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Rocío de Juan 2 comentarios

Palabras mágicas, Ray Bradbury

¿Alguna vez has observado si hay determinadas palabras que estimulan tu imaginación y te ayudan a generar ideas para tus creaciones literarias? Yo lo llamo las palabras mágicas, y así narra Ray Bradbury en el siguiente fragmento cómo descubrió las suyas. Pertenece a su inesquivable libro «Zen en el arte de escribir».

 […] empecé a hacer listas de títulos, a escribir largas líneas de sustantivos. Eran provocaciones, en última instancia, que hicieron aflorar mi mejor material. Yo avanzaba a tientas hacia algo sincero escondido bajo el escotillón de mi cráneo.
Las listas decían más o menos así:
EL LAGO. LA NOCHE. LOS GRILLOS. EL BARRANCO. EL DESVÁN. EL SÓTANO. EL ESCOTILLÓN. EL BEBÉ. LA MULTITUD. EL TREN NOCTURNO. LA SIRENA. LA GUADAÑA. LA FERIA. EL CARRUSEL. EL ENANO. EL LABERINTO DE ESPEJOS. EL ESQUELETO.
En esa lista, en las palabras que simplemente había arrojado al papel confiando en que el inconsciente, por así decir, alimentara a los pájaros, empecé a distinguir una pauta.
Echando a la lista una mirada, descubrí que mis viejos amores y miedos tenían que ver con circos y ferias. Recordé, luego olvidé, y luego volví a recordar, cómo me había aterrorizado la primera vez que mi madre me había llevado al tiovivo. Con el organillo gritando y el mundo dando vueltas y los saltos de los terribles caballos, yo añadí mis chillidos al bochinche. No volví a acercarme al tiovivo durante años.
Cuando décadas más tarde lo hice, me precipitó directamente en La feria de las tinieblas.
Pero mucho antes de eso seguí haciendo listas. EL PRADO. EL ARCÓN DE LOS JUGUETES. EL MONSTRUO. TlRANOSAURIO REX. EL RELOJ DEL PUEBLO. EL VIEJO. LA VIEJA. EL TELÉFONO. LAS ACERAS. EL ATAÚD. LA SILLA ELÉCTRICA. EL MAGO.
Sobre el margen de estos sustantivos, entré a los tumbos en un cuento de ciencia-ficción que no era un cuento de ciencia-ficción. Mi título era «C de cohete». Se publicó con el de «Rey de los Espacios Grises» y contaba la historia de dos chicos, grandes amigos, de los cuales uno era elegido para la Academia Espacial y el otro se quedaba en el pueblo. Todas las revistas de ciencia-ficción lo rechazaron porque, al fin y al cabo, no era sino una historia sobre una amistad puesta a prueba por las circunstancias, aun cuando las circunstancias fuesen un viaje espacial. A Mary Gnaedinger, de Famous Fantastic Mysteries, le bastó mirar el cuento una vez para publicarlo. Pero, una vez más, yo era demasiado joven para ver en «C de cohete» el tipo de cuento que, como escritor de ciencia-ficción, me ganaría la admiración de algunos y las críticas de muchos que observaban que yo no era un escritor de ficciones científicas sino un escritor «popular», ¡qué cuerno!
Seguí haciendo listas, relacionadas no sólo con la noche, las pesadillas, la oscuridad y objetos en desvanes, sino con los juguetes con que juegan los hombres en el espacio y las ideas que encontraba en las revistas policíacas. Del material policiaco que a los veinticuatro años publiqué en Detective Tales y Dime Detective, la mayor parte no vale la pena leerla.
De vez en cuando me pisaba el cordón suelto y hacía un buen trabajo con el recuerdo de México, que me había dado miedo, o del centro de Los Ángeles durante los disturbios de Pachucho. Pero tardaría la mejor porción de cuarenta años en asimilar el género de suspense-y-misterio-detectivesco y conseguir que funcionara en mi novela La muerte es un asunto solitario.
Pero volvamos a mis listas. ¿Y por qué volver? ¿Adónde los estoy llevando? Bien, si alguno de ustedes es escritor, o espera serIo, listas similares, sacadas de las barrancas del cerebro, lo ayudarán a descubrirse a sí mismo, del mismo modo que yo anduve dando bandazos hasta que al fin me encontré.
Empecé a recorrer las listas, elegir cada vez un nombre, y sentarme a escribir a propósito un largo ensayo-poema en prosa.
En algún punto a mitad de la primera página, o quizás en la segunda, el poema en prosa se convertía en relato. Lo cual quiere decir que de pronto aparecía un personaje diciendo «Ése soy yo», o quizás «¡Esa idea me gusta!». Y luego el personaje acababa el cuento por mí.
Empezó a hacerse obvio que estaba aprendiendo de mis listas de nombres, y que además aprendía que, si los dejaba solos, si los dejaba salirse con la suya, es decir con sus propias fantasías y miedos, mis personajes harían por mí el trabajo.

