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Rocío de Juan Deja un comentario

La infancia de las mariposas


El cuadro era un collage moderno, una lámina donde habían dibujado una rama de árbol en la que se posaban dos mariposas de papel azul. Era el favorito de Cecilia y por ese motivo presidía el salón de su apartamento de recién casada.

Julio solía llegar tarde a comer. Cecilia le esperaba recostada en el sofá, atenta al sonido de las llaves. Pero últimamente se quedaba dormida. Al abrir los ojos, Julio ya se había ido. Cuando se reencontraban por la noche, ella se disculpaba y le pedía que la despertase pero, una y otra vez, Cecilia se adormecía y despertaba sola.

En sus duermevelas, Cecilia soñaba con las mariposas azules del cuadro. Le acariciaban el rostro y le hacían cosquillas en los brazos. Ella sonreía e intentaba alzar la mano para atraparlas, pero las muy pícaras salían huyendo. Dejó de soñar con mariposas cuando su marido comenzó a faltar a los almuerzos; Julio se excusó diciendo que ganaba tiempo almorzando en el trabajo.

Ahora Cecilia gasta los mediodías sentada en el sofá y contemplando el cuadro. Hace tiempo que no se adormila. Por las tardes Julio llega tarde a casa, demasiado cansado para darle un beso, y se queda dormido nada más acostarse; ni siquiera reacciona a las caricias de Cecilia en su rostro.

Y ella se pregunta si será Julio el que sueña ahora con mariposas azules.

Publicado en: Microrrelatos

Rocío de Juan 2 comentarios

La niña de las Salinas


Marie vivía en las Salinas, cerca de la fábrica de ladrillo. La ropa le olía a una mezcla de tabaco y lavanda, y llevaba el pelo recogido con un lazo. En clase la apuesta entre los chicos era quién se llevaría el lazo de Marie.

Ella nunca protestaba. Cuando se lo quitábamos, bajaba la cabeza hacia la mesa del pupitre y apretaba los labios. Deseábamos seguir a la rubia francesita hasta las Salinas, pero su padre siempre la esperaba a la salida del colegio, grande como un molino, y con una pipa colgándole de la boca.

Cuando empezamos el bachillerato, ella dejó de venir a clase. Había comenzado a trabajar en la fábrica. Nos acostumbramos entonces a ir por las tardes hasta las Salinas, con la esperanza de verla salir. Queríamos saber si todavía seguiría llevando lazos, y quién de nosotros se atrevería a quitárselo.

Una tarde coincidimos por fin con ella. Estaba muy cambiada. Su silueta femenina nos perturbó, casi tanto como la visión de su cabello suelto sobre la espalda, sin cinta que lo anudase. Compartiendo un mismo impulso, empezamos a caminar hacia ella, pero apenas avanzamos unos metros. Un chico alto, casi tan alto como el padre de Marie, apareció para acompañarla.

Les vimos alejarse mientras aferrábamos, en el escondite de nuestros bolsillos, el antiguo tesoro de las cintas de Marie.

Publicado en: Microrrelatos

Rocío de Juan 4 comentarios

Ojos verdes


Richard Armitage no tiene los ojos verdes. Es verdad que yo creía que eran del mismo color que los campos de Leicester, su tierra natal. Pero ahora que he repasado todas las series de televisión donde aparece (“Norte y Sur” y “Robin Hood” por tercera vez, he de reconocerlo), me encuentro con que no son verdes, en absoluto.

El problema es que Icíar sigue afirmando lo contrario. A pesar de que la invito a entrar conmigo en Internet y buscar fotos del actor, ella persiste: “Están todas retocadas. Lo que está de moda son los ojos azules, así que las manipulan por ordenador. No te creerás que las modelos de las revistas son así realmente, ¿no, Sandra?”.

Icíar y yo nos conocimos en la sala de espera de un abogado matrimonialista. En la media hora de retraso con que llegaron nuestros maridos –curiosamente, ambos aparecieron al mismo tiempo-, comenzamos a hablar de nuestros actores preferidos y nos hicimos amigas. Continué viéndola porque, aunque aquélla había sido mi última visita al abogado, Icíar seguía adelante con su separación.

“Le he puesto un plazo a Emilio, Sandra, hasta el 22 de agosto”, me explicó por teléfono mientras se oía la televisión de fondo a un volumen casi denunciable. “¿Nos tomamos un helado y te cuento todo?”. Estábamos en enero, pero ella era así de impulsiva y alocada.

Cuando llegó la fecha, no hizo falta que me llamase. Acudí a su casa, y me abrió la puerta con el delantal puesto. Mientras la seguía hasta la cocina, donde preparaba una especie de tarta, me fui preguntando si se habría olvidado del famoso plazo. Parecía ensimismada en la elaboración del pastel y me invitó a probarlo cuando lo terminase. Sólo entonces, cuando nos sentamos frente a una taza de café cargado, y trajo la tarta con una vela, le pregunté: “¿Qué celebramos, Icíar?”. Ella respondió: “¿Sabes que día es hoy, Sandra?” Asentí sin palabras. Icíar me hizo un guiño: “Hoy es el cumpleaños de Richard Armitage, el de los ojos verdes”.

A día de hoy todavía seguimos discutiendo si le retocan los ojos con el Photoshop, mientras Emilio nos escucha sonriente desde el sofá, fingiendo que lee el periódico.

