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Rocío de Juan Deja un comentario

Perdido en la sabana

(Microrrelato inspirado en la loca foto de arriba)

Amaneces con la mala nueva. Ella te ha dejado, sin notas, sin mensajes. Y te invade una extraña sensación de cebra que ha perdido sus rayas. Vagabundeas por el pasillo, triste como un elefante sediento trashumando en busca del agua. Aunque te reconoces que, si fueras un gorila, tamborilearías la rabia que sientes sobre tu pecho.

Pero sólo eres tú, y ese gesto se queda a medias, entre el enfado del gorila y la tristeza del elefante, y buscas en el espejo las rayas de cebra que te faltan, decidido a no llamar primero, no ahora, no antes que ella.

Y el propósito te dura exactamente cinco minutos, los que tardas en no encontrar el café.

Publicado en: La posada de los vientos, Microrrelatos, Taller Etiquetado como: microrrelatos

Rocío de Juan 3 comentarios

Reseña de «El espejo egipcio», de Pilar González

Este es un blog diferente del que solía utilizar para escribir reseñas, pero como aquel lo dejé en barbecho, he decidido dedicar aquí algunas entradas para hablar de «Alquimistas», como bien dice la etiqueta: personas cuyas obras me han llegado de un modo especial y me han enseñado algo nuevo. Vamos allá.

Título: El espejo egipcio

Autora: Pilar González

Editorial: Independent Publishing

Fecha de publicación: 1-julio-2018

Nº de páginas: 238

La autora

Pilar es sevillana, sevillana. De las que aman su ciudad y todo lo que esta ofrece. Es trabajadora social y terapeuta Gestalt, y toda esa experiencia la ha volcado en tres libros (hasta el momento), que son éxito de ventas en Amazon: Fluir con la vida, El despertar de Abelia, y Cómo superar tu timidez. Puedes saber más sobre ellos en su web: www.pilargonzalezescritora.com.

Sin embargo, no es el único tipo de obras que escribe. Pilar también se sumerge en la ficción, con una prosa que denota su gran amor por la poesía, y que te lleva en volandas, de modo gozoso, de uno a otro párrafo, con una intuición narrativa que ya querrían muchos para sí.

El espejo egipcio es un magnífico ejemplo de lo que digo, y una puerta de entrada de altura para conocer el estilo de Pilar. Se trata de una novela de intriga y misterio, con una galería de personajes, históricos y ficticios, interesantísimos todos, que van llevando el peso de la acción hasta desembocar en un final sorprendente.

Posee todos los elementos para hacerla enganchante: un espejo maldito, un manejo del suspense excelente, un protagonista muy humano con sus propios problemas antes de «cruzarse» con el espejo, y la originalidad de prestarle voz a ciertos personajes de la Historia, antiguos poseedores del espejo, que nos ofrecen una perspectiva insólita.

Un ejemplo del maravilloso lenguaje del libro lo encontramos aquí, cuando el protagonista, después de haber adquirido el espejo, pasea por Frigiliana. 

El conjunto rocoso acogía al territorio habitado en un abrazo íntimo donde contrastaban los impresionantes desfiladeros, asiento de la alquería, de aristas escarpadas, agresivas y amenazantes, con la pacífica y cándida imagen de los hogares rústicos. En verdad que el hombre del chiringuito no había exagerado ni un ápice las virtudes de la villa. A la vez que pensaba esto imaginaba la cara de mi madre al entregarle el regalo, la recordé en ese momento porque me crucé con una señora del pueblo que se le parecía mucho, qué fantástico se le antojaría, seguro que nunca habría visto un espejo triangular con la luna de metal.

Las callejuelas subían y subían, retorciéndose engalanadas con macetas y flores en las márgenes, ribeteando las orillas y las fachadas con el añil de los tiestos, el verde de los tallos y el estampado arcoíris de las corolas. En cada puerta, en cada ventana, en cada rincón, en cada revuelta, se repetía el agasajo herbario.

El espejo egipcio está narrado por Dago, un escritor bastante pagado de sí mismo, y su relato tiene el sello inconfundible de quien ama las palabras. También aparecen otras voces, cada una con sus características peculiares, que enriquecen aún más si cabe la prosa. La trama se desarrolla en Sevilla, que Pilar conoce muy bien, con viajes a Frigiliana, Benamahoma y Granada. Y, por supuesto, «visitamos» Egipto, con una magnífica recreación de lo que pudo ser la corte de Akenatón. Los capítulos breves favorecen que la acción fluya en un crescendo de preguntas que nos planteamos al mismo tiempo que el protagonista. ¿Qué extraño poder posee el espejo? ¿Por qué tiene Dago aquellas visiones? Poco a poco, como lectores nos damos cuenta de que existe una especie de contrarreloj, en la que Dago debe descubrir los secretos del espejo antes de que este acabe también con él.

