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Rocío de Juan Deja un comentario

Cactus


Jorge era informático. Elsa, diseñadora de jardines. A él le habían encargado sustituir el puesto de trabajo de Elsa por un programa informático que generaba tres mil propuestas diferentes para cada cliente. Coincidieron apenas quince minutos, mientras Elsa recogía sus cosas. Te olvidas el cactus, dijo Jorge, señalando junto a la pantalla. Ella se encogió de hombros. No tiene hojas, repuso.

Publicado en: Microrrelatos

Rocío de Juan Deja un comentario

Microcosmos


Ella hablaba de libélulas y crisálidas. Yo, de protozoos y otra fauna de los estanques. Nunca leía los e-mails que le escribía, pero me dibujaba mensajes con tizas de colores frente a la puerta de mi casa y yo añadía la respuesta en azul. El día que me declaré le hice llegar un bote con el microcosmos de su pantano preferido. Ella dibujó una mariposa azul en mi acera. Aún sigo interpretando su respuesta.

Publicado en: Microrrelatos

Rocío de Juan 2 comentarios

Érase una vez (cuento de hadas moderno)

Érase una vez una princesa, un mago y un dragón que vivían felices hasta que llegaron los tiempos modernos. La monarquía fue abolida y la ex-princesa se lanzó a las pasarelas y después a los barbitúricos. Los dragones se declararon especie protegida y les construyeron un Parque temático repleto de rebaños de ovejas. El mago consiguió tener un programa de TV y sus predicciones aumentaron el número de telespectadores de la cadena, hasta que un día se hartó de hablar de golpes de fortuna: ¿es que la gente todavía creía en los finales felices?

Publicado en: Microrrelatos

Rocío de Juan Deja un comentario

Buscando material para un relato

Tuve la suerte, hace tiempo, de que se me regalara como premio a un concurso literario el libro Atreverse a escribir. Prácticas y claves para arrancar de una vez por todas, de Marcelo Di Marco y Nomi Pendzik, 2° ed., Buenos Aires, Sudamericana, 2005.

De ahí extraigo esta actividad, excelente para recopilar esos recuerdos y memorias de infancia, plenas de imágenes, que luego pueden convertirse en la inspiración y alimento de futuros relatos.

Todo empieza con este poema de Horacio Salas:

LOS JUEGOS

Yo recuerdo la infancia
como un enorme patio.
La siesta interminable de Palermo
Y tardes somnolientas los domingos.
El sol se acurrucaba en los balcones
y con mis personajes
acaso viajé a Marte muchas veces.
Desembarqué en islas del Pacífico
y en las costas de África y Borneo.
Fui Robinson, pirata y alquimista,
creador de los colores,
inventor de los héroes.
Viví en la Edad de Piedra,
soñé otros continentes,
fui soldado, ladrón y wing derecho,
detective, ministro, presidente.
Me adelantaba a Fangio en las carreras
y supe que Lavalle murió tras una puerta.
Recuerdo la tristeza de las tardes de lluvia,
la cálida mirada de mi madre,
la tapa de todos mis cuadernos,
mis primeros dibujos de aviones y de pájaros,
de uniformes azules y leyendas.
También estuve enfermo
todo un noviembre largo,
rodeado de banderas, un libro de figuras,
Pif Paf, un diccionario,
recortes y acuarelas.
Fui dueño de las últimas glicinas.
Seguido por mi padre cacé un gran elefante
y atravesé la selva.
Algún día pensé ser Don Quijote
y estuve enamorado a los seis años.
Tuve un vago temor a los relojes
y en un jardín de otoño
aprisioné al fantasma
que habitaba en mis sueños.
Hice amigos durables
y aprendí sobre un mapa
que el mar era celeste.
Un día simplemente pretendí ser hombre
sin saber que en el juego se destrozaba el tiempo.
A veces vuelve el niño
como un misterios extraño
y acaso, tengo miedo.

CONSIGNAS:

1- Hagan una lista de los objetos que conservan de su infancia: elijan los más queridos, los que están más impregnados de su personalidad.
2- A esa lista agreguen qué les gusta hacer ahora en sus horas libres.
3- Anoten también los héroes de su infancia.
4- Ahora, apoyados en esas listas, armen un texto que hable de su infancia y del momento que ahora están viviendo. No se olviden de usar imágenes, metáforas y comparaciones.

¡Suerte y a ver qué se os ocurre!

Publicado en: CONSEJOS DE ALQUIMIA

Rocío de Juan Deja un comentario

Semiótica del calzado


Sucedió durante el cumpleaños de Leonor aunque, para ser exactos, debiéramos aclarar que el hecho central tuvo lugar antes de la celebración, cuando mi mujer abrió un paquete recién traído de Correos y encontró un par de botines de caña alta, en ante marrón oscuro, y precisamente de su número.

Mientras Leonor proclamaba su deleite ante aquel regalo sorpresa, yo buscaba el nombre del remitente, sin éxito. Ella parecía tan dichosa que se me antojó ridículo interrogarla, y decidí ir a la oficina postal para informarme. ¿Cuál es la probabilidad de que Correos extravíe la papeleta de correo certificado? Aquella vez fui uno de los pocos sujetos al desabrigo de la campana de Gauss.

Con inquietud creciente regresé a mi casa, y la encontré usurpada por los invitados a la fiesta de cumpleaños. Merodeé de un grupo a otro, estudiando los rostros masculinos, catalogando las miradas que dirigían a mi mujer, comprobando si los ojos se detenían en los dichosos botines que ella lucía con su falda más atrevida.

Finalmente, me di por vencido y me refugié en el cuarto de baño, sintiéndome un forajido en mi propio hogar, con la comezón de la sospecha royéndome la vida. Allí me encontró Leonor dos horas más tarde, después de buscarme con un taconeo de guerra.

—¿Se puede saber qué haces ahí metido?

—¿Se puede saber quién conoce tan bien tus gustos de calzado? –contraataqué yo.

Ella me observó sorprendida y sólo entonces comprendí la verdad.

—Deja que, al menos, los pague yo.

Y así hemos procedido desde entonces. Ella elige siempre: lo que quiere y al hombre que quiere que pague. Nada me hace más feliz que ser siempre yo.

Publicado en: Microrrelatos

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