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10/04/2010 by Rocío de Juan Deja un comentario

Cuento y revelación, Ana María Shua

[…] que una anécdota sea capaz de transmutarse en cuento no depende de los hechos en sí, no depende de lo insólito o atractivo o misterioso de los sucesos, sino del golpe en el plexo solar que esos sucesos provoquen en el presunto autor. La más asombrosa de las anécdotas no es un cuento porque le falta el elemento que distingue a la literatura del resto de los discursos: la revelación.

[…] En un cuento largo, breve o brevísimo, algo queda expuesto, revelado (pero nunca desvelado), algo que no es posible expresar de otro modo, porque si lo fuera escribiríamos un ensayo y no una ficción. Es el absurdo del universo, la inconsistencia de la vida, el olor de la muerte que nos define como humanos. O cualquier otro misterio que el cuento jamás nos va a aclarar, porque la revelación que contiene es la puesta en evidencia del misterio, y no su resolución.

El arquero inmóvil. Nuevas poéticas sobre el cuento.
Recopilación de Eduardo Becerra.
Texto de Ana María Shua

Publicado en: CONSEJOS DE ALQUIMIA

24/02/2010 by Rocío de Juan 1 comentario

The only 12 1/2 writing rules

via Lecturalia Blog by Raquel Vallés on 2/23/10

Publicado en: CONSEJOS DE ALQUIMIA

18/12/2009 by Rocío de Juan 8 comentarios

Se busca estilo

Resumo a continuación los cuatro estilos en los que se suele caer al principio de nuestros esfuerzos literarios, y que conviene detectar para evitarlos como forma habitual de narrar.

Estilo formal

A este estilo también le podríamos denominar estilo frío, o estilo distante, o estilo impersonal. El autor no muestra su estado de ánimo, ni intenta empatizar con el lector, ni tampoco intenta reprochar nada. Escribe de una manera fría, sin emoción, únicamente para informar. Para hacernos una idea, este estilo lo podemos encontrar en las cartas que nos envían organismos o instituciones como puede ser una universidad, un ministerio, una empresa, etc.

En una narración, sería posible usar este estilo, pero no resultaría lo más adecuado. Si escribimos así, nuestra novela resultará totalmente falta de emoción. Cuando hablo de emoción no me refiero a tensión, a interés por los hechos que se puedan contar, sino a emotividad por parte del narrador. Aunque el texto esté bien escrito, y las frases bien redactadas, el tono no será el adecuado. La novela quedará como un informe técnico, distante del lector.

El estilo formal puede ser empleado ocasionalmente como recurso dentro de un texto narrativo, pero, en general, no es adecuado para narrar. Es conveniente escribir nuestras novelas manifestando una cierta temperatura emocional.

Estilo enfático

Este estilo es en cierta manera opuesto al formal y se caracteriza por el uso de un tono exagerado.

La manera más fácil de captarlo es mediante un ejemplo. Imaginemos que estamos escribiendo una novela de intriga y que en algún momento de la acción el protagonista escucha un grito. Si tenemos cierta experiencia como escritores, se lo contaremos a nuestros lectores mediante una frase como ésta:

“Entonces oyó un grito.”

A un escritor principiante, en cambio, este grito se le puede quedar corto, le puede parecer poca cosa, y entonces querrá enfatizarlo para impresionar al lector. Es posible que acabe escribiendo algo así:

“En ese instante, un alarido estremecedor le desgarró los tímpanos.”

Si nos fijamos, la primera frase describe un suceso de manera sencilla pero correcta, mientras que en la segunda la descripción resulta exagerada. En esta segunda frase, el hecho de escuchar el grito está forzado, está enfatizado hasta un extremo cómico (sin que el autor haya tenido esa intención).

Al escribir de un modo enfático, el narrador eleva su “voz”, pero no por ello está escribiendo de una manera más eficaz. Al contrario, el énfasis, sobre todo si es continuado, puede llegar a saturar al lector.

La intensidad de un texto hemos de conseguirla a través de los propios hechos narrados, de los sucesos que componen nuestra historia, y no a través de las palabras o expresiones que podamos incluir en cada frase.

