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24/09/2010 by Rocío de Juan 2 comentarios

La niña de las Salinas


Marie vivía en las Salinas, cerca de la fábrica de ladrillo. La ropa le olía a una mezcla de tabaco y lavanda, y llevaba el pelo recogido con un lazo. En clase la apuesta entre los chicos era quién se llevaría el lazo de Marie.

Ella nunca protestaba. Cuando se lo quitábamos, bajaba la cabeza hacia la mesa del pupitre y apretaba los labios. Deseábamos seguir a la rubia francesita hasta las Salinas, pero su padre siempre la esperaba a la salida del colegio, grande como un molino, y con una pipa colgándole de la boca.

Cuando empezamos el bachillerato, ella dejó de venir a clase. Había comenzado a trabajar en la fábrica. Nos acostumbramos entonces a ir por las tardes hasta las Salinas, con la esperanza de verla salir. Queríamos saber si todavía seguiría llevando lazos, y quién de nosotros se atrevería a quitárselo.

Una tarde coincidimos por fin con ella. Estaba muy cambiada. Su silueta femenina nos perturbó, casi tanto como la visión de su cabello suelto sobre la espalda, sin cinta que lo anudase. Compartiendo un mismo impulso, empezamos a caminar hacia ella, pero apenas avanzamos unos metros. Un chico alto, casi tan alto como el padre de Marie, apareció para acompañarla.

Les vimos alejarse mientras aferrábamos, en el escondite de nuestros bolsillos, el antiguo tesoro de las cintas de Marie.

Publicado en: Microrrelatos

06/09/2010 by Rocío de Juan 4 comentarios

Ojos verdes


Richard Armitage no tiene los ojos verdes. Es verdad que yo creía que eran del mismo color que los campos de Leicester, su tierra natal. Pero ahora que he repasado todas las series de televisión donde aparece (“Norte y Sur” y “Robin Hood” por tercera vez, he de reconocerlo), me encuentro con que no son verdes, en absoluto.

El problema es que Icíar sigue afirmando lo contrario. A pesar de que la invito a entrar conmigo en Internet y buscar fotos del actor, ella persiste: “Están todas retocadas. Lo que está de moda son los ojos azules, así que las manipulan por ordenador. No te creerás que las modelos de las revistas son así realmente, ¿no, Sandra?”.

Icíar y yo nos conocimos en la sala de espera de un abogado matrimonialista. En la media hora de retraso con que llegaron nuestros maridos –curiosamente, ambos aparecieron al mismo tiempo-, comenzamos a hablar de nuestros actores preferidos y nos hicimos amigas. Continué viéndola porque, aunque aquélla había sido mi última visita al abogado, Icíar seguía adelante con su separación.

“Le he puesto un plazo a Emilio, Sandra, hasta el 22 de agosto”, me explicó por teléfono mientras se oía la televisión de fondo a un volumen casi denunciable. “¿Nos tomamos un helado y te cuento todo?”. Estábamos en enero, pero ella era así de impulsiva y alocada.

Cuando llegó la fecha, no hizo falta que me llamase. Acudí a su casa, y me abrió la puerta con el delantal puesto. Mientras la seguía hasta la cocina, donde preparaba una especie de tarta, me fui preguntando si se habría olvidado del famoso plazo. Parecía ensimismada en la elaboración del pastel y me invitó a probarlo cuando lo terminase. Sólo entonces, cuando nos sentamos frente a una taza de café cargado, y trajo la tarta con una vela, le pregunté: “¿Qué celebramos, Icíar?”. Ella respondió: “¿Sabes que día es hoy, Sandra?” Asentí sin palabras. Icíar me hizo un guiño: “Hoy es el cumpleaños de Richard Armitage, el de los ojos verdes”.

A día de hoy todavía seguimos discutiendo si le retocan los ojos con el Photoshop, mientras Emilio nos escucha sonriente desde el sofá, fingiendo que lee el periódico.

Publicado en: La posada de los vientos

17/07/2010 by Rocío de Juan 3 comentarios

La casa violeta


Fue Conrado Birdie el que edificó la casa violeta, aunque eso sucedió muchos años atrás, cuando Eudora tenía una treintena de familias y el doble de hectáreas de bosques a su alrededor. El señor Birdie trajo consigo a su esposa y unos rollos bajo el brazo con los planos de la casa.

