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06/03/2010 by Rocío de Juan Deja un comentario

El manzano

Infancia. Esconderse de su abuela en el manzano y tirarse del árbol para salir al encuentro de Adrián, que llega silbando por la vereda. Estudiar los ojos de su primo, que cambian con el tiempo. A veces atrapan el azul del cielo limpio, pero con la tormenta, se vuelven grises y oscuros, mientras la riñe por esperarle bajo la lluvia.

Adolescencia. Oír a su abuela llamándole niña delante de Adrián. Esconderse y medir su altura en un palo de vendimia. Teñirse los labios con el zumo morado de las uvas y recibir un cachete de su madre por mancharse la ropa. Quedarse dormida en los brazos de Adrián, que calma su llanto.

Juventud. Crecer, dejar el pueblo. Perderse en la ciudad y en caricias deshonestas. Sonreír a extraños de ojos azules y llorar a solas. Asomarse de noche a la terraza y trazar líneas entre las estrellas para dibujar un manzano. Cerrar los ojos e imaginar los brazos de Adrián ofreciéndole consuelo.

Publicado en: Microrrelatos

21/02/2010 by Rocío de Juan Deja un comentario

La otra noticia


Aquella mañana él la miró a los ojos. Irene no debería haberse sorprendido tanto. Después de todo, Hugo Molina era su jefe y le veía atravesar todos los días la oficina, sus pisadas enérgicas clavándose en la moqueta antes de encerrarse tras la puerta de su despacho.

Pero lo cierto es que el señor Molina sólo se comunicaba con Belén, su secretaria, y nunca se había dirigido expresamente a Irene ni a las otras dos chicas que trabajaban en la oficina. Sólo que Belén no se encontraba en ese momento porque había salido a desayunar.

-¿Usted lee el periódico? –le preguntó él.

Irene abrió y cerró la boca como un pez, buscando ayuda en derredor con la mirada. Descubrió entonces que estaba sola en la oficina. Las otras debían haberse escaqueado mientras ella repasaba absorta la contabilidad.

-No, señor Molina –confesó mientras comprobaba con espanto que le ardía el rostro. Debía haberse ruborizado hasta la raíz del pelo.

-¿Ni siquiera ayer? –insistió él.

Se inclinó todavía más hacia Irene, y ella pudo comprobar que sus ojos eran verdes, moteados con pintas marrones. Había habido una apuesta en la oficina respecto al color de sus ojos. El atractivo hijo del jefe, que acababa de reemplazar a su padre en la gerencia del despacho, no había pasado desapercibido entre sus empleadas.

-Ni siquiera ayer –confesó Irene, intentando sostener la mirada de su jefe con valentía.

Él le acercó entonces el periódico que sostenía en la mano. Era el ejemplar del domingo.

-Pues lea, por favor.

Irene no estaba muy segura de lo que debía encontrar. Sus ojos, acostumbrados a revisar largas filas de números y asientos contables, escanearon la portada buscando las palabras “Hugo”, “Molina”, “despacho”, “asesoría”. Nada, ni rastro. Abrió entonces el periódico y fue pasando las hojas una por una, incluida la sección de deportes. Cuando iba a saltarse la sección de contactos, le llamó la atención un anuncio en negrita y letras grandes que decía: “Hombre atractivo de 30 años busca mujer que le haga soñar” y, un poco más abajo, añadía: “Ojos verdes, tímido, buena posición económica”. Con rapidez pasó la página, avergonzada de que el señor Molina se hubiese dado cuenta de su interés. Finalmente se lo devolvió con un suspiro:

-No he encontrado ninguna noticia referente a usted o a la empresa, señor Molina.

Le sorprendió que él no estuviese enfadado; es más, parecía que los ojos le brillaban divertidos.

-Discúlpeme, Irene. No buscaba una noticia. Quería comprobar si algo le llamaba la atención.

Entonces ella comprendió y su voz se volvió un susurro mientras se incorporaba con lentitud de su asiento y se inclinaba hacia el rostro de Hugo Molina, que se apartó sorprendido.

-Verdes con motas marrones –dijo Irene sonriendo con picardía-. Sus ojos son verdes con motas marrones.

Y añadió mientras le acercaba hacia ella tirando de su corbata:

-Para que una relación empiece bien, es fundamental ser sinceros.

Publicado en: La posada de los vientos

25/06/2009 by Rocío de Juan 6 comentarios

El quehacer literario

«Empecé a escribir cuando tenía ocho años: de improviso, sin inspirarme en ejemplo alguno. No conocía a nadie que escribiese y a poca gente que leyese. Pero el caso era que sólo me interesaban cuatro cosas: leer libros, ir al cine, bailar claqué y hacer dibujos. Entonces, un día comencé a escribir sin saber que me había encadenado de por vida a un noble pero implacable amo. Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse» (Truman Capote).

«Sólo escribo bien en un lugar que sea mío, con libros al alcance de la mano, como si siempre tuviera necesidad de consultar no se sabe bien qué. A lo mejor no es por los libros en sí sino por una especie de espacio interior que los libros forman, como si me identificara a mí mismo con una ideal biblioteca propia» (Italo Calvino).

«Un escritor lo es siempre por elección. Nadie le obliga a ello, decide voluntariamente, opta por un tipo de vida arriesgada en la que puede fracasar o triunfar, en la que nada le está garantizado, ni siquiera la publicación de sus textos, menos que nada su talento, o la perduración de éste. A cambio no tiene patrón ni horarios, o sólo los que se impone, y nadie le dice lo que debe escribir (o él no debería escucharlo). No es un trabajador por cuenta ajena y por tanto no debe aspirar a nada semejante a un empleo seguro, ni a pensiones (porque nadie lo jubila de su actividad), ni a seguridades sociales» (Javier Marías).

«El mejor taller literario está en la propia literatura. No hay mejor profesor de taller literario que Galdós, Stendhal, Proust, Dostoievski, Joseph Conrad, Scott Fizgerald. Lo demás son milongas» (Arturo Pérez-Reverte).

«Ocho horas al día, siete días a la semana, 365 días al año; éste es el único método que conozco para escribir» (Philip Roth).

«No hay otra manera de alcanzar la eternidad que ahondando en el instante, ni otra forma de llegar a la universalidad que a través de la propia circunstancia: el hoy y aquí. La tarea del escritor sería la de entrever los valores eternos que están implicados en el drama social y político de su tiempo y lugar» (Ernesto Sábato).

Publicado en: La posada de los vientos

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