Estilo poético

El estilo poético, o retórico, es, por explicarlo de una manera rápida, el que utiliza aquel escritor que tiende a escribir “deambular por la urbe” en lugar de “pasear por la ciudad”.

El estilo retórico es muy habitual en escritores principiantes. Su uso no indica que el escritor sea malo. Todo lo contrario: ya que requiere un cierto dominio del lenguaje (al escribir usando este estilo se suele hacer uso de un vocabulario extenso, de recursos estilísticos como metáforas o comparaciones, de adjetivos precisos, etcétera).

Estilo asertivo

Examinemos ahora un último estilo errado y bastante frecuente también en el trabajo de escritores principiantes. Se denomina “estilo asertivo”. El adjetivo deriva del verbo “aseverar”, que significa más o menos “asegurar“. Se trata de un estilo que se basa casi exclusivamente en la sucesión de frases afirmativas “peladas”.

El estilo asertivo no contribuye a la naturalidad de un texto narrativo, ya que generalmente las personas, cuando narramos una historia (de viva voz), y en general cuando hablamos, no solemos usar únicamente afirmaciones “peladas“, sino que acostumbramos a matizar lo que decimos.

Este es un estilo que puede costar de apreciar. Pongamos un ejemplo. Es muy probable que el director de una gran compañía comercial se exprese en estilo asertivo en una reunión con sus socios, más o menos de esta manera:

Los beneficios netos de la empresa han aumentado un 8,2 por ciento en relación con el año anterior, y el índice de incremento interanual previsto para el mes de junio se sitúa en un 9,7.

No obstante, si el director desea cambiar de trabajo y dedicarse a la literatura (es una hipótesis que nos va bien para ejemplificar), entonces hará bien en matizar o dudar de sus afirmaciones, e introducir apreciaciones personales:

Los beneficios netos de nuestra empresa cabría decir que han aumentado alrededor de un 8 por ciento en relación con el año anterior; y el índice de incremento interanual previsto para el mes de junio, si las cosas no se tuercen a última hora, podría situarse un poco por encima del 9 por ciento. Y digo podría, porque estas previsiones yo no me atrevo a hacerlas así como así.

Con esta versión, el directivo o la directiva habrá utilizado un estilo más cercano a la forma en la que se debe narrar una historia. Y desde luego, sus socios la charla les resultará más amena.

¿Es posible contar una historia sin afirmar a cada poco que el protagonista es de esta forma o de esta otra, y que hace o deja e hacer esto o aquello? En principio todo indica que no. Contar es enunciar una serie de hechos o acciones, y la afirmación es el modo más normal de enunciar algo. El problema aparece al usar una escritura exclusivamente afirmativa, sin matices.

Observemos un fragmento de un relato de J. D. Salinger, “El periodo azul de Saumier-Smith”:

Mi padre y mi madre se divorciaron durante el invierno de 1928, cuando yo tenía ocho años, y mi madre se casó con Bobby a fines de esa primavera. Un año más tarde, en el desastre de Wall Street, Bobby perdió todo lo que tenían él y mamá, excepto, al parecer, una varita mágica. Prácticamente de la noche a la mañana, Bobby se transformó de ex agente de bolsa y vividor incapacitado en un tasador vivaz, si bien algo falto de conocimientos, de una sociedad norteamericana de galerías y museos de arte independiente. Unas semanas más tarde, a principios de 1930, nuestro terceto un poco heterogéneo se trasladó de Nueva York a París, más conveniente para el nuevo trabajo de Bobby. Yo tenía a los diez años un carácter frío, por no decir glacial, y tomé la gran mudanza, por lo que recuerdo, sin ninguna clase de traumas. La mudanza de vuelta a Nueva York, nueve años después, a los tres meses de la muerte de mi madre, fue lo que me alteró, y de un modo terrible.

Si nos fijamos bien, el narrador va matizando sus afirmaciones. Decir que un personaje se transforma de la noche a la mañana supondría una aserción rotunda. En cambio, decir que se transforma prácticamente de la noche a la mañana resulta de alguna manera mucho más verosímil. Porque indica, sobre todo, que esa voz que se dirige a nosotros en el texto es muy consciente del hecho mismo de estar hablando; que de algún modo va calculando lo que dice; que el personaje se mantiene en una cierta relación con su propia narración.