Una lectura más que recomendable. Búscala aquí.

Publicado en: ALQUIMISTAS, RESEÑAS Etiquetado como: reseñas

Rocío de Juan 1 comentario

Los restos del naufragio

La mujer vacía el bolso encima de la cama y extiende su contenido sobre la colcha. El hombre que está a su lado comienza a pasear a lo largo y ancho de la habitación, y al final se detiene.

—Mamá, por favor, no vamos a llegar.

—No encuentro las llaves. No puedo salir de casa sin las llaves.

Él contempla el muestrario de objetos sobre la cama. Hay un peine, tres barras labiales (todas del mismo tono, o eso le parece), dos paquetes de pañuelos de papel, una cartera, el móvil, el cargador del móvil. Hay otras cosas, pero no entiende bien qué hacen en el bolso de su madre. ¿Para qué necesita la labor de punto o el trapo de la limpieza?

—Mira, mamá, están aquí.

Enredadas en la madeja de lana de color fucsia hay un manojo de llaves.

—Menos mal, Rafa. ¿Qué haría yo sin ti?

Rafael no contesta. Sigue dando paseos a lo largo y ancho de la habitación mientras su madre recoge sin parsimonia todo lo que hay sobre la cama y lo devuelve al bolso.

—¿Ya estás lista?

Su madre afirma con un gesto de la cabeza y, por primera vez en toda la mañana, él se da cuenta de que su madre no se ha pintado los labios.

—¿No te maquillas?

Ella se encoge de hombros.

—¿Para qué? —replica.

Rafael decide no insistir. No es un buen día. Los hay mejores y peores, y este no es uno de los positivos. Puede que se deba al lugar donde van. Quizá sea consecuencia del peso y el paso de los días. Sabe que esta situación les está minando a ambos.

—Mamá, vámonos ya.

Coge del brazo a su madre y la empuja con delicadeza fuera del dormitorio.

El trayecto hacia el hospital está preñado de silencio. Su madre ha sacado la labor de punto fucsia y teje algo —Rafael diría que parece una especie de calcetín, pero tampoco está seguro—, y él sintoniza la radio. Quizá un poco de música les anime. Pero parece que es la hora de las baladas tristes, y pronto se cansa de viajar de una emisora a otra.

—¿Crees que sabe quién soy? —dice, de improviso, su madre.

Rafael sabe lo que debe contestar. Puede que crea o no en lo que dice, pero es lo que su madre necesita oír.

—Claro, mamá. Lleváis treinta y siete años juntos. Eso se graba a fuego en la memoria.

—La última vez creyó que era su hermana. Y tu tía Gloria nunca me ha caído bien, que lo sepas.

—Estaría cansado.

—Mientes muy mal, hijo.

Su padre tiene alzhéimer, y desde que le ingresaron por una infección, parece que su deterioro avanza a un ritmo trepidante. Desde hace una semana, a diario, Rafael le visita acompañado de su madre, pero se está empezando a plantear dejarla en casa. Sobre todo desde que ha dejado de reconocerla. A él mismo le confunde con un hermano pequeño que se le murió en la infancia y que se llamaba Rafael. Ese el motivo de que lleve su nombre.

La habitación está llena de luz a esa hora. Los muebles blancos, las flores que traen cada día, parecen diluir un poco la sensación de estación términis. Su padre parece ocupar solo la mitad de la cama, de lo consumido que está.

—Hola, Rafael —saluda este. Como le viene sucediendo desde hace meses, no sabe si le cree su hermano pequeño o su hijo.

—Hola, campeón —dice a su vez—. ¿Cómo has amanecido hoy?

—No es el mejor hotel en el que he estado, pero no lo llevo mal.

Rafael se separa un instante de la cama para que su madre se acerque a saludarle.

—Hola, Esteban.

—Hola, Gloria. —Rafael cruza una rápida mirada con su madre que parece decirle «¿ves?»¾. Te veo un poco demacrada.

—No me he pintado. —La voz de la madre es átona.

—Pues con lo presumida que siempre has sido tú. ¿No llevas tu barra en el bolso como de costumbre?

—Se me ha olvidado, hijo. Voy perdiendo la cabeza.

Rafael se gira hacia ella.

—Mamá…

Levanta una mano para impedir que siga hablando.

—¿Me dejas un momento a solas con él? Necesito decirle algo.