Por darle un toque más personal al post, os diré algunas de mis palabras mágicas, ésas que siempre me inspiran relatos: ciudad, espejo, torre, llave, desierto, noche.
Por ejemplo, en este relato no hay una, sino varias de ellas: La Ciudad Que Nunca Existió.

¿Y vosotros? ¿Cuáles son algunas de vuestras palabras mágicas?

Publicado en: ALQUIMISTAS, CONSEJOS DE ALQUIMIA

Rocío de Juan 1 comentario

Mi amiga Gabriela

Gabriela y yo somos amigas desde siempre, pero estamos más unidas desde que empezamos a compartir uno de esos agujeros de colmena de la metrópoli y la costumbre de ejecutar sesiones de “escritura rápida” para huir del hastío de la caja tonta.
—Tú pones tema —ordena Gabriela, que tiene la mirada de los seres acuáticos y un total poder de hipnosis sobre mí.
—Vale —lo pienso un minuto, repasando con la mirada los apetecibles libros que me tientan como un bodegón hiperrealista desde sus estanterías—. Hablemos del fin del mundo.
—Perfecto.
Escribiendo hemos descubierto que podemos detener el tiempo, silenciar los latidos y viajar. Pero yo siempre voy un paso por detrás de Gabriela. Ella es más rápida, más aguda, más innovadora. Sus letras al rojo vivo agujerean el papel y el sudor que le resbala por el cuello, con reflujo de leche agria, lejos de incomodarme, me hace abrir los ollares como al pura sangre que olisquea expectante la certeza del galope.
“Debe ser porque Gabriela duerme en un bosque de hadas”, me digo. Aunque nunca hemos pisado la habitación de la otra, hace tiempo llamé a su puerta y al abrirme contemplé a su espalda un vergel que oscurecía las paredes, se enredaba en la ventana y alfombraba el suelo, llamando a descalzar los pies. Turbada, me di media vuelta y desde entonces la llamo a gritos desde el salón.
Pero hace un mes que Gabriela se ha encerrado en su cuarto. Cuando, preocupada, me decidí a golpear a su puerta, únicamente dijo:
—¿En qué estación estamos?
—En primavera.
—Entonces avísame cuando llegue el verano. La primavera es tan aburrida y… romántica —habló burlonamente, como si ambos adjetivos fueran igual de insufribles.
Lógicamente, no le hice caso. Y la llamé al día siguiente, y al otro, y al de más allá. Le dejaba bandejas de comida que no tocaba. Casi nunca me respondía, pero la oía tararear allá dentro, y me la imaginaba trenzando lianas, edificando una estación de tren en miniatura, con vías como hileras de hormigas disciplinadas, o atusando el pelo de algún hada con los dedos engarfiados, como hacía mi abuela conmigo.
Hoy, sin embargo, me ha contestado.
—¿Quién eres? —ha susurrado con la voz temblorosa.
—Rocío, tu amiga, ¿quién va a ser?
—No te conozco.