Podríamos incluso decir que el propio narrador no subscribe al cien por cien algunas de sus afirmaciones; que a la vez que cuenta su historia, dialoga con ella y consigo mismo, y que por eso no se atreve del todo a afirmar. Cada afirmación va matizada por una partícula que le quita algo de certeza (en el texto del ejemplo, estas partículas son “al parecer“, “algo” y “un poco“, entre otras).

Estos elementos se llaman “modalizadores“, y su función dentro de un texto escrito consiste justamente en restar peso a los enunciados. “Tal vez”, “casi”, “quizás”, “algunas veces”, “en cierto modo”, “algo”, “un poco”, “en parte”, “podría ser”, “hasta donde yo sé…” son otros modalizadores usados frecuentemente.

Pero observemos también que además de los modalizadores hay algo que elimina del texto de Salinger el estilo asertivo. Dentro del párrafo, casi todas las afirmaciones quedan en seguida compensadas por la duda o las reservas, puestas un poco en entredicho.

Según afirma el personaje narrador, Bobby perdió todo lo que tenían él y su madre… excepto, al parecer, una varita mágica. Igualmente, Bobby se transformó después en un tasador vivaz… si bien algo falto de conocimientos. Los tres formaban un tercero heterogéneo… aunque no del todo. Y es verdad que su carácter frío le permitió al protagonista afrontar la mudanza sin traumas de ningún tipo… pero sólo hasta donde él recuerda.

Si nos fijamos bien, casi todas las afirmaciones en el texto de ejemplo tienen de inmediato un contrapunto. Sin él, es muy probable que el texto se percibiera como una pura exposición de hechos. Y en cambio la narración de Salinger es fresca, en la medida en que el propio personaje dice algo y pronto se desdice.

No es sólo ya que el narrador sea consciente de estar contando su historia y así lo marque en el relato de los hechos (“al parecer”, “por no decir”, “por lo que recuerdo…”); es que la propia narración es algo “vivo”. Es decir: en la misma medida en que el personaje narrador dialoga consigo mismo (dice y se desdice, afirma y matiza sus afirmaciones), en la misma medida la propia narración estará proponiendo un diálogo interesante a sus lectores.

Si, por el contrario, el narrador no dialoga con su historia, si se limita a afirmar una y otra vez que ocurrió esto, y luego aquello, y luego aquello otro, es muy posible que nuestra novela no dure más de dos páginas en manos de un lector medianamente exigente.

Basado en “La práctica del relato”
Ángel Zapata.

Publicado en: CONSEJOS DE ALQUIMIA

30/10/2009 by Rocío de Juan 2 comentarios

Chéjov el Grande

*Uno no termina con la nariz rota por escribir mal; al contrario, escribimos porque nos hemos roto la nariz y no tenemos ningún lugar al que ir.

*Cuando escribo no tengo la impresión de que mis historias sean tristes. En cualquier caso, cuando trabajo estoy siempre de buen humor. Cuanto más alegre es mi vida, más sombríos son los relatos que escribo.

*Dios mío, no permitas que juzgue o hable de lo que no conozco y no comprendo.

*No pulir, no limar demasiado. Hay que ser desmañado y audaz. La brevedad es hermana del talento.

*Lo he visto todo. No obstante, ahora no se trata de lo que he visto sino de cómo lo he visto.

*Es extraño: ahora tengo la manía de la brevedad: nada de lo que leo, mío o ajeno, me parece lo bastante breve.

*Me parece que no corresponde a los literatos resolver problemas como el de Dios, el pesimismo, etc. La tarea del narrador consiste únicamente en retratar a quienes han hablado sobre Dios o sobre el pesimismo, así como el modo y circunstancias en que lo han hecho.

*El artista observa, elige, intuye, asocia; ya de por sí esos actos presuponen, en principio, un problema. Si desde el inicio uno no se plantea un problema, no tiene nada que intuir ni que elegir.

* Para escribir un relato se requieren cinco o seis días, durante los cuales uno no debe pensar en otra cosa; en caso contrario, las frases no adquirirán nunca la forma adecuada. Antes de ponerla en papel, cada frase debe permanecer en la cabeza un par de días, para adquirir cuerpo.