Publicado en: La posada de los vientos

Rocío de Juan 3 comentarios

La casa violeta


Fue Conrado Birdie el que edificó la casa violeta, aunque eso sucedió muchos años atrás, cuando Eudora tenía una treintena de familias y el doble de hectáreas de bosques a su alrededor. El señor Birdie trajo consigo a su esposa y unos rollos bajo el brazo con los planos de la casa.

Aunque en Eudora parece que solo tenemos tiempo para talar árboles y llenar el aserradero de Pullman, ayudamos al señor Birdie a construir su casa, y la pintamos de violeta como él pedía. Es cierto que nos movió en gran medida el interés por May Ellen, su esposa. El señor Birdie nos había contado que, siguiendo los consejos de un médico, habían venido por el aire puro de los bosques para aliviar la enfermedad de su mujer.

Pero ni los habitantes de Eudora, ni el señor Birdie, creíamos realmente que May Ellen pudiera modificar su forma de comportarse por la sola y benéfica influencia del clima. De hecho, en los cuarenta años que ella habitó en Eudora, ningún día dejó de vestirse en tonos lilas, morados, cárdenos y violetas, ni de correr con la agilidad de un potrillo hacia cualquier ser animado o inanimado con esos colores.

Cuando el verano llegaba a Eudora, y un viento bochornoso mecía las ramas imitando el vaivén de una hamaca, May Ellen Birdie desafiaba al sol caminando hasta el prado donde una explosión de su color favorito había teñido la pradera. Se sentaba allí y masticaba una flor tras otra, con deliberada lentitud, mientras los niños de Eudora la observaban desde lejos, saludándola. May Ellen les sonreía siempre, con su boca ancha y dulce como una rodaja de melón, y canturreaba una melodía asonante que espantaba las moscas del verano y encendía los corazones de los jóvenes de Eudora, porque May Ellen era delicada y bonita, y aquí no abundan las mujeres.

May Ellen tuvo un hijo, aunque nunca tuvimos claro si Conrado Birdie fue el verdadero padre; se comentaba que un admirador había abusado de la debilidad cromática de la muchacha para hacerla suya en el prado. Por eso no protestamos el día que amanecimos con el resplandor de un incendio que consumió por entero la pradera de violetas. El matrimonio Birdie se encerró en su casa y cuidó de su retoño, que fue enviado al sur para estudiar cuando creció. El chico regresó algunos veranos mientras fue joven, pero los Birdie permanecieron aquí, en Eudora. May Ellen murió el otoño pasado y su marido no tardó en seguirla, consumido de pena.

Se lo aseguro: no he conocido muchos locos, pero creo que Conrado Birdie se lleva la palma; esta casa violeta en Eudora es la prueba de hasta dónde llega la locura de un hombre por amor.

Publicado en: La posada de los vientos

Rocío de Juan 8 comentarios

Se parece a… (innovando las descripciones)

Desde hace un mes coordino unas sesiones semanales -muy informales- sobre el relato a un reducido grupo de gente entre 15 y 20 años . Lo divertido de nuestras reuniones es que es un intercambio mutuo. Me fascina su libertad creativa e imaginación, y lo que se puede llegar a obtener con unas buenas consignas (las extraigo de libros y las adapto a las circunstancias). Explico un aspecto (descripciones, el ritmo, la voz), luego escribimos y comentamos lo escrito. Gracias a estos ejercicios lúdicos he descubierto nuevos Mediterráneos que enseguido he puesto en práctica en microrrelatos. Como muestra, estos botones.

Consigna: describir un ambiente conocido (una cafetería, tu barrio) comparándolo mentalmente con los siguientes elementos y sin mencionarlos:
-Un mundo subterráneo
-Un caleidoscopio
-Un laberinto
-Un jardín
-Un sueño

Con las descripciones que obtuve, las reelaboré para convertirlas en microrrelato. Es fácil de detectar en qué me basé, porque las titulé de ese modo.

JARDÍN Los nuevos árboles aparecieron ayer. Eran tan altos que no alcanzábamos a vislumbrar su fin y, al mismo tiempo, esbeltos, de ramas cimbreantes que nos tentaban con sus hojas verde jade. Le dijimos a Payaso que no se acercase, pero nos ignoró. Hoy ha aparecido panza arriba y pronto lo sacarán del acuario. Aún seguimos sin entender por qué se empeñan en fabricarnos un edén de plástico.

LABERINTO Segunda calle a la derecha, luego torcer a la izquierda y avanzar doscientos metros. Un mensaje alfanumérico debería darme una pista, pero los mismos signos se repiten a ambos lados. Estoy completamente perdida. Si hubiese comprado un coche color fucsia ahora no me sentiría como una estúpida en el parking subterráneo del Corte Inglés.

CALEIDOSCOPIO La cafetería está en el sótano de un hotel, pero las paredes rutilan con un enramado de hojas carmesíes y doradas. Ni la voz del camarero ni la de los clientes alteran ese mundo granate y dorado, deliciosamente bicromo. Giro sobre mí misma y provoco un remolino donde flotan las máscaras áureas que adornan las ventanas y los asientos color emperador. Mis amigos no me han dejado traerme el caleidoscopio, pero siempre fui una chica con recursos.

Un acuario descrito como un jardín, un parking analizado como un laberinto y una cafetería vista en modo caleidoscopio. ¡He disfrutado realmente con estos juegos ludoliterarios!

Publicado en: EXPERIMENTOS

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