
Los nuevos árboles aparecieron ayer. Eran tan altos que no alcanzábamos a vislumbrar su fin y, al mismo tiempo, esbeltos, de ramas cimbreantes que nos tentaban con sus hojas verde jade. Sabíamos lo que ocurriría si los mordíamos, por eso le dijimos al Payaso que no se acercase. Nos ignoró. Hoy ha aparecido panza arriba y pronto lo sacarán del acuario.
Margaritas sobre el asfalto
Ayer por la mañana, el autobús escolar atropelló a Nina Olsen. Era la parada de la calle Viveros de Madrid y solo estábamos mi hermano pequeño Chencho y yo. No me dio tiempo a taparle los ojos, pero tampoco es que lo intentase demasiado: quería acercarme para ver a Nina, compañera de clase y vecina de bloque, y soltaba y agarraba la mano de Chencho a impulsos de la curiosidad y la duda. Finalmente tironeé de él y nos asomamos al corrillo que se había formado.
—El chófer conducía a más velocidad de la permitida —decía una señora en aquel momento.
—Seguro que iba distraído. A la niña se la veía perfectamente —sentenció otra.
—¡Que alguien se lleve a estos niños de aquí! —dijo un tercero, al vernos. Retrocedimos y regresamos a la parada. Desde allí se veía el espectáculo del autobús detenido y una veintena de caras menudas en su interior, aplastadas contra el cristal, intentando atisbar algo. Algunos nos miraron con envidia.La ambulancia llegó poco después y se llevó el cuerpo de Nina Olsen. Sólo se veía su rubio cabello, tan danés, asomando por debajo del plástico con el que la cubrieron. Mandaron a otro conductor de autobús y aquel día llegamos a clase una hora más tarde.
Todos nos preguntaron a Chencho y a mí sobre lo ocurrido. Y tal y como nos habíamos jurado, mantuvimos esta versión de los hechos: Nina Olsen había cruzado justo cuando el autobús llegaba; nadie podría haber frenado a tiempo.
Lo que omitimos contar fue que estaba jugando a saltar al carril del autobús y regresar a la acera, en tiempo de segundos, para probar que los daneses tienen más reflejos que los españoles. Al fin y al cabo, nadie la había obligado a aceptar nuestra apuesta.
Pingüinos en La Habana
Vivo en Indonesia y así me presento en el chat. Lo cierto es que vivo en una ciudad española donde el alcalde tuvo la ocurrencia de nombrar a un barrio de reciente construcción como Indonesia, y a sus calles con los nombres de las islas. Dicen que hay 17.508 islas en Indonesia, pero no creo que nuestro barrio crezca tanto.
Otra cosa que tampoco digo en los chats es mi edad. Probablemente cliqué “Acepto” en algún tipo de “mandamientos del lugar” donde juraba decir la verdad y sacar a pasear a mi abuela los domingos, pero he decidido que les hago un favor a los moderadores cuando les oculto mis once años y digo que tengo treinta.
Mi nombre virtual es “Pingüino”. Nada que ver con Indonesia ni con los encuentros de moteros en Puente Duero, pero sí con la frase que mi padre pronunció hace tres meses y que me impulsó a entrar en el mundo virtual para comprenderla. Por supuesto, todo comenzó por mi causa y coincidiendo con el inicio de curso.
—Va a ir a una escuela especial y es mi última palabra —dijo mi madre, iniciando la discusión.
—Me niego a que vaya a un colegio de “raros” —sentenció mi padre.
Al día siguiente, él mismo me llevó hasta el despacho de la directora de la Escuela de Altas Capacidades. Ésta era una mujer tan perfecta como la decoración del despacho —blanco y negro como un tablero de damas— pero al menos con los labios pintados de rojo.
Mi padre abrió mucho los ojos cuando la vio, tartamudeó (jamás había notado ese defecto en él) y le dio una patada en la espinilla (sin querer) cuando se aproximó a saludarla. Tuve que concluir que la libido de mi padre estaba siendo asaltada por las feromonas de la directora.
—¡Papá! —dije casi aullando—. Necesito ir a un baño cuanto antes, y que me acompañes.
Que Papá Noel me perdone, pensé. Mi padre y la diosa encarnada en directora volvieron los ojos hacia mí con igual espanto, pero arrastré a mi progenitor fuera del despacho sin miramientos.
—¿Se puede saber qué te pasa, Jorge? —mi padre me seguía a zancadas.
Una vez en el baño de caballeros, cerré y me apoyé jadeante en la puerta.
—Estabas babeando —le dije, acusador.
—No necesito que mi hijo de diez años me llame la atención.
—Once.
—Me da igual. ¡Joder! Si ni siquiera los aparentas.