*Cuando escribo, confío plenamente en que el lector añadirá por su cuenta los elementos subjetivos que le faltan al relato.

*Es más fácil escribir de Sócrates que de una señorita o de una cocinera.

*Guarde el relato en un baúl un año entero y, después de ese tiempo, vuelva a leerlo. Entonces lo verá todo más claro. Escriba una novela. Escríbala durante un año entero. Después acórtela medio año y después publíquela. Un escritor, más que escribir, debe bordar sobre el papel; que el trabajo sea minucioso, elaborado.

*Te aconsejo:

1) ninguna monserga de carácter político, social, económico;
2) objetividad absoluta;
3) veracidad en la pintura de los personajes y de las cosas;
4) máxima concisión;
5) audacia y originalidad: rechaza todo lo convencional;
6) espontaneidad.

*Es difícil unir las ganas de vivir con las de escribir. No dejes correr tu pluma cuando tu cabeza está cansada.

*Nunca se debe mentir. El arte tiene esta grandeza particular: no tolera la mentira. Se puede mentir en el amor, en la política, en la medicina, se puede engañar a la gente e incluso a Dios, pero en el arte no se puede mentir.

*Nada es más fácil que describir autoridades antipáticas. Al lector le gusta, pero sólo al más insoportable, al más mediocre de los lectores. Dios te guarde de los lugares comunes. Lo mejor de todo es no describir el estado de ánimo de los personajes. Hay que tratar de que se desprenda de sus propias acciones. No publiques hasta estar seguro de que tus personajes están vivos y de que no pecas contra la realidad.

*Escribir para los críticos tiene tanto sentido como darle a oler flores a una persona resfriada.

*No seamos charlatanes y digamos con franqueza que en este mundo no se entiende nada. Sólo los charlatanes y los imbéciles creen comprenderlo todo.

Sin trama y sin final. 99 consejos para escritores.

Antón P. Chéjov

Publicado en: ALQUIMISTAS, CONSEJOS DE ALQUIMIA

20/10/2009 by Rocío de Juan Deja un comentario

Quemar etapas, Isidre Grau

Escribir es una fantasía que prácticamente todo el mundo ha acariciado en un momento u otro de su vida. Sólo que, en la mayoría de los casos, ha quedado en eso, en una fantasía de paso. Tal vez es una suerte, porque no se trata de una empresa inmediata ni de resultados garantizados. En la práctica, pasar de la escritura ocasional a convertirla en una pauta de vida es el fruto de profundas motivaciones, a menudo determinadas por el azar o por coyunturas favorables. Para salir bien parado, eso sí, como mínimo se debe contar con una buen predisposición por el lenguaje creativo, una relación inteligente con el mundo, un mapa de conocimientos y una actitud/aptitud mental que sintonice con los valores genuinos de la literatura.

No se trata de magnificar la literatura, ni de rodearla de un halo de misterio sólo descifrable por los iniciados. Basta con no olvidar la condición artística, y, por tanto, ser conscientes del peaje vital que reclama adquirir sus recursos. Si, además, se tiene en cuenta su carácter absorvente y la escasa compatibilidad con las aspiraciones de un ciudadano estándard, uno haría bien en valorar si se embarca en esta aventura.

Dejando al margen los tratos personales con la palabra escrita, las ganas de escribir suelen atacar la más recóndita intimidad como un licor dulce, voluptuoso, aunque ya se adivinen algunos sabores ásperos o ingredientes de difícil digestión. Hasta que después de una convivencia más o menos larga notamos que la adición es irreversible y que haríamos mejor en rendirnos y aprender a sacar un partido positivo.

Entonces ya no habrá suficiente con ser un virtuoso de las crónicas de vacaciones, de las que entusiasmaban a los amigos, ni de escribir textos para los compañeros de despacho; los diarios privados también se nos quedarán cortos, aunque sean una terapia contra el desamor o entretenimientos para las tardes de domingo. Y es que, quizás, poco a poco, la lectura de buenas páginas de la literatura universal nos habrá hecho comprender que comunicarnos con palabras precisas, imaginativas y adecuadas, es uno de los poderes más fascinantes de la creatividad humana y puede tener unas repercusiones insólitas, que no tienen nada que ver con las limitaciones de la comunicación diaria.

