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Rocío de Juan Deja un comentario

Semiótica del calzado


Sucedió durante el cumpleaños de Leonor aunque, para ser exactos, debiéramos aclarar que el hecho central tuvo lugar antes de la celebración, cuando mi mujer abrió un paquete recién traído de Correos y encontró un par de botines de caña alta, en ante marrón oscuro, y precisamente de su número.

Mientras Leonor proclamaba su deleite ante aquel regalo sorpresa, yo buscaba el nombre del remitente, sin éxito. Ella parecía tan dichosa que se me antojó ridículo interrogarla, y decidí ir a la oficina postal para informarme. ¿Cuál es la probabilidad de que Correos extravíe la papeleta de correo certificado? Aquella vez fui uno de los pocos sujetos al desabrigo de la campana de Gauss.

Con inquietud creciente regresé a mi casa, y la encontré usurpada por los invitados a la fiesta de cumpleaños. Merodeé de un grupo a otro, estudiando los rostros masculinos, catalogando las miradas que dirigían a mi mujer, comprobando si los ojos se detenían en los dichosos botines que ella lucía con su falda más atrevida.

Finalmente, me di por vencido y me refugié en el cuarto de baño, sintiéndome un forajido en mi propio hogar, con la comezón de la sospecha royéndome la vida. Allí me encontró Leonor dos horas más tarde, después de buscarme con un taconeo de guerra.

—¿Se puede saber qué haces ahí metido?

—¿Se puede saber quién conoce tan bien tus gustos de calzado? –contraataqué yo.

Ella me observó sorprendida y sólo entonces comprendí la verdad.

—Deja que, al menos, los pague yo.

Y así hemos procedido desde entonces. Ella elige siempre: lo que quiere y al hombre que quiere que pague. Nada me hace más feliz que ser siempre yo.

Publicado en: Microrrelatos

Rocío de Juan Deja un comentario

El muro


Hemos creído, juntas, en el sosiego

[y también en el lamento.

Ahora recuestas la cabeza sobre mis manos

y apuestas cualquier cosa a que todo podría ir peor.

Sara ha muerto en Viena. Quiero creer que no estaba sola, que al menos le acompañaba el profesor de música del que me hablaba en su último correo electrónico, hace ya dos meses. Me cuesta unos minutos asimilar que no volveré a escuchar su risa alocada, la que en otro tiempo excitaba mi malhumor y preludiaba los gritos.

Aún tengo en la mano el auricular del teléfono -ha sido la policía quien me ha comunicado la noticia- y me dispongo a hablar con Emma. Subo despacio las escaleras hasta el dormitorio y desde el umbral de la puerta contemplo su figura recostada.

—¿Quién llamaba? -se oye su voz adormecida. Por un momento reconozco la voz de Sara, un rasgo que ambas hermanas compartían. Era difícil diferenciarlas por teléfono, aunque luego, de carácter, resultaran ser totalmente opuestas.

Me acerco a la cama y me siento a su lado. Emma se incorpora, leo la inquietud en sus ojos.

—Sara ha…—empiezo a decir, pero me callo. Emma adivina el resto al ver el brillo de las lágrimas.

En una hora ha tomado el control de la situación. Prepara una maleta con lo indispensable, y arrancamos el coche sin despedirnos de nadie. Apenas charlamos durante el viaje. Emma conduce las primeras horas hasta que entramos en Francia y hacemos un alto al llegar la hora de la comida. En la cafetería yo devoro un sándwich tras otro y pido una segunda coca-cola. Ella sólo le ha dado un mordisco al suyo, y permanece con la vista baja.

—¿Te arrepientes? -dice Emma de repente. Olvido la comida un instante para enfrentar sus ojos. Nunca creí que le oiría preguntarme eso.

Por supuesto, lo he pensado muchas veces. Durante las interminables peleas con Sara, su hermana Emma siempre aparecía como por ensalmo, inundando mis sentidos con su aura pacífica, con la promesa silenciosa de una vida estable y tranquila, sin sobresaltos. Precisamente lo contrario a lo que en ese momento era mi matrimonio con Sara. Terminé por ceder al constante reclamo de Emma.

