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Rocío de Juan Deja un comentario

Descanse en paz

Aprendí demasiado pronto que la locura es roja, pero también resbaladiza como una pastilla de jabón. Lo supe antes de que los que me rodeaban comenzasen a mover la cabeza compasivamente, como guiñoles manejados por hilos invisibles, repitiendo un gesto antiguo como el mundo.

La locura es roja y también resbaladiza, como lo fue aquella tarde que Aitana y yo nos alejamos del pueblo, y rodeamos la tapia del cementerio caminando muy despacio. Ella sonreía fingiendo ignorar lo que había al otro lado, pero apretaba mi mano con fuerza.
—Aquí —le dije yo, deteniéndome de repetente—, es justo aquí.
Solté la mano menuda de Aitana, que con un acto reflejo intentó tomármela de nuevo, para encontrar el vacío. Sus ojos oscuros buscaron los míos con una pregunta, pero yo aparté la mirada. No podía hacer lo que me había propuesto si me rendía ante mi hermana pequeña.
—Dime qué ves —le ordené.
Ella miró con desamparo a su alrededor. A un lado, el muro del cementerio; al otro, el campo castellano que se vestía de rastrojo.
—Una tapia, David.
Su voz clara parecía estar hecha de cristales. Por un instante quise taparme los oídos.
—Dime qué oyes —insistí.
Aitana empezó a girar sobre sí misma, con los ojos cerrados. Primero, lentamente; después, a mayor velocidad. Finalmente se cayó pero no le ayudé a levantarse. Sus ojos grandes y oscuros me observaron desde el suelo, con pena.
—No oigo nada, aparte de los pájaros y mi respiración. También oigo mi corazón latiendo.
—¿No oyes a mamá?
Aitana se asustó, pero consiguió ahogar el grito.
—Sólo la oyes tú.
—Ella está aquí, ¿me oyes? —miré alrededor, temblando—. Oigo cómo me llama, cómo nos llama a los dos. Alguien la mató y la enterró fuera del camposanto. Tenemos que desenterrarla.
Me agaché junto a mi hermana y empecé a remover aquella tierra rojiza. Aitana, todavía asustada, de vez en cuando metía una mano y me ayudaba a apartar los terrones removidos.
—¿Qué harás si es cierto? —me preguntó.
—Haré lo que ella me pida.
Una hora después apareció el cráneo. Seguí cavando hasta que encontré el fémur. Mi hermana y yo nos detuvimos un instante, jadeando. Aitana empezó a llorar en silencio.
—¿La oyes ahora? —susurré.
Ella negó con un gesto de su cabeza.
—Mamá… —dije, mientras cogía el fémur y lo acariciaba en mi mano—. Ella estaba tan sola, ¿sabes? Y papá la pegaba continuamente. Aquella tarde que huyó quise ayudarla, de verdad que lo intenté.
Miré a Aitana antes de añadir muy serio:
—Pero no lo hice bien, porque sigue sola.
Y antes de que mi hermana reaccionase, la golpeé con el hueso hasta que estuve seguro de que ya no se movería más. La enterré con mi madre.
La locura es roja y también resbaladiza. Todos creen que me volví especial porque mi madre y mi hermana desaparecieron y nunca más se supo de ellas. Pero la tierra rojiza sabe que camino sobre hielo y barro y que, a veces, cedo al reclamo de las voces.
Pronto lo haré: unirme a ellos, a los muertos. Estoy cansado de escuchar sus súplicas e historias. Persiguiéndome noche y día, a pesar del tiempo que ha pasado. ¡¿Es que no pueden dejarme en paz?!

Publicado en: La posada de los vientos

Rocío de Juan Deja un comentario

Tres modos de escapar de un laberinto (reescrito)

Esta noche te encuentras de nuevo frente a las puertas de un laberinto, con la conocida sensación de peligro hormigueándote bajo la piel. El laberinto-mujer que contemplas se enfunda en un vestido de gasa rosa que proclama inocencia, mientras sus labios rabiosamente encendidos piden guerra. Y te preguntas si sabrás salir indemne en esta ocasión.
Conoces tres modos seguros de escapar de este tipo de laberintos, llegado el caso. La primera técnica es elegir una dirección y mantenerte firme en ella. Las dudas siempre son ganancia para las féminas. La segunda consiste en el ensayo-error. Ahora avanzo, ahora retrocedo, llevando al límite su paciencia. Justo como en los laberintos reales.
La tercera opción, la que ahora te planteas, es la más obvia: si tienes miedo de no saber escapar, mejor no arriesgues.
Dudas. Dos minutos de vacilación y terminas por invitarla a una copa, acallando las razones de tu subconsciente: yo. Luego no me vengas quejándote, pobre ingenuo.

