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Rocío de Juan Deja un comentario

Tres modos de escapar de un laberinto (reescrito)

Esta noche te encuentras de nuevo frente a las puertas de un laberinto, con la conocida sensación de peligro hormigueándote bajo la piel. El laberinto-mujer que contemplas se enfunda en un vestido de gasa rosa que proclama inocencia, mientras sus labios rabiosamente encendidos piden guerra. Y te preguntas si sabrás salir indemne en esta ocasión.
Conoces tres modos seguros de escapar de este tipo de laberintos, llegado el caso. La primera técnica es elegir una dirección y mantenerte firme en ella. Las dudas siempre son ganancia para las féminas. La segunda consiste en el ensayo-error. Ahora avanzo, ahora retrocedo, llevando al límite su paciencia. Justo como en los laberintos reales.
La tercera opción, la que ahora te planteas, es la más obvia: si tienes miedo de no saber escapar, mejor no arriesgues.
Dudas. Dos minutos de vacilación y terminas por invitarla a una copa, acallando las razones de tu subconsciente: yo. Luego no me vengas quejándote, pobre ingenuo.

Publicado en: La posada de los vientos

Rocío de Juan Deja un comentario

Consejos para escribir un buen relato, Juan Carlos Onetti

No busquen ser originales. El ser distinto es inevitable cuando uno no se preocupa de serlo.
No intenten deslumbrar al burgués. Ya no resulta. Éste sólo se asusta cuando le amenazan el bolsillo.
No traten de complicar al lector, ni buscar ni reclamar su ayuda.
No escriban jamás pensando en la crítica, en los amigos o parientes, en la dulce novia o esposa. Ni siquiera en el lector hipotético.
No sacrifiquen la sinceridad literaria a nada. Ni a la política ni al triunfo. Escriban siempre para ese otro, silencioso e implacable, que llevamos dentro y no es posible engañar.
No sigan modas, abjuren del maestro sagrado antes del tercer canto del gallo.
No se limiten a leer los libros ya consagrados. Proust y Joyce fueron despreciados cuando asomaron la nariz, hoy son genios.
No olviden la frase, justamente famosa: dos más dos son cuatro; pero ¿y si fueran cinco?
No desdeñen temas con extraña narrativa, cualquiera sea su origen. Roben si es necesario.
Mientan siempre.
No olviden que Hemingway escribió: «Incluso di lecturas de los trozos ya listos de mi novela, que viene a ser lo más bajo en que un escritor puede caer.»

Fuente: Sinjania

Publicado en: ALQUIMISTAS, CONSEJOS DE ALQUIMIA

Rocío de Juan Deja un comentario

Conflicto narrativo, Guillermo Samperio

Todo cuento incluye un conflicto entre dos fuerzas que se oponen. El cuento tradicional tenía cuatro partes: principio, desarrollo (donde se veía el conflicto), climax y final. En este caso, Chéjov gestó el concepto de suspense que se despliega en la parte del desarrollo; consiste, en general, en que el lector no adivine lo que va venir en cada paso del desarrollo y quede suspendido a lo que el cuentista decida no mostrarle. A este tipo de cuento es al que en la actualidad se le refiere como lineal.El cuento moderno, el inaugurado por Nathaniel Hawthorne y Edgar Allan Poe, comienza ya con el conflicto desarrollado y durante la narración se va descubriendo en qué consiste tal conflicto. En los cuentos de Poe, desde el principio sabemos que hay una historia visible y una historia oculta; el lector espera todo el cuento para conocer la historia oculta, donde está la base del conflicto. Es decir: el lector espera el desenlace a través de una narración tensa, misteriosa.