Sara me hizo una última gran escena al enterarse y se fue a Viena con la excusa de un lectorado. Cortó toda comunicación con su hermana, pero a mí me escribía con cierta frecuencia. Le gustaba zaherirme y yo releía sus correos electrónicos dos, tres, diez veces. Me has destrozado la vida, escribía Sara. Mi hermana jamás me hubiera traicionado. Éramos uña y carne. Has debido seducirla con todas tus artes.

En la cafetería, Emma continúa aguardando mi contestación. Podría responder con otra pregunta: «¿Por qué la envidiabas tanto?», pero decido callar. Cada hermana construyó su propio muro para ignorar la realidad y yo no soy nadie, nunca he sido nadie, para hacérselo entender a ambas.

Publicado en: La posada de los vientos

Rocío de Juan 2 comentarios

El Silencioso


Medina remataba siempre el trabajo contando una historia, distinta cada vez, pero con un personaje común: el Silencioso. Así llamaba a la presencia invisible que, tarde o temprano, se les acababa revelando a los infortunados protagonistas de sus narraciones.

Tenía un don, Medina. Su voz ronca hipnotizaba como el desfile de una pantera, y era igual de peligrosa. Los novatos del grupo le dirigían tímidas miradas, incapaces de sustraerse a su hechizo a pesar del frío, mientras él iba dando caladas a su tabaco negro.

La historia duraba lo que su cigarrillo en consumirse, cuyas cenizas iba sacudiendo metódicamente con un giro de muñeca. Y era entonces, mientras asistíamos a la aparición del Silencioso, previendo que en sólo dos caladas llegaría el desenlace, cuando el rehén comenzaba a gritar, preso de la histeria, jurando que nos diría todo.

Allí, en medio de la campiña, con el frío anidando en el tuétano y una docena de hombres rodeando al desdichado, Medina remataba su trabajo con una frase y un disparo que cerraban también su historia.

-Demasiado tarde.

Publicado en: Microrrelatos

Rocío de Juan 5 comentarios

Cuentos de hadas mestizos


GATOAZUL CON BOTAS

Érase una vez un gato de pelaje tan azul que los ratones se quedaban paralizados de terror al verle, permitiéndole devorarlos sin esfuerzo. Sus dueños estaban felices con su labor de cacería, y decidieron regalarle unas botas al minino. Ese mismo día le encontraron muerto junto al muro de enredaderas: había resbalado mientras subía al tejado.


LA SIRENITA Y LA BALLENA

El rey Neptuno amaba a todas sus hijas sirenas, pero la menor tenía un lugar de predilección en sus afectos. Envidiosas, sus hermanas la secuestraron y arrojaron al interior de una gran ballena.

—Hija mía, ¿dónde estás? —oyó gritar a su padre que la buscaba.

Abrió la boca para decir: “En el vientre de la ballena”, pero en su lugar acabó preguntando al cetáceo:

—¿Conoces los arrecifes de Australia?

LA CRIADA DURMIENTE

Durmió cien años y, al despertar, oyó que alguien preguntaba:

—¿Dónde se ha metido esa haragana de Cenicienta?

NO SÓLO BLANCO Y NEGRO

Blancanieves pasó toda su infancia encerrada con una rueca de ébano que tejía un algodón tan blanco como la luz. Cuando creció y le permitieron alejarse de palacio, se perdió en el bosque. La encontraron siete hombrecillos que la invitaron a su casa para terminar encadenándola a un gigantesco telar. Al menos ellos tienen hilos de colores, pensó.

Publicado en: Microrrelatos

Rocío de Juan 3 comentarios

Cuento de hadas galáctico

Tacirupeca Jaro fue enviada en misión secreta a Saturno. Viajó en una cápsula para evitar los radares de su enemigo Bolo Rozfe, y sorteó con habilidad el cinturón de meteoritos que orbitaban alrededor del planeta. Una vez allí, quiso contactar con la agente secreto Talibuea, pero llegó tarde. Su enemigo galáctico la había liquidado y tomado su apariencia. Tacirupeca le descubrió gracias a la sonrisa que le dirigió el usurpador, desde su disfraz perfecto. Esos relucientes colmillos no podían ser de Talibuea, que usaba dentadura postiza desde hacía años. Bolo Rozfe murió desintegrado por un certero disparo láser, y Tacirupeca se disparó después. ¿Qué sentido tiene una presa sin cazador?

Publicado en: Microrrelatos

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