
Nunca conocí a mi padre. Era una mención susurrada, un murmullo entre vecinos, miradas fugaces preñadas de lástima. Estoy acostumbrada a que los demás me observen, y a enfrentar sus ojos con valentía, porque sé la verdad. Seguimos en todos los lugares de los que nos hemos ido.
Nunca conocí a mi padre, no recuerdo haberle llamado papá ni que me cogiese en brazos. Pero él está aquí, conozco su silueta de predador y sé que mereció su final. No tendría sentido, si no, que mi madre limpie cada día, con infinito cuidado, el busto del ciervo.




