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Rocío de Juan Deja un comentario

Anochece

Anochece en la ciudad de las termitas.

Grietas de luz en la oscuridad del cielo y
luciérnagas de neón en los edificios;
todas insuficientes para espantar mis miedos.
¿Me esperarás hoy debajo de la cama, oculto en el armario
o embozado en el más feliz de los sueños?
Otra noche de insomnio.
Quiero dormir.
Ahora.
Por
fa
vor.

Publicado en: Poesías

Rocío de Juan Deja un comentario

Piel de cocodrilo

Los árboles del Amazonas se visten con la piel de los cocodrilos, por eso la corteza es pardusca y rugosa. Los indios topaki aseguran que los árboles atrapan a los reptiles con sus raíces, escondidas en el agua, así que nunca se bañan en el río. Esta mañana me enviaron a buscar a la periodista yanqui. Soberbia de formas y de carácter, se burló de las creencias indígenas que relaté y dejó a escondidas el campamento para ver los árboles-cocodrilo. Hace unos minutos la he encontrado. Mientras acaricio la corteza rosácea, lamento que esta vez yo tuviese razón.

Publicado en: Microrrelatos

Rocío de Juan 2 comentarios

Adiós, inocencia, adiós

Mi hermana aún no tiene sombra pero cuando nazca
estaré ahí, esperándola,
para saber si es verdad que yo ensucié mi sombra,
que de bebé era blanca.

Publicado en: Poesías

Rocío de Juan Deja un comentario

A tiempo

Ya lo dijo el cielo preñado
de escurridizas sombras de pájaro en el agua:
“El horizonte está cerca
pero no llegarás a tiempo”.


Nos comportamos como jóvenes ebrios de vida,
con blancas alas de cera;
las cosas nunca resultaron fáciles, a pesar
de las estrellas fugaces.

Me enseñó su último tatuaje en el brazo.
“Lo siento”, quise decirle allí
bajo la lluvia.
Luces de neón

marcaban el destino al final de la carretera
entre mudos esqueletos de árboles.
Cuando él se asustó de la luz blanca
Encendimos velas en la habitación del motel.

Se rascó con un dedo el corazón tatuado.
¿Premonición? ¿Y qué
hacemos conmigo? También me quema.
Se acostó de espaldas. Suspiró al aire:

“No hubiera visto el sol sin estas alas, míralas, están rotas
y dentro de poco sólo serán cera para velas de
moteles oscuros. Pero hay algo que debes saber antes
de que me alcance el horizonte a destiempo, vida mía:

Volvería a hacerlo”.

Publicado en: Poesías

Rocío de Juan Deja un comentario

Un hombre de empresa

El ejecutivo contempló con una mueca la imagen de la antesala de su despacho que le ofrecía el monitor de vídeo instalado en su mesa. En el canapé destinado a las visitas había tres hombres sentados que no parecían especialmente contentos. Dos de ellos semejaban ex-campeones de halterofilia y el tercero, un tipo bajito y musculoso, habría podido dar que hablar en los cien metros lisos.
Se retrepó en el sillón de su despacho y volvió a mirar la hora. Su secretaria había dicho a los visitantes que él estaba reunido, pero ellos habían insistido en aguardarle. Así que llevaban esperando media mañana y parte de la tarde, sentados incómodamente en el canapé.
Cuando el ejecutivo sintió el rugir de su estómago se lo apretó con fuerza, temeroso de que se oyese en el exterior. Afortunadamente, el despacho estaba insonorizado y el sillón era cómodo. Lo que lamentaba era no tener un aseo personal. Menos mal que existían las plantas decorativas.
En total llevaba cuatro horas de encierro; dentro de una más la secretaria tendría que irse, dejándole a merced de aquellos gorilas enviados por un acreedor. “Sé un hombre”, se dijo, “plántales cara y diles que no hay dinero en estos momentos”.
Dudó al recordar las palabras, mil veces memorizadas, del prestamista que le había concedido el crédito millonario para reflotar la empresa. “Si no me devuelves el dinero en plazo, olvídate de tus hijos”. “Pero si no tengo”, le había dicho. “Por eso mismo”, fue su respuesta.
Abrió la ventana para ventilar el despacho viciado por el encierro. El ensordecedor ruido del tráfico pareció darle la bienvenida, recordándole que había otros desgraciados afanados en sus negocios y confiados en que llegaría un día más para ellos.
—Se acabó —dijo en voz alta.
Nunca había padecido vértigo y cuando se encontró completamente de pie en la cornisa exterior, sujetado por una sola mano a la ventana, sintió una extraña fascinación. “No creo ni que me duela. Antes se debe morir uno de una parada cardíaca”.
Su vacilación duró sólo unos minutos. Volvió a entrar en el despacho por la ventana y se dirigió con paso decidido a la puerta, que abrió con energía. Para su sorpresa, se vio solo. La secretaria se había ido y el canapé estaba vacío.
—¿Significa esto que he pasado la prueba? —dijo estúpidamente, mirando en derredor, intentando localizar el micrófono oculto.
—Le llamaremos en los próximos días para comunicarle nuestra decisión —respondió una voz femenina impersonal desde algún lugar del techo.
Al otro lado del micrófono, la dueña de la voz detuvo la grabación de la cinta, extrajo el CD del ordenador y escribió la leyenda “Candidato nº 6” y la fecha. Suspiró audiblemente: había sido agotador monitorizar a aquel tipo. Por fortuna se habían terminado las entrevistas previstas esa semana.
Oyó que alguien entraba en la sala de grabaciones. Era el Director General de la empresa, quien personalmente había contratado los servicios de su gabinete para seleccionar un directivo.
—Acabo de regresar de mi viaje, pero estaba impaciente por comprobar este “novedoso” sistema de selección. ¿Cómo han ido las pruebas?
La chica alargó su mano de finos dedos hacia un dossier que reposaba a su derecha. Recitó con voz parsimoniosa:
—Tal y como se acordó, a los candidatos se les ha dado las oportunas instrucciones para asumir el papel de un ejecutivo al que reclaman una deuda por la fuerza bruta. Se les ha provisto de informes financieros, ordenador con conexión a Internet, teléfono y secretaria. Se les ha advertido de las consecuencias negativas de avisar a la policía, al ejército o a la prensa. Se les ha avisado de que enfrentarse directamente a los matones implicaría una paliza física real (aunque se respetarían los órganos vitales) y que tirarse por la ventana también era una opción contemplada, por lo que se había instalado una red protectora para recogerles de la caída. Se les ha pedido sinceridad de carácter y que actúen según lo que realmente harían si la situación fuese absolutamente real.
—¿Y cuál ha sido el resultado?
—De los seis candidatos, tres optaron por la paliza, dos se tiraron por la ventana y el de hoy se ha encerrado durante todo el día hasta que nos hemos cansado de esperar —le informó la mujer, con tono de desencanto.
El Director General movió la cabeza con pesadumbre.
—Siga intentándolo —la animó—. Algún hombre de empresa quedará que todavía entienda el término “negociación”.

Publicado en: La posada de los vientos

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