Guillermo Samperio, “Cómo se escribe un cuento», 2008

Publicado en: ALQUIMISTAS, CONSEJOS DE ALQUIMIA

Rocío de Juan Deja un comentario

Tras el biombo

—Por favor, ven —fue el ruego desesperado de Clara al otro lado del teléfono—. Tengo que mostrarte algo.
Quince años de separación oficial no habían conseguido que ésta fuese física. De nada servía que me hubiese casado de nuevo, que tuviese tres hijos pequeños y un trabajo absorbente: Clara siempre me interpelaba como si ella fuese mi principal ocupación. Maldito el día en que la conocí y la hice mi mujer frente a un juez de guardia. Aquel matrimonio de tres días se había revelado como una cadena perpetua.
Llegué al piso de Clara media hora después. Hacía varias semanas que no la veía, y me sorprendieron los círculos oscuros bajo los ojos, su rostro sin maquillar y su cabello pelirrojo recogido con descuido.
—¿Qué sucede? —dije con impaciencia, mirando con descaro el reloj—. Mi hijo mayor juega un partido de baloncesto dentro de una hora y quiero ir a verle.
Por toda respuesta, ella me guió hacia el dormitorio de su compañera de piso. Hacía tiempo que había decidido conseguir una fuente extra de ingresos alquilando una habitación de su amplia casa. Sus ganancias como “Personal Shopper” eran tan impredecibles como el IBEX 35, pero ella no deseaba renunciar a su tren de vida.
—Hace un año que Almudena es mi inquilina —comenzó a explicar, retorciéndose las manos mientras entrábamos en el cuarto.
Yo asentí, conocía a la susodicha por los frecuentes requerimientos de Clara de acudir a su casa. Evoqué la figura menuda de una chica morena de pelo corto siempre con vestidos, y eché un vistazo en derredor, aprobando silenciosamente el orden pulcro de la habitación. Era un dormitorio espacioso, con una cama de 1,20 en el centro, armario empotrado, butaca y, al lado del gran ventanal, un biombo que llevaba estampada en blanco y negro una fotografía de Audrey Hepburn en “Desayuno con diamantes”.
—Aquí no veo nada extraño —dije, frunciendo el ceño—. ¿Te has dedicado a revolver las cosas de tu compañera de piso?
—Me estás juzgando sin terminar de oírme —se defendió Clara, retorciéndose aún más las manos—. Te he llamado porque hace tres días que Almudena no duerme en casa. No me dejó ningún aviso, no contesta las llamadas y, como nunca me ha hablado de su familia, no sé a quién preguntar.
—Denúncialo a la policía, Clara.
—Eso ya lo he hecho, pero es que esta mañana he descubierto algo. Tras el biombo. Es el único mueble de la habitación que no es mío, ella misma lo trajo y lo colocó en esa esquina.
Me acerqué al objeto, lo desplacé y comprobé que sólo ocultaba un trozo de pared desnuda. Me di la vuelta con un interrogante silencioso.
—Mira en el biombo. Por detrás.
Eso hice y contuve un silbido de admiración. Los tres paneles estaban empapelados por una multitud de fotografías en blanco y negro, todas ellas de la misma chica morena y delgada, enfundada en diferentes vestidos de los años 60.
—Es Almudena, ¿no? Parece que está imitando el estilo de Audrey Hepburn.
Clara me miró, preocupada.
—¿Y si es una psicópata? ¿No crees que corro peligro?
Por primera vez desde la llamada de Clara, me sentí aliviado y hasta me permití carcajear.
—Me voy, querida, que llego tarde al partido de mi hijo.
Ella me siguió por el pasillo hasta la puerta de entrada, lanzándome improperios.
—¡Cómo se te ocurre dejarme así! ¡Quizás estoy en peligro de muerte!
Me detuve en el rellano y enfrenté sus ojos, con gesto serio.
—La que ha debido considerarse en peligro es Almudena. Su casera, es decir, tú, es una persona obsesionada con su ex-marido, y su única dedicación es aconsejar a otras mujeres cómo gastarse su dinero en “trapitos”. No me extrañaría que, a estas horas, se estuviese buscando una nueva habitación.
Dejándola sin palabras, me fui. Dos días después, Clara me llamó de nuevo:
—Almudena ha venido por sus cosas y se ha ido.
Hubo un largo silencio que acabó rompiendo ella:
—¿Puedo acercarme a tu oficina a que me invites a un café?
Acepté, por supuesto. Si aquel día de quince años atrás tuve el arrebato de casarme con Clara es porque jamás he conocido, ni volveré a conocer, una mujer tan insufrible y adorable como ella.

Publicado en: La posada de los vientos

Rocío de Juan Deja un comentario

¿Corrección o premura?, Gonzalo Calcedo

No tiene desperdicio esta reflexión de este gran autor español de relato breve, en esa eterna batalla por conseguir la perfección del relato sin perder la fuerza de la idea primigenia:


Supongo que hay tantos métodos como escritores, aunque en un taller de escritura traten de inculcarse parámetros, cánones, decálogos o manifiestos. Todo sirve, siempre que la indagación personal predomine. Yo soy un tanto esclavo de mis principios, de la insensatez literaria de querer tener algo terminado entre las manos cuanto antes. Esa premura que caracteriza al escritor novel. De todos modos considero inoportuno enfrascarse en una corrección eterna de un texto de seis o siete páginas. Podrá perfeccionarse hasta el límite, pero al tiempo que lo pules le vas arrebatando ese hálito que solo alcanzan unos pocos cuentos. El azar de nuevo. Quizás por eso escribo muchos cuentos, aunque al final sacrificas la mayoría y son contados los elegidos para formar un libro. Conozca a escritores cuyo método es exactamente el contrario y lo respeto: deciden escribir un cuento, lo inician y poco a poco avanzan, van sumando palabras, frases, párrafos, hasta obtenerlo. Para mí, insisto, el arrebato, la suerte, son uno de los acicates a la hora de escribir relatos. Si el cuento, y en eso acabamos coincidiendo todos, tiene algo que ver con la poesía, ¿Dónde dejamos la inspiración del momento?
Quizá por eso mis cuentos preferidos sean los más fotográficos y escénicos, no los más desarrollados. Transcurren en tiempo real, pero un tiempo real cinematográfico, que truca la realidad. […] Carecen de final propiamente dicho, o lo tienen, pero rebajado. No hay grandes finales en cuanto sucede diariamente a nuestro alrededor. Para mí el cuento no es una adivinanza, una serie de recovecos verbales más o menos llamativos que conducen a un desenlace. Siempre he pensado que lo peor que se puede decir de un autor de cuentos es que es ingenioso. Los cuentos que he citado […], surgieron de situaciones nimias, de fogonazos de luz, de la sonoridad de una palabra. Están escritos con total continuidad, sin más pausa que el sobrecogimiento que te indica que has terminado. Pueden estar más o menos corregidos, pero su esencia, su interior y su desgarro, ya estaban allí cuando di por concluida su primera redacción.

Extraído de la entrevista con Gonzalo Calcedo recogida en el libro La familia del aire (Páginas de Espuma, 2011)

Publicado en: ALQUIMISTAS, CONSEJOS DE ALQUIMIA

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