semana para leer la prensa en la pausa del desayuno. Los lunes estaba demasiado deprimido, pero al día siguiente parecía haberse acostumbrado de nuevo a la rutina del trabajo. En ese estado de ánimo se fijó en el anuncio que se publicaba siempre en la página 12 (el doce de enero era su cumpleaños), diciendo “Salustiano, llámame”, seguido de un número de teléfono con prefijo de Albacete. ¿Cuántos Salustianos conocerían a alguien de Albacete? ¿Cuántos leerían aquel periódico de marcada tendencia política y se fijarían en el número de página en el que figuraba?
Un día, por fin, se decidió a llamar. Al otro lado de la línea, respondió una voz de mujer joven. Cuando se presentó como Salustiano, ella le preguntó si tenía alguna marca de nacimiento. Él, intrigado, le habló de una mancha con forma de estrella en el hombro. Hubo un silencio por parte de la mujer. “Es muy posible que seas mi padre”, dijo al fin. Él colgó sin dudar un instante. El corazón aún le latía aceleradamente.
Menos mal que no se llamaba Salustiano.
El pequeño teatro del mundo
El viejo encendió el televisor con el sonido a todo volumen y abrió la ventana. Iba vestido sólo con una camiseta interior sin mangas, bastante sudada, y unos pantalones. Llevaba rasurada la cabeza pero, en contraste, la barba blanquigris le cubría la boca por completo. Se asomó al exterior, acodándose en el poyete de la ventana mientras echaba unas caladas con parsimonia. Hizo un par de comentarios obscenos a unas adolescentes que iban por la calle y que le respondieron con insultos. Él se rio y dos vecinas se asomaron un instante para mirarle. El viejo giró la cabeza hacia el interior e increpó a voces a su mujer, pidiendo que bajara el volumen de la tele. Las vecinas volvieron a meterse dentro de sus casas. Cuando terminó de fumar el cigarrillo, el viejo las imitó, cerró la ventana y apagó la televisión.
El final de la canción
¿Cómo empezaba la melodía? SI-DO-DO, LA-SOL-SI… No espera, así no es. SI-DO-DO, RE-SI-SI-SI… Tú vete tapando con los dedos los agujeros de la flauta, y sopla, que así compruebo que vamos bien.
Puntos de vista
Mi hermanito tiene un ojo de cada color. El derecho es azul, y mi madre dice que, cuando miras la pupila puedes ver un cielo lleno de puntos de luz. El izquierdo es marrón dorado, y mi padre dice que brilla como si fuera arena bajo el sol.