Publicado en: La posada de los vientos

Rocío de Juan Deja un comentario

Tras el biombo

—Por favor, ven —fue el ruego desesperado de Clara al otro lado del teléfono—. Tengo que mostrarte algo.
Quince años de separación oficial no habían conseguido que ésta fuese física. De nada servía que me hubiese casado de nuevo, que tuviese tres hijos pequeños y un trabajo absorbente: Clara siempre me interpelaba como si ella fuese mi principal ocupación. Maldito el día en que la conocí y la hice mi mujer frente a un juez de guardia. Aquel matrimonio de tres días se había revelado como una cadena perpetua.
Llegué al piso de Clara media hora después. Hacía varias semanas que no la veía, y me sorprendieron los círculos oscuros bajo los ojos, su rostro sin maquillar y su cabello pelirrojo recogido con descuido.
—¿Qué sucede? —dije con impaciencia, mirando con descaro el reloj—. Mi hijo mayor juega un partido de baloncesto dentro de una hora y quiero ir a verle.
Por toda respuesta, ella me guió hacia el dormitorio de su compañera de piso. Hacía tiempo que había decidido conseguir una fuente extra de ingresos alquilando una habitación de su amplia casa. Sus ganancias como “Personal Shopper” eran tan impredecibles como el IBEX 35, pero ella no deseaba renunciar a su tren de vida.
—Hace un año que Almudena es mi inquilina —comenzó a explicar, retorciéndose las manos mientras entrábamos en el cuarto.
Yo asentí, conocía a la susodicha por los frecuentes requerimientos de Clara de acudir a su casa. Evoqué la figura menuda de una chica morena de pelo corto siempre con vestidos, y eché un vistazo en derredor, aprobando silenciosamente el orden pulcro de la habitación. Era un dormitorio espacioso, con una cama de 1,20 en el centro, armario empotrado, butaca y, al lado del gran ventanal, un biombo que llevaba estampada en blanco y negro una fotografía de Audrey Hepburn en “Desayuno con diamantes”.
—Aquí no veo nada extraño —dije, frunciendo el ceño—. ¿Te has dedicado a revolver las cosas de tu compañera de piso?
—Me estás juzgando sin terminar de oírme —se defendió Clara, retorciéndose aún más las manos—. Te he llamado porque hace tres días que Almudena no duerme en casa. No me dejó ningún aviso, no contesta las llamadas y, como nunca me ha hablado de su familia, no sé a quién preguntar.
—Denúncialo a la policía, Clara.
—Eso ya lo he hecho, pero es que esta mañana he descubierto algo. Tras el biombo. Es el único mueble de la habitación que no es mío, ella misma lo trajo y lo colocó en esa esquina.
Me acerqué al objeto, lo desplacé y comprobé que sólo ocultaba un trozo de pared desnuda. Me di la vuelta con un interrogante silencioso.
—Mira en el biombo. Por detrás.
Eso hice y contuve un silbido de admiración. Los tres paneles estaban empapelados por una multitud de fotografías en blanco y negro, todas ellas de la misma chica morena y delgada, enfundada en diferentes vestidos de los años 60.
—Es Almudena, ¿no? Parece que está imitando el estilo de Audrey Hepburn.
Clara me miró, preocupada.
—¿Y si es una psicópata? ¿No crees que corro peligro?
Por primera vez desde la llamada de Clara, me sentí aliviado y hasta me permití carcajear.
—Me voy, querida, que llego tarde al partido de mi hijo.
Ella me siguió por el pasillo hasta la puerta de entrada, lanzándome improperios.
—¡Cómo se te ocurre dejarme así! ¡Quizás estoy en peligro de muerte!
Me detuve en el rellano y enfrenté sus ojos, con gesto serio.
—La que ha debido considerarse en peligro es Almudena. Su casera, es decir, tú, es una persona obsesionada con su ex-marido, y su única dedicación es aconsejar a otras mujeres cómo gastarse su dinero en “trapitos”. No me extrañaría que, a estas horas, se estuviese buscando una nueva habitación.
Dejándola sin palabras, me fui. Dos días después, Clara me llamó de nuevo:
—Almudena ha venido por sus cosas y se ha ido.
Hubo un largo silencio que acabó rompiendo ella:
—¿Puedo acercarme a tu oficina a que me invites a un café?
Acepté, por supuesto. Si aquel día de quince años atrás tuve el arrebato de casarme con Clara es porque jamás he conocido, ni volveré a conocer, una mujer tan insufrible y adorable como ella.