El paso siguiente suele consistir en hacerse con una historia que no sea una autobiografía enmascarada, o, como mínimo, que no lo parezca. Es el momento de llevarla en la cabeza, pasearla por el metro, tomar notas, capturar frases sugerentes o anécdotas jugosas que se relacionen bien. Y si la idea de escribir una novela todavía inspira respeto, puede que sea el momento de asegurarnos munición de refuerzo, como manuales de escritura creativa, reflexiones sobre la literatura moderna, cursos literarios, biografías de escritores de renombre o cualquier otro recurso que ayude a tocar con los pies en el suelo en el terreno literario. Que viene a ser lo mismo que desmitificarlo de las exageraciones que se dicen desde fuera.

De este primer contacto con la tradición, se suele obtener una pérdida de inocencia y una serie de reflexiones personales para clarificar las ideas, escoger el argumento, la combinación de puntos de vista, los saltos temporales, la ambientación de la época, los registros lingüísticos o los recursos de estilo. Hasta que, saturados de teoría, pasamos a elaborar un texto con todas las letras (…)

Si haberlo previsto, la papelera se llena de folios arrugados. (…) Donde antes todo eran ideas claras, materia luminosa, de golpe aparecen agujeros negros, vacíos de información, cartas que no ligan y verdades que no convencen. La crisis se nos presenta como un desierto árido, difícil de atravesar, porque en el horizonte no se divisa ni un miserable oasis. Introducir un cambio de punto de vista no resolvería nada, alterar la estructura no pasaría de ser un experimento aleatorio. (…)

La duda de estar perdiendo o no el tiempo es inevitable. Pero en la capacidad de saber convivir con las adversidades, sin dejarse contaminar los propósitos, radica la prueba de fuego del escritor, la confirmación espartana de su vocación. Porque las superaciones no acostumbran a ser mágicas, sino que llegan por el camino de la perseverancia y la experimentación, en un etern movimiento de tensión y distensión. (…)

La madurez del texto se obtiene poco a poco, tras muchos borradores y una cierta cura de orgullo, compensada con el descubrimiento de nuestras propias caras ocultas. Porque a menudo es necesario dejar de lado ese yo extraño, desnaturalizado, al que habíamos encargado que escribiera por nosotros. Una entelequia inoperante, falseada, que sólo sirve de máscara para no permitir que escriba el yo profundo. (…) Porque quien escribe no puede ser esencialmente distinto de quien protagoniza la vida diaria, sino que más bien han de ser una única persona con capacidad de decidir qué parte del yo compromete en cada historia y qué parte deja para otra ocasión. Entonces es cuando se acaba comprendiendo que, más que una manera de hacer, escribir es una manera de ser.

El éxito todavía no está asegurado. De hecho, nunca lo estará, ni aún después de haber triunfado en proyectos anteriores. Porque puede ocurrir perfectamente que aquello que damos por bueno, con el permiso del juez interior, no convenza a los lectores de confianza, aquellos que hayamos escogido como jueces fiables. “Le falta alma”, suele ser el dictamen más terrible, desmotivador, cuando creemos haber puesto lo mejor de nosotros mismos.

¿Quién ha asesinado el alma? Tal vez haber prestado más atención a las cuestiones de forma que al espíritu de fondo. O quién sabe si es la obediencia ciega en los dogmas aprendidos lo que ha arruinado la singular forma de belleza que requería el tema.

Pero quien ha mordido el anzuelo de la escritura sabrá encontrar la sinceridad necesaria para convenver. Y acabará la novela o el relato. Y cuando se plantee la mejor forma de publicar, descubrirá otro orden de dificultades que no tienen nada que ver con la creación. Pero si ha resuelto su proceso y ha quemada bien las etapas, se sentirá por dentro armado de otra convinción, la de haber ingresado en un mundo duro, fascinante, absorvente, irrenunciable.

Isidre Grau, “La maleta del escritor”
Copyright 2005, Random House Mondadori

Publicado en: CONSEJOS DE ALQUIMIA

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