El hombre sale de la habitación y se dirige a la sala de espera de las visitas. Hay una máquina de botellas de agua y refrescos, y otra de cosas de picoteo. No debería caer en la tentación, pero echa una moneda para conseguir una chocolatina. Necesita azúcar en vena. Para pensar, se dice, para decidir qué va a ser de él en los próximos meses, cómo va a poder afrontar la situación de ser un hermano perdido o ver a su madre convertida en la hermana frívola con la que nunca se puede contar (sus últimas noticias es que vivía en Suecia, pero eso fue hace más de un año). Es curioso el laberinto de la memoria. Caprichoso y extraño. Hace que recuperes retazos que creías sepultados en el olvido y, en cambio, te niega el atravesar las puertas de la realidad diaria.

Cuando transcurre media hora sin noticias, Rafael decide que es hora de volver a la habitación.  Encuentra a su madre quitando el polvo (que no hay) de los barrotes de la cama, la labor de punto fucsia extendida sobre la cama. Su padre está sonriendo.

—Tu madre siempre ha sido muy limpia —le dice al divisarle en la puerta—. ¿Te he contado alguna vez que ella me enseñó a tejer? —Levanta el calcetín a medio terminar para mostrárselo—. Me decía que era muy impaciente y que era una buena terapia para tranquilizarme.

Rafael se acerca a la cama.

—¿Por qué ese color?

Cuando se vuelve hacia su madre, lo comprende. Ella se ha pintado por fin los labios (a saber con cuál de las tres barras, eran casi iguales), y exhibe una sonrisa absolutamente fucsia.

Publicado en: La posada de los vientos Etiquetado como: relato

Rocío de Juan 2 comentarios

El recorrido de la luz

Orto

La ciudad se dibuja. Trazo a trazo, la luz va perfilando su contorno. Aquí, una sombra; allá, una promesa. El anaranjado emborrona el blanco, el rojizo lo caldea. Se oye una alondra. Estallan los bostezos.

Ante meridiem

La ciudad es blanca. Tiene terrazas en los techados, con baldosas de tinte coral. El cielo se estira, perezoso. Alguna nube remolona se pasea por la bóveda límpida. Las voces se amalgaman en las paredes y rebotan en las callejuelas.

Zenit

Con seguridad, demasiado sol. El blanco relumbra, y el cielo explota de azul. Hay un hormiguero de colores por las calles. Piar desaforado. Ladran los canes y discuten los tenderos. Todos buscan el tesoro de la sombra.

Post meridiem

Niños que trazan piruetas imposibles. El trino de sus voces solaza la tarde de modorra y fuente cantarina. Los relojes campanean horas eternas. Holas y adioses entreverados de caricias.

Ocaso

Una lengua oscura lame los enlosados. La piedra aún calienta, pero la brisa es el mensajero de la noche. Hay una luna blanca queriendo asomarse en el cielo cárdeno. Voces perdidas, algún ladrido asustado.

Nadir

Susurros contenidos, el silencio quiere ser el dueño. La ciudad duerme bajo una vieja capa agujereada. Por los resquicios se asoma algún destello titilante. Los insomnes las llaman estrellas pero es la luz que espera, impaciente, regresar de su destierro.

Publicado en: La posada de los vientos Etiquetado como: microrrelatos

Rocío de Juan Deja un comentario

En el país de los ciegos

—Te he dicho que no lo traigas.

—¿Cómo lo voy a dejar? —Samuel se quejó—. Mira qué pequeño es, está asustado y solo.

—Es asqueroso. Se lo voy a decir a mamá como se te ocurra meterlo en la mochila. —Irene hizo otro gesto de asco y se apartó del árbol.

—Eres una niña. —Samuel quiso insultar con esa frase a su hermana—. Solo las niñas tienen miedo de los animales.

—Y tú eres un niño —rebatió ella—. Solo a los niños se les ocurre ir recogiendo bichos repugnantes tirados bajo un árbol.

—Está ciego, ¿no te da pena?

—Todos los de su especie están ciegos, tontaina. ¿Te los vas a traer a todos?

—Pero este está despistado. Ha chocado contra el árbol. Debe tener una conmoción cerebral. —El niño tocó con suavidad la cabeza del animal.

—Tú sí que estás mal de la cabeza. Samuel, como se te ocurra traerlo, me chivo.

Su hermano se puso colorado, y luego se enfadó:

—Pues yo le diré a papá que te he visto besar a un chico. —Fue el turno de Irene de sonrojarse.

—Eres una rata miserable, peor que ésa.

Samuel recogió al murciélago y lo introdujo en la mochila.

—Sí —confirmó, y observó a su hermana con una sonrisa ancha—. Y para tu desgracia, «yo» no estoy ciego. ¿Nos vamos a casa?

Publicado en: Microrrelatos, Taller Etiquetado como: microrrelatos

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