Publicado en: La posada de los vientos

Rocío de Juan 1 comentario

Mi amiga Gabriela

Gabriela y yo somos amigas desde siempre, pero estamos más unidas desde que empezamos a compartir uno de esos agujeros de colmena de la metrópoli y la costumbre de ejecutar sesiones de “escritura rápida” para huir del hastío de la caja tonta.
—Tú pones tema —ordena Gabriela, que tiene la mirada de los seres acuáticos y un total poder de hipnosis sobre mí.
—Vale —lo pienso un minuto, repasando con la mirada los apetecibles libros que me tientan como un bodegón hiperrealista desde sus estanterías—. Hablemos del fin del mundo.
—Perfecto.
Escribiendo hemos descubierto que podemos detener el tiempo, silenciar los latidos y viajar. Pero yo siempre voy un paso por detrás de Gabriela. Ella es más rápida, más aguda, más innovadora. Sus letras al rojo vivo agujerean el papel y el sudor que le resbala por el cuello, con reflujo de leche agria, lejos de incomodarme, me hace abrir los ollares como al pura sangre que olisquea expectante la certeza del galope.
“Debe ser porque Gabriela duerme en un bosque de hadas”, me digo. Aunque nunca hemos pisado la habitación de la otra, hace tiempo llamé a su puerta y al abrirme contemplé a su espalda un vergel que oscurecía las paredes, se enredaba en la ventana y alfombraba el suelo, llamando a descalzar los pies. Turbada, me di media vuelta y desde entonces la llamo a gritos desde el salón.
Pero hace un mes que Gabriela se ha encerrado en su cuarto. Cuando, preocupada, me decidí a golpear a su puerta, únicamente dijo:
—¿En qué estación estamos?
—En primavera.
—Entonces avísame cuando llegue el verano. La primavera es tan aburrida y… romántica —habló burlonamente, como si ambos adjetivos fueran igual de insufribles.
Lógicamente, no le hice caso. Y la llamé al día siguiente, y al otro, y al de más allá. Le dejaba bandejas de comida que no tocaba. Casi nunca me respondía, pero la oía tararear allá dentro, y me la imaginaba trenzando lianas, edificando una estación de tren en miniatura, con vías como hileras de hormigas disciplinadas, o atusando el pelo de algún hada con los dedos engarfiados, como hacía mi abuela conmigo.
Hoy, sin embargo, me ha contestado.
—¿Quién eres? —ha susurrado con la voz temblorosa.
—Rocío, tu amiga, ¿quién va a ser?
—No te conozco.

Y al otro lado se ha extinguido todo rastro de su presencia. Lo sé, porque llevo todo el día acercando la oreja a la puerta y ni siquiera he cogido un maldito pañuelo de papel para secarme las lágrimas.

Publicado en: La posada de los vientos

Rocío de Juan Deja un comentario

Tres modos de escapar de un laberinto

Te encuentras a las puertas. Quizá hubiese ayudado tener una inscripción en runas antiguas, algún mensaje cifrado que te advirtiera de que estabas frente a un laberinto. Pero no la hay y no hacía falta. El sentimiento de peligro que lleva hormigueándote desde hace diez minutos ha disparado ya la alarma.

Aún así, no puedes evitar relamerte pensando en la situación. Desafiar un laberinto es incursionar en la psique humana, una experiencia reveladora. Lo complejo revestido de sencillez, un misterio que se viste de diseño, la intuición aliándose con la experiencia sensorial. ¿Destino? ¿Libre albedrío? No lo sabes, tampoco te importa.

Te sientes confiado porque conoces dos modos seguros de escapar de un laberinto, llegado el caso. Sean de una sola salida, o con ramificaciones entrelazadas, se trata de elegir una dirección y, con mucha paciencia, mantenerse firme en ella todo el camino. Pero otras veces, lo divertido será el ensayo-error. Ahora avanzo, ahora retrocedo.

Sin embargo, mientras observas este nuevo laberinto enfundado en un vestido de gasa rosa, que proclama inocencia mientras sus labios rabiosamente encendidos piden guerra, te preguntas si sabrás salir indemne en esta ocasión. Quizá ha llegado el momento de acogerte a la tercera posibilidad: si tienes miedo de no saber escapar, mejor no arriesgues.

Dudas. Dos minutos de vacilación y terminas por invitarla a una copa, acallando las razones de tu subconsciente: yo. Luego no me vengas quejándote, pobre ingenuo.

Publicado en: La posada de los vientos

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