Y al otro lado se ha extinguido todo rastro de su presencia. Lo sé, porque llevo todo el día acercando la oreja a la puerta y ni siquiera he cogido un maldito pañuelo de papel para secarme las lágrimas.

Publicado en: La posada de los vientos

Rocío de Juan Deja un comentario

Tres modos de escapar de un laberinto

Te encuentras a las puertas. Quizá hubiese ayudado tener una inscripción en runas antiguas, algún mensaje cifrado que te advirtiera de que estabas frente a un laberinto. Pero no la hay y no hacía falta. El sentimiento de peligro que lleva hormigueándote desde hace diez minutos ha disparado ya la alarma.

Aún así, no puedes evitar relamerte pensando en la situación. Desafiar un laberinto es incursionar en la psique humana, una experiencia reveladora. Lo complejo revestido de sencillez, un misterio que se viste de diseño, la intuición aliándose con la experiencia sensorial. ¿Destino? ¿Libre albedrío? No lo sabes, tampoco te importa.

Te sientes confiado porque conoces dos modos seguros de escapar de un laberinto, llegado el caso. Sean de una sola salida, o con ramificaciones entrelazadas, se trata de elegir una dirección y, con mucha paciencia, mantenerse firme en ella todo el camino. Pero otras veces, lo divertido será el ensayo-error. Ahora avanzo, ahora retrocedo.

Sin embargo, mientras observas este nuevo laberinto enfundado en un vestido de gasa rosa, que proclama inocencia mientras sus labios rabiosamente encendidos piden guerra, te preguntas si sabrás salir indemne en esta ocasión. Quizá ha llegado el momento de acogerte a la tercera posibilidad: si tienes miedo de no saber escapar, mejor no arriesgues.

Dudas. Dos minutos de vacilación y terminas por invitarla a una copa, acallando las razones de tu subconsciente: yo. Luego no me vengas quejándote, pobre ingenuo.

Publicado en: La posada de los vientos

Rocío de Juan Deja un comentario

Microrrelatos mitológicos



PADRE DEL OLIMPO

Cuando Zeus conoció a la humana número 2.324, de la cual engendró al héroe número 327 de la mitología, empezó a meditar si los dioses no deberían pensar en la planificación familiar.

HERENCIA DE SIRENA

La crearon en una probeta, con genes de Catherine Z. Jones y voz de sirena. Murió aplastada en el escenario por una avalancha de fans, durante su primer concierto.

EDIPO

Mamá, ¿por qué no mandamos a papá al cole y yo me quedo en casa? A mí no me hace falta afeitarme para que me des un beso…

CIRCO

Lo mejor del espectáculo era la pira funeraria; lo peor, que hasta el último momento no sabía si le habían vendido un ave fénix verdadera.

REY MIDAS

Después de doce años convirtiendo todo en oro, el Rey Midas rogó a Dionisos que se compadeciese de él y le permitiese cambiar su petición. Para su sorpresa, éste no puso reparos. Bueno, dijo su amigo, pero sólo por esta vez. Piensa una palabra y será la que sustituya al oro. “Mierda…”, pensó Midas por haber perdido la ocasión de pedir ser relevado para siempre de su don.

MINOTAURO

Fue el gladiador más famoso hasta que un contrincante salió a la arena con un capote rojo.

Publicado en: Microrrelatos

Rocío de Juan Deja un comentario

Edén


Los nuevos árboles aparecieron ayer. Eran tan altos que no alcanzábamos a vislumbrar su fin y, al mismo tiempo, esbeltos, de ramas cimbreantes que nos tentaban con sus hojas verde jade. Sabíamos lo que ocurriría si los mordíamos, por eso le dijimos al Payaso que no se acercase. Nos ignoró. Hoy ha aparecido panza arriba y pronto lo sacarán del acuario.

Publicado en: Microrrelatos

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