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Rocío de Juan 2 comentarios

Mudanzas


En la última ocasión habían cometido un fallo y el hombre bien afeitado que conducía reconvino a la pareja en cuanto estacionaron en el área de servicio. Viajaban en una furgoneta con el rótulo: “Mudanzas Grupo Gargallo”.

—Otro error y se nos acabará el negocio, ¿entendido?

Se había liado un pitillo y dirigía las caladas hacia el corpulento copiloto, mientras observaba por el retrovisor a la mujer sentada atrás.

—Lo hemos entendido, ¿verdad, Bruce? —respondió ella—. Capito, Humphrey.

—Muy bien. Bruce, compra unos bocadillos.

El gigantón salió de la furgoneta y se alejó con pasos de elefante hacia la cafetería. El conductor habló a la mujer a través del espejo retrovisor.

—Ava, tenemos que dejarle.

Ella no era joven, pero la madurez había retenido parte de su belleza.

—Es mi marido, Héctor. Y tú sabes por qué no puedo abandonarle.

—Te he dicho mil veces que me llames Humphrey.

Ella no pareció impresionarse por su enfado.

—Me parecen ridículos los apodos que inventaste. Son más falsos que nuestro trabajo.

Él sonrió, por primera vez desde que habían aparcado.

—El tuyo me gusta: Ava. Me recuerda a la primera mujer, hecha de barro con aliento divino. Heredó el Paraíso pero se condenó a sufrir.

Hizo una pausa y añadió:

—¿Piensas seguir sufriendo el resto de tu vida?

—No voy a abandonarle… Humphrey —dijo ella, recalcando con ironía el alias—. Sácanos del negocio si quieres. Búscate a otra falsificadora y a otro fortachón.

—Quizá lo haga, sí. Yo no tengo ínfulas de mártir.

Cuando Bruce llegó a la furgoneta, los encontró tan callados que se sintió empujado a hablar:

—Humphrey, Ava, la próxima vez será mejor.

Ella bajó la cabeza, escondiendo la mirada húmeda. Humphrey alumbró otro pitillo, para concederse el patético desquite de escupir humo a su acompañante.

Publicado en: Microrrelatos

Rocío de Juan Deja un comentario

Estrellas fugaces


Los primeros días no fueron mal del todo. Mi hermana me trataba bien, me dejaba dormir hasta tarde y luego encargaba a los niños que me llevaran a recorrer la campiña, mientras ella bajaba al pueblo, a la consulta del médico con el que trabajaba. Después, por la noche, se quitaba su camisa y pantalones blancos y, cuando los niños se habían ido a dormir, nos sentábamos en el porche buscando estrellas fugaces. Solía sacarme boles con fruta troceada, despojos de fruta demasiado madura que enmascaraba con yogur casero. Hablábamos un rato, sobre todo yo. Ella se limitaba a escucharme y, a veces, decía que me entendía, pero de eso no estoy segura. ¿Cómo iba a hacerlo? Ella tenía dos hijos.

El caso es que una noche, de golpe, fue ella la que se volvió habladora. Me dijo que algunas veces se sentía sola.

—Echo de menos a alguien que se ocupe de los niños, ¿sabes? Pero de modo distinto a cómo se ocupa una mujer.

Cabeceó con un gesto que me devolvió un recuerdo de ambas, con cinco años, negándonos con tozudez a ponernos los calcetines de perlé, para desesperación de mi madre.

—Creo que voy a alquilar una habitación al maestro nuevo. Le gustará dejar la pensión —añadió.

La miré. El único dormitorio libre era el que estaba ocupando yo ahora. Aquel gesto suyo, la firmeza de su tono, me confirmaron que era inútil convencerla de no meter en casa a un hombre que acababa de conocer.

—Me parece que voy a llamar a Alfredo para que venga a recogerme —dije—. Quizá podríamos volver a considerar lo del niño.

Ella asintió sin palabras y nos quedamos en silencio, sentadas en el porche, buscando otra estrella fugaz a la que confundir con nuestros deseos.

Publicado en: Microrrelatos

Rocío de Juan Deja un comentario

Cactus


Jorge era informático. Elsa, diseñadora de jardines. A él le habían encargado sustituir el puesto de trabajo de Elsa por un programa informático que generaba tres mil propuestas diferentes para cada cliente. Coincidieron apenas quince minutos, mientras Elsa recogía sus cosas. Te olvidas el cactus, dijo Jorge, señalando junto a la pantalla. Ella se encogió de hombros. No tiene hojas, repuso.

Publicado en: Microrrelatos

Rocío de Juan Deja un comentario

Microcosmos


Ella hablaba de libélulas y crisálidas. Yo, de protozoos y otra fauna de los estanques. Nunca leía los e-mails que le escribía, pero me dibujaba mensajes con tizas de colores frente a la puerta de mi casa y yo añadía la respuesta en azul. El día que me declaré le hice llegar un bote con el microcosmos de su pantano preferido. Ella dibujó una mariposa azul en mi acera. Aún sigo interpretando su respuesta.

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Rocío de Juan 2 comentarios

Érase una vez (cuento de hadas moderno)

Érase una vez una princesa, un mago y un dragón que vivían felices hasta que llegaron los tiempos modernos. La monarquía fue abolida y la ex-princesa se lanzó a las pasarelas y después a los barbitúricos. Los dragones se declararon especie protegida y les construyeron un Parque temático repleto de rebaños de ovejas. El mago consiguió tener un programa de TV y sus predicciones aumentaron el número de telespectadores de la cadena, hasta que un día se hartó de hablar de golpes de fortuna: ¿es que la gente todavía creía en los finales felices?

Publicado en: Microrrelatos

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