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23/06/2013 by Rocío de Juan Deja un comentario

Decálogo del buen escritor

De la página de Sinjania, me permito reproducir este decálogo que no contiene más que verdades verdaderas 🙂

  1. Un buen escritor es un buen lector. 
  2. Un buen escritor sabe que toda literatura es política. Un buen escritor debe ser capaz de sostener al menos durante un breve lapso una ideología, una visión del mundo, sin por eso convertirse en panfletario. 
  3. Un buen escritor escribe mucho. Escribe siempre. Escribe en cualquier circunstancia. Escribe. Escribe aunque sea tarde, aunque venga el sueño, aunque el cuerpo no pueda más. Escribe con insomnio o después de dormir mucho. De mañana, cuando está todo callado, o muy tarde, cuando también está todo callado. 
  4. Un buen escritor busca la poética adecuada que represente lo que escribe. 
  5. Un buen escritor corrige. Corrige siempre que sea posible. Reescribe. Un buen escritor sabe que el único texto malo es el que no se concluye.
  6. Un buen escritor lleva cuadernos de ideas, blocs con oraciones, papeles escritos en cualquier parte para retener las ideas. Un buen escritor lleva un diario. 
  7. Un buen escritor afina los sentidos. Sabe que la descripción sensorial es la que da robustez a los relatos. Un buen escritor es un buen observador, tiene el oído atento, percibe con atención lo que pasa en una charla, en un encuentro, en los pasos de alguien.
  8. Un buen escritor tiene siempre presente que el lenguaje es su patria. Sabe que definir un lenguaje en el momento de escribir es parte de la columna vertebral de un texto.
  9. Un buen escritor desconfía de los adjetivos. Cuando el adjetivo no da vida, mata.
  10. Un buen escritor busca los procedimientos de las otras artes y los adapta a la literatura. La música, la pintura, el cine, el teatro… están ahí para ayudar a escribir.
 
 

    Publicado en: CONSEJOS DE ALQUIMIA

    11/05/2013 by Rocío de Juan 3 comentarios

    Doce recursos para escribir microrrelatos


    Recurso # 1. Transgresión de géneros. Una de las características del microrrelato es que es «proteico», a decir de Violeta Rojo, o sea, que salta las barreras genéricas tradicionales entre la narrativa, la poesía y a veces el ensayo.
    Recurso # 2. Sorprender al lector con una lógica inesperada.
    Recurso # 3. Realizar un cambio sorpresivo de contexto. A veces se crea una expectativa, tratando de despistar al lector.
    Recurso # 4. Contrastar presente y pasado. Ayuda en este recurso hacer referencia a personajes conocidos.
    Recurso # 5. Concretización de una metáfora o dicho popular.
    Recurso # 6. Escamotear el significado de una frase hecha.
    Recurso # 7. Utilizar un formato popular, no literario. Un formato moderno al que recurre el microrrelato con frecuencia es el anuncio clasificado.
    Recurso # 8. Utilizar una lógica desviada. Puede llevar a una paradoja o al absurdo.
    Recurso # 9. Hacer falsas atribuciones. Este recurso fue utilizado frecuentemente por Jorge Luis Borges, antes de que su superchería fuera descubierta. Marco Denevi tiene un grupo de minificciones muy sutiles atribuidas a Leopoldo Garnerius en Aphorismata (Róterdam, 1720). El título de su colección, Falsificaciones, nos avisa debidamente.
    Recurso # 10. Hacer uso de la ironía. Este recurso consiste en decir lo contrario de lo que se quiere significar, lo que el lector deberá captar.
    Recurso # 11. Desacralización de personajes conocidos. Hay algo de burla en esta intertextualidad.
    Recurso # 12. Crear una perspectiva infrecuente o única. Este es uno de los recursos favoritos de los microrrelatistas. Su propósito parece ser hacernos ver el mundo desde otro ángulo.

    Fuente: http://literaturas.info/revista.php

    Publicado en: CONSEJOS DE ALQUIMIA

    02/05/2013 by Rocío de Juan 2 comentarios

    ¿Qué hace que un texto sea inolvidable? Seis autores nos responden

    Rubi Guerra:
    “Después de mucho pensarlo, creo que no hay una respuesta sencilla a esta pregunta. Las razones por las cuales un libro se hace inolvidable pueden ser tan variadas como lectores haya. No existe un solo tipo de lector, ni un solo tipo de razones por las cuales disfrutamos un libro. Siendo así, sólo puedo responder qué ha hecho inolvidables para mí ciertos libros. Y aún así la respuesta no será clara.
    Hay libros que en un momento de mi vida se han dirigido a mí directamente. En sus reflexiones o en sus recreaciones ficcionales he creído encontrar una respuesta a preguntas urgentes, y me he visto en la necesidad de detenerme y pensar en lo que estos libros decían. Son los menos. No es habitual dialogar con los libros, aunque es algo a lo que todo lector aspira.
    Otros libros me han mostrado el oscuro corazón humano, las pasiones y pulsiones que nos arrastran, con una clarividencia casi aterradora: la compasión, el miedo, el sexo, la violencia, la soledad.
    En fin, otros libros son inolvidables porque me han mostrado, en sus redes de significado, la belleza de la palabra, del ritmo, de los silencios.”

    Ángel Gustavo Infante:
    “Un texto se hace inolvidable por el lenguaje o por esa cosa aún más extraña llamada “estilo”. Los temas son eternos, lo sabemos, y se repotencian en su manufactura, que es una suerte de combinación feliz entre el decir, el saber decir y el cómo decir. Quizá el estilo se halle precisamente ahí, de visita en casa de la vieja retórica; pero el poema o la narración pertenecen al arte, lo sabemos, son objetos artísticos que queremos perfectos. De allí la insistencia con esa materia inasible: la palabra. Lo demás viene dado por la cantidad de vida que puede ser transmitida —o contagiada— en la medida en que el autor deja de ser el mismo para convertirse en otros.”

    José Luis Palacios:
    “Un texto me atrapa si tiene dos ingredientes quintaesenciales: uno, que cuente una historia interesante, y dos, que la narración sea un reto para el lector, que haya un guiño del autor hacia el lector, bien sea porque es éste último quien debe completar la historia, o porque hay giros y convoluciones en los tiempos y en las personas narradoras que tengan la virtud de sorprenderte. Pienso en arquetipos del pasado como “La mano junto al muro”, la mejor historia de burdeles de nuestra narrativa, o “La noche boca arriba” de Cortázar, donde el segundo ingrediente quizás opaca al primero, y pienso también en narrativa contemporánea como la de T. Coraghessan Boyle, de quien acabo de leer un cuento publicado en 2004, donde el protagonista se gana en una apuesta de bar una rara especie de felino africano que debe mantener vivo en un pequeño apartamento, y a pesar de que acá quizás el primer ingrediente es más fuerte que el segundo, ambos están presentes, se equilibran y te hacen pensar: caramba, me gustaría escribir algo así.”

    María Celina Nuñez
    “En mi opinión, lo que hace que un cuento (o cualquier otra forma de manifestación artística) sea inolvidable es que la historia narrada sea el vehículo de una gran metáfora sobre la existencia humana. Es ese sentido último lo que le da trascendencia.”

    Juan Carlos Chirinos
    “Ya querría conocer un par de esas virtudes para usarlas en lo que escribo…
    Puedo decir que en el camino de lector que uno emprende casi sin querer, el primer texto, por serlo, queda grabado con delicadeza y ternura. En mi caso fue Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez, un texto que me gustó hasta la sorpresa cuando lo leí —llegó a mí a los siete años por una feliz casualidad en medio de una hepatitis, y gracias a mi maestra de primer grado, que le puso “Platero” a nuestro salón de clase; y para que no nos perdiéramos en el recreo, pegó en la entrada un burrito blanco y sonriente—. Ahora me rehúso a volver a él porque me da miedo descubrir que se trata de una cursilería máxima. Prefiero conservar esa imagen primigenia, en el cuarto de mis padres, leyéndolo muy lentamente. Así que el primer texto tiene esta virtud: es la puerta hacia el mundo de la lectura, y eso hay que agradecerlo.
    Pero los textos siguientes, me parece ahora, deben cumplir con otra virtud fundamental: es necesario que el hechizo de la primera vez se repita. Cuando he leído uno de esos libros que me cambian la manera de ver el mundo y la escritura (Percusión, de José Balza, Inventando los días, de Carlos Noguera, Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sábato, Desgracia, de John Maxwell Coetzee, El sabotaje amoroso, de Amélie Nothomb, Mariana y los comanches, de Ednodio Quintero, o El bosque de la noche, de Djuna Barnes ), tiendo a pensar lo que aprendí de una amiga poeta: “qué suerte tiene el que lea este libro por primera vez”. Creo que más allá de la eufonía, el estilo y la corrección formal; más allá de la temática, el compromiso, y la cosmogonía del mundo, los libros que se nos hacen inolvidables son los que se pegan a nuestra piel mostrándonos que no todo era como lo esperábamos y que el autor de ese texto supo también encerrar parte de nuestra esencia en su obra.
    Y eso nada más. Una cosa fácil.”