No respondí.
—Mira, hijo, tu madurez afectiva no está acorde con tu madurez intelectiva…
—Hablas como el manual que tienes en la mesita de noche.
Avancé hacia la primera cabina que encontré abierta y me encerré en ella. Luego me senté en la taza del wáter (con la tapa cerrada). Presentía que la pelea iba para largo.
—¿Qué haces?
—Estoy miccionando.
—Jorge, no me toques los co…
—A mamá no le gusta que digas tacos.
—¡¡Joder!!
Oí cómo apoyaba su espalda en la puerta de la cabina, haciendo temblar la estructura. Resopló.
—Lo superarás —le dije.
—¿El qué?
—Tener un hijo como yo. Dentro de diez años te reirás de estos momentos.
Aunque no podía verle, me pareció que la espalda se relajaba contra la puerta y me imaginé a mi padre sonriendo.
—Hay cosas que nunca terminas de saber manejar, hijo.
Era lo más parecido a un diálogo entre adultos que habíamos tenido mi padre y yo, y no desaproveché la ocasión.
—¿Por qué nos atraen tanto las mujeres, papá?
Ahora sí tuve la certeza de que estaba sonriendo.
—Porque nos hacen sentir como pingüinos en La Habana —fue su sorprendente respuesta—. Torpes y fuera de lugar. Pero también especiales. Únicos.
—Y ellas, ¿qué ganan con nosotros?
—Una entrada gratis para el zoo. ¿Tú qué crees?
Nos reímos como idiotas, pero fui incapaz de reconocer que, por primera vez en mucho tiempo, había algo que no entendía.
Por eso entro en el chat diciendo que tengo treinta años, que vivo en un barrio de Indonesia y que me interesa conocer a las mujeres. Creo que son el misterio que jamás podrá desvelarme ninguna Escuela de Altas Capacidades. A mi padre le interesa más vivirlo que entenderlo y a eso lo llamo yo sabiduría.
Cuatro bibliotecas

Cuando terminó de roer todas las cubiertas de color rojo y verde, el ratón daltónico volvió a sentirse un ratón de biblioteca como los demás.
* *
El astronauta se aficcionó a Tolstoi en la biblio-cápsula antigravedad; Anna Karenina era el que le mantenía más cerca del suelo.
* *
La mayor atracción de la biblioteca del aquapark era pescar los libros. Lo segundo, a la sirena bibliotecaria.
* *
Dedicó toda su vida a diseñar la biblioteca que albergaría todos los ejemplares del mundo: la microSD Alejandria, con capacidad para trillones de e-books.
Mudanzas
En la última ocasión habían cometido un fallo y el hombre bien afeitado que conducía reconvino a la pareja en cuanto estacionaron en el área de servicio. Viajaban en una furgoneta con el rótulo: “Mudanzas Grupo Gargallo”.
—Otro error y se nos acabará el negocio, ¿entendido?
Se había liado un pitillo y dirigía las caladas hacia el corpulento copiloto, mientras observaba por el retrovisor a la mujer sentada atrás.
—Lo hemos entendido, ¿verdad, Bruce? —respondió ella—. Capito, Humphrey.
—Muy bien. Bruce, compra unos bocadillos.
El gigantón salió de la furgoneta y se alejó con pasos de elefante hacia la cafetería. El conductor habló a la mujer a través del espejo retrovisor.
—Ava, tenemos que dejarle.
Ella no era joven, pero la madurez había retenido parte de su belleza.
—Es mi marido, Héctor. Y tú sabes por qué no puedo abandonarle.
—Te he dicho mil veces que me llames Humphrey.
Ella no pareció impresionarse por su enfado.
—Me parecen ridículos los apodos que inventaste. Son más falsos que nuestro trabajo.
Él sonrió, por primera vez desde que habían aparcado.
—El tuyo me gusta: Ava. Me recuerda a la primera mujer, hecha de barro con aliento divino. Heredó el Paraíso pero se condenó a sufrir.
Hizo una pausa y añadió:
—¿Piensas seguir sufriendo el resto de tu vida?
—No voy a abandonarle… Humphrey —dijo ella, recalcando con ironía el alias—. Sácanos del negocio si quieres. Búscate a otra falsificadora y a otro fortachón.
—Quizá lo haga, sí. Yo no tengo ínfulas de mártir.
Cuando Bruce llegó a la furgoneta, los encontró tan callados que se sintió empujado a hablar:
—Humphrey, Ava, la próxima vez será mejor.
Ella bajó la cabeza, escondiendo la mirada húmeda. Humphrey alumbró otro pitillo, para concederse el patético desquite de escupir humo a su acompañante.