Aunque en Eudora parece que solo tenemos tiempo para talar árboles y llenar el aserradero de Pullman, ayudamos al señor Birdie a construir su casa, y la pintamos de violeta como él pedía. Es cierto que nos movió en gran medida el interés por May Ellen, su esposa. El señor Birdie nos había contado que, siguiendo los consejos de un médico, habían venido por el aire puro de los bosques para aliviar la enfermedad de su mujer.

Pero ni los habitantes de Eudora, ni el señor Birdie, creíamos realmente que May Ellen pudiera modificar su forma de comportarse por la sola y benéfica influencia del clima. De hecho, en los cuarenta años que ella habitó en Eudora, ningún día dejó de vestirse en tonos lilas, morados, cárdenos y violetas, ni de correr con la agilidad de un potrillo hacia cualquier ser animado o inanimado con esos colores.

Cuando el verano llegaba a Eudora, y un viento bochornoso mecía las ramas imitando el vaivén de una hamaca, May Ellen Birdie desafiaba al sol caminando hasta el prado donde una explosión de su color favorito había teñido la pradera. Se sentaba allí y masticaba una flor tras otra, con deliberada lentitud, mientras los niños de Eudora la observaban desde lejos, saludándola. May Ellen les sonreía siempre, con su boca ancha y dulce como una rodaja de melón, y canturreaba una melodía asonante que espantaba las moscas del verano y encendía los corazones de los jóvenes de Eudora, porque May Ellen era delicada y bonita, y aquí no abundan las mujeres.

May Ellen tuvo un hijo, aunque nunca tuvimos claro si Conrado Birdie fue el verdadero padre; se comentaba que un admirador había abusado de la debilidad cromática de la muchacha para hacerla suya en el prado. Por eso no protestamos el día que amanecimos con el resplandor de un incendio que consumió por entero la pradera de violetas. El matrimonio Birdie se encerró en su casa y cuidó de su retoño, que fue enviado al sur para estudiar cuando creció. El chico regresó algunos veranos mientras fue joven, pero los Birdie permanecieron aquí, en Eudora. May Ellen murió el otoño pasado y su marido no tardó en seguirla, consumido de pena.

Se lo aseguro: no he conocido muchos locos, pero creo que Conrado Birdie se lleva la palma; esta casa violeta en Eudora es la prueba de hasta dónde llega la locura de un hombre por amor.

Publicado en: La posada de los vientos

11/06/2010 by Rocío de Juan Deja un comentario

Planificando


Escaleras. La casa de Sabina tendrá escaleras. De caracol para que le provoquen vértigo con sus espirales. Con escalones muy estrechos o ridículamente anchos, que la impidan guardar el resuello o pisar con despreocupación.

Sabina creyó ser magnánima al encargarme el diseño de la casa que compartirá con su nueva pareja. No sabe que la venganza de un arquitecto puede ser muy sutil.

Puertas. Ahora toca pensar en las puertas.

Publicado en: Microrrelatos

26/04/2010 by Rocío de Juan Deja un comentario

La última sirena


Las aguas de los océanos fueron las últimas en desaparecer cuando terminaron las lluvias sobre la tierra. Conforme el nivel fue bajando se abrieron las tumbas de los barcos naufragados; los esqueletos de madera y las corazas oxidadas exhibieron su postrera desnudez.

Un grupo que vagaba por el lecho de los océanos, recogiendo agua de los charcos, rodeó con respeto aquellos cadáveres insepultos. Pero los niños quisieron hacer su campamento en el cementerio de barcos. Decían que el chirrido de los hierros era, en realidad, la voz de una sirena que había prometido conducirles hasta un secreto surtidor.

Una mañana despertaron y descubrieron que los niños no estaban. Los adultos buscaron entre tablones y mástiles de madera que desaparecían en nebulosas de polvo por el calor del sol, entre los hierros ensangrentados por el óxido que mostraban sus heridas rojizas a la luz del día. Pero no encontraron a los niños.

Finalmente dieron por infructuosa la búsqueda y, contemplando el suelo que se resecaba, se consolaron pensando que, dondequiera que estuviesen, su destino quizá fuese mejor.

Publicado en: Microrrelatos

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