    Jorge Gómez Jiménez
    “Empecemos por descartar lo que me parece olvidable. En primer lugar, los cuentos mal escritos, entendiendo por tales aquellos en los que las situaciones se resuelven de manera pueril. En segundo, los que atienden a modas o a estrategias prefabricadas, como esos cuentos en que al final el protagonista descubre que todo ha sido un sueño, así como casi todos los cuentos con un final que pretende ser sorprendente. En tercero, los cuentos que están bien escritos y no se cuadran en moda alguna, pero están hechos con una intención evidentemente apabullante, como si su autor pretendiera decirme que maneja mejor que yo el tema. Y, en cuarto, los que quieren darme enseñanzas de naturaleza moral. Así, un cuento inolvidable me sorprende, pero no insultando mi inteligencia sino estimulándola. Indudablemente tiene que estar bien escrito, tanto que el lenguaje se convierta en un personaje más, y en tanto más corpóreo es el lenguaje, menos posibilidades hay de que olvide ese cuento. Ni siquiera exijo de un cuento que me diga algo nuevo, pero sí que lo que vaya a decirme esté escrito de una manera que me parezca no haberlo leído nunca antes.”

    Extraído de http://ficcionbreve.org

    Publicado en: CONSEJOS DE ALQUIMIA

    24/03/2013 by Rocío de Juan Deja un comentario

    El testamento literario de Ítalo Calvino


    Ítalo Calvino (1923-1985) fue uno de los escritores italianos más importantes del siglo XX. Invitado por la Universidad de Harvard, en 1984, programó un ciclo de seis conferencias, de las cuales sólo llegó a escribir cinco, porque lo sorprendió la muerte el 19 de septiembre de 1985.
    Estas propuestas, que se publicaron después de su muerte en el libro: Seis propuestas para el próximo milenio, contienen los seis rasgos que, en su opinión, debería poseer la literatura del siglo XXI. De este modo poseemos las claves para entender la concepción de la literatura y el mundo por parte de un autor único como fue Ítalo Calvino.

    Éstas son las cinco propuestas que dejó escritas:

    1. Levedad o lightness: según Calvino un texto leve es aquel que se desliza fácilmente, en función del peso del lenguaje, en función de la metáfora y de las relaciones entre fantasía y realidad.

    2. Rapidez o quickness; allí Calvino explica que existe un vínculo verbal que crea cadenas de acontecimientos.  Los simbolismos de los objetos dentro de la narración se vuelven mágicos imanes y la economía del lenguaje es esencial para que el relato no se convierta en una sucesión de palabras sin significado; además de que la narración debe tener un ritmo propio para mantener la atención del lector. Ser rápido, no obstante, no significa precipitarse, sino ser preciso. Festina lente, apresúrate despacio, es el lema de Calvino.

    3. Exactitud o accuracy esto quiere decir que el escritor debe que tener bien definido de qué quiere hablar en un texto y también será necesaria la capacidad de evocar imágenes nítidas y memorables a través de un lenguaje preciso como expresión de los matices del pensamiento y de la imaginación. En literatura, pese a la creencia popular, el concepto de exactitud no es distinto al de la ciencia. La búsqueda de le mot juste no es sólo un sibaritismo estilístico, es la piedra de toque de todo el edificio literario. Hay una imagen esperando despertar en la imaginación de cualquiera de nosotros y el cometido del escritor es hallar la clave correcta, el orden preciso, las combinatorias adecuadas y la extensión idónea para que lenguaje e idea se fundan en una sola cosa.

    4. Visibilidad: que el escritor pueda imaginarse visualmente todo aquello que su personaje ve o cree ver, así como el contenido visual de las metáforas que utilice. Para Calvino, la imagen es la comunicación con el alma del mundo, como lo plantea ya Platón desde el Mito de la caverna.  Pero se plantea al mismo tiempo el lugar común de las imágenes en el siglo próximo y propone reciclar las imágenes sobre un nuevo contexto que les cambie el significado o hacer un vacío para volver a empezar desde cero. Y explica que el “post-modernismo puede considerarse la tendencia a hacer un uso irónico de lo imaginario de los mass media, o bien la tendencia  a utilizar el gusto por lo maravilloso heredado de la tradición literaria en mecanismos narrativos que acentúen su extrañamiento.”

    5.  Multiplicidad: en la que Calvino se refiere al tejido de diversos saberes científicos y los diversos códigos  en una visión plural y facetada del mundo.  Porque el mundo de hoy tiene tantas lecturas como nunca antes. Y se pregunta: “¿qué somos, qué es cada uno de nosotros sino una combinatoria de experiencias, de informaciones, de lecturas, de imaginaciones?  Cada vida es una enciclopedia, una biblioteca, un muestrario de estilos donde todo se puede mezclar continuamente y reordenar de todas las formas posibles.”(Calvino, 1997)

    6- Consistencia. Así se habría llamado la sexta propuesta, tal y como garabateó en su borrador. Queda a nuestro análisis intentar desentrañar lo que nos quiso transmitir.

    Fuentes: Taller de factores humanos, Talleres UACM

    Publicado en: ALQUIMISTAS, CONSEJOS DE ALQUIMIA

    30/01/2013 by Rocío de Juan Deja un comentario

    Cuentos y Haruki Murakami

    «Por decirlo de la forma más sencilla posible, para mí escribir novelas es un reto, escribir cuentos es un placer. Si escribir novelas es como plantar un bosque, entonces escribir cuentos se parece más a plantar un jardín. Los dos procesos se complementan y crean un paisaje completo que atesora. El follaje verde de los árboles proyecta una sombra agradable sobre la tierra, y el viento hace crujir las hojas, que a veces están teñidas de oro brillante. Mientras tanto, en el jardín aparecen yemas en las flores y los pétalos de colores atraen a las abejas y a las mariposas, y ello nos recuerda la sutil transición de una estación a la siguiente.
    Desde el comienzo de mi carrera de escritor de obras de ficción en 1979 he alternado con bastante constancia entre escribir novelas y escribir cuentos. Mi pauta ha sido ésta: una vez termino una novela, siento el deseo de escribir algunos cuentos; una vez he hecho un grupo de cuentos, entonces me entran ganas de concentrarme en una novela. Nunca escribo cuentos mientras estoy escribiendo una novela, y nunca escribo una novela mientras estoy trabajando en unos cuentos.
    Bien puede ser que los dos tipos de género hagan funcionar partes distintas del cerebro y se necesite cierto tiempo para pasar de uno a otro.
    […]
    Uno de los placeres de escribir cuentos es que no se tarda tanto tiempo en terminarlos. Generalmente me lleva alrededor de una semana dar a un cuento una forma presentable (aunque las correcciones pueden ser interminables). No es como la total entrega física y mental que se requiere durante el año o los dos años que tardas en redactar una novela. Entras en una habitación, terminas tu trabajo y sales. Eso es todo. Para mí, al menos, escribir una novela puede parecer una tarea que nunca acaba y a veces me pregunto si voy a salir vivo del empeño. Así que encuentro que escribir cuentos es un cambio de ritmo necesario.

    Otra cosa agradable de escribir cuentos es que puedes crear un argumento a partir de los detalles más nimios…, una idea que brota en tu mente, una palabra, una imagen, cualquier cosa. En la mayoría de los casos es como la improvisación en el jazz, y el argumento me lleva a donde a éste le plazca. Y otra cosa buena es que en el caso de los cuentos no tienes que preocuparte por el fracaso. Si la idea no sale como esperabas, te encoges de hombros y te dices que no todas pueden salir bien. Incluso en el caso de maestros del género como F. Scott Fitzgerald y Raymond Carver -hasta en el caso de Antón Chéjov- no todos los cuentos son obras maestras. Para mí esto es un gran consuelo. Puedes aprender de tus errores (dicho de otro modo, aquellos a los que no puedes llamar éxitos totales) y usarlos en el siguiente cuento que escribas. En mi caso, cuando escribo novelas me esfuerzo mucho por aprender de los éxitos y los fracasos que experimento cuando escribo cuentos. En ese sentido, para mí el cuento es una especie de laboratorio experimental como novelista. Es difícil hacer experimentos como a mí me gusta dentro del marco de una novela, de modo que sé que, sin cuentos, la tarea de escribir novelas resultaría aún más difícil y exigente.
    Me considero esencialmente novelista, pero muchas personas me dicen que prefieren mis cuentos a mis novelas.
    Eso no me preocupa y no intento convencerlas de lo contrario. De hecho, me gusta que me lo digan. Mis cuentos son como sombras delicadas que he puesto en el mundo, huellas borrosas que han dejado mis pies. Recuerdo con exactitud dónde puse cada uno de ellos y cómo me sentí en aquel momento. Los cuentos son como postes que indican el camino para llegar a mi corazón, y me siento feliz, como escritor, de poder compartir estos sentimientos íntimos con mis lectores.» 

    Extraído de » Sauce ciego, mujer dormida», Haruki Murakami

    Publicado en: ALQUIMISTAS, CONSEJOS DE ALQUIMIA

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