Crédulos
Tres es multitud
Siempre fuimos tres: Esther, tú y yo. Todo el mundo lo supo, ya desde el día de nuestra boda. Cuando me pusiste el anillo en el dedo, me miraron a mí, la novia, sí, pero también a Esther. Al alumbrar a nuestros hijos, ella también recibió las felicitaciones, como si hubiese sufrido los dolores del paritorio. Con el tiempo, consiguió hasta una habitación en nuestro piso. Todo lo he tolerado por nuestro matrimonio.
Pero hasta tu madre está de acuerdo conmigo en esto: o te deshaces de esa cacatúa que pomposamente bautizaste con nombre de mujer o le corto las cuerdas vocales. Yo estaré gorda, pero al menos no tengo unas antiestéticas plumas rojas y verdes.
Saramago y la inspiración
Extraído de una entrevista hecha al autor en diciembre de 2006:
-¿Hay inspiración en José Saramago?
-Eso de la inspiración no vale nada, porque no sabemos lo que es. En segundo lugar, no sabemos de dónde viene. Y tercero, no la tenemos, aunque nosotros podamos decir: “esto tuvo una inspiración”, pero eso tendríamos que definirlo. Lo que tenemos es una palabra y nada más; por lo tanto, lo mejor es considerar que escribir es un trabajo.
-Entonces, ¿cómo hace?
-Mis trabajos no nacen de una idea en la que me siento a pensar en el tema que voy a escribir. Todas nacen de lo que pudiera llamarse una iluminación súbita. En el caso de Ensayo sobre la ceguera, se lo voy a contar: Yo estaba en un restaurante, esperando la comida, y allí, de forma súbita, se me plantea esta cuestión de la vida: ¿si todos fuéramos ciegos? Y a la pregunta, yo he dado la respuesta: ¡pero si todos nosotros somos ciegos! Estamos como los ciegos, y para mostrarlo, ahora hay que escribirlo.
La entrevista completa se encuentra aquí.
Por mi parte, de acuerdo al 100%. La inspiración siempre nos encuentra trabajando, como decía Picasso.
En frío
El hombre terminó de lavar los platos. Se secó las manos en el mandil, lo desanudó y lo dejó caer en la silla. Abrió la nevera y sacó una lata de cerveza. Se dirigió a la salita, donde se apoltronó en el sofá, frente a la tele apagada. Contempló el monitor negro durante unos minutos con la bebida congelada en la mano. Dejó la lata sobre la mesa y buscó el móvil en el bolsillo de su pantalón. Ninguna llamada perdida de ella, ningún mensaje de disculpa por no haber acudido a la cita. Eso había sido hace tres días, pero sólo hoy se había atrevido a tirar la comida a la basura, recoger la mesa y lavar la vajilla. Con los dedos todavía fríos buscó su número y le escribió un mensaje: «Me cansé de esperarte». Luego, encendió